Laura Carreira
2024
104 min
Disponible en Vertigo Films y MUBY
El mundo del trabajo ha sido uno de los temas recurrentes en las películas desde el nacimiento del cinematógrafo. El minuto de duración de La salida de la fábrica (1895) de los hermanos Lumière es el acta de nacimiento del arte de las imágenes en movimiento. Desde entonces, bien desde los formalismos del documental, bien desde las convenciones de la ficción, el cine ha tratado de mostrar en la gran pantalla tanto documentos que testimonien la articulación del universo laboral como historias que den cuenta de la relación que los humanos tenemos con esta dimensión de la existencia. Cada época se ha acercado cinematográficamente a ella en función de los condicionantes materiales e ideológicos que la configuraban. Así, que, en nuestra región del planeta, superados los «treinta años gloriosos» de keynesianismo y socialdemocracia posteriores a la 2ª Guerra Mundial (1945-1975), liquidadas las casi cuatro décadas siguientes de gobernanza neoliberal (1975-2008) y enfrentados actualmente a la deriva post-neoliberal en la cual se están redefiniendo (hacia peor) las relaciones de clase de nuestras sociedades, ¿qué ficciones o documentales se atreven a encarar con honestidad esta temática?
On falling, dirigida por la portuguesa Laura Carreira en 2024 se acerca a una situación concreta de nuestro mundo laboral contemporáneo, quizás a una de las paradigmáticas por la cantidad de personas involucradas y por el movimiento de capital y mercancías asociados a su sector de negocio. Su protagonista, Aurora, es una mujer de nacionalidad portuguesa situada vitalmente en el entorno de los treinta años que se ha desplazado a Escocia para trabajar en una inmensa nave dedicada a la recepción y distribución de mercancías adquiridas online. Como es sabido, esta es una de las tareas en las que se concentran dolorosamente las coordenadas actuales del trabajo asalariado: explotación, precariedad y alienación extrema. Porque, si de algo nos habla esta película es de la derrota inmensa de la clase trabajadora, de su destrucción como sujeto político organizado y de la imposibilidad, incluso, de que muchos de sus componentes estén en condiciones de tomar conciencia de la propia explotación. El gran legado de la era neoliberal es haber inoculado en cada uno de nosotros la creencia absoluta en la inutilidad de la acción colectiva (pese a los residuos que aún permanecen en algunos sectores, especialmente en lo que queda de las sociedades «ricas» occidentales). El célebre dicho tatcheriano «no existe la sociedad, tan solo los individuos y sus familias» se ha hecho carne en nosotros, habitantes de ese Norte global que vemos desde una distancia inquietante la barbarie que asola el resto del planeta. Convencidos de ser cada uno nuestra propia marca y aferrados a ilusiones sin apenas sujeción real como la meritocracia o el valor de las certificaciones académicas, vivimos tratando de no ver cómo el ejército de los explotados y los semiesclavos aumenta de día en día mientras resbalamos suavemente hacia sus filas.
La vida de Aurora es una pesadilla de baja intensidad en la que la repetición diaria de lo mismo no genera un hábito que de estructura a su realidad cotidiana. Más bien configura una suerte de prisión material expandida a la propia configuración de su subjetividad. El cobro semanal de su exiguo salario le permite pagar las cosas básicas y necesarias para sobrevivir y la habitación en la que vive en un piso compartido con otras personas de su misma condición (a las que apenas ve fugazmente). Aurora es consciente de que un resbalón mínimo en su cuenta de gastos puede suponer una catástrofe absoluta. Mientras se deja la vida en jornadas extenuantes contiene la respiración esperando que nada desnivele el alambre sobre el que camina precariamente. Desde el principio sabemos, con ella, que esta situación es insostenible. Su jornada laboral, mecánica, repetitiva, chapliniana en el sentido que recoge con amargo humor «Tiempos modernos», es una trituradora de espíritus. La vigilancia algorítmica de cada aspecto de su labor añade una capa de ansiedad a sus horas en la nave en la que trabaja. La ausencia absoluta de relación con sus compañeros y los groseros incentivos con los que los «premian» desde el departamento de Recursos Humanos tiñen las horas de su jornada laboral de una asfixiante sensación de absurdo. El conjunto cementa una vacuola de aislamiento y vacío existencial en la que Aurora se consume durante cada turno de trabajo.
La cámara de Laura Carreira sigue a la protagonista durante varios días. La encuadra en un asfixiante formato 1,5:1 y la filma en tres escenarios diferentes: su piso compartido, el coche en el que va a trabajar cada mañana con una compañera y la nave donde discurre su jornada laboral. Sus escapadas al exterior son contadas, islotes de semilibertad desde los que poder evadirse (una discoteca), reflexionar sobre su condición (el parking de la nave) o solucionar problemas cotidianos que se convierten en amenazas existenciales (la tienda a la que acude para solucionar una avería de su teléfono móvil). Una desolación contenida inunda todos los planos en los que la observamos trabajando. La cámara al hombro que levanta acta de lo robótico de su trabajo y de lo inhumano de las instalaciones donde se desenvuelve este, alterna con los primeros planos en el comedor de la empresa, presididos por el agotamiento, la incapacidad de comunicarse y una resignación colectiva que flota como un fluido tóxico sobre todos los trabajadores. Las escenas domésticas, recogidas en amables planos generales y medios iluminados en suaves tonos ocres, se infectan de extrañeza cuando la cámara se detiene en el rostro vacío de expresión de la protagonista o cuando esta se tensa en rictus de amargura derivados de sus sucesivos tropiezos laborales. Por las noches, agarrada a su móvil, Aurora se engancha a los deslumbrantes catálogos de vidas ajenas que ofrece su cuenta de Instagram. Hay, en el reflejo azulado de la pantalla del teléfono que se proyecta sobre su rostro absorto, una sensación de amenaza constante. El presentimiento de una destrucción personal que está teniendo lugar en tiempo real.
Sabemos desde el principio que su periplo no puede acabar bien. La vemos como una Antártida que va perdiendo masas de hielo descomunales en un proceso de desintegración en el que cada paso solo aumenta la virulencia del siguiente. Pero no hay patetismo en el retrato. Tampoco algún tipo de pornografía emocional en la que lo catastrófico se subraye con el inevitable acompañamiento musical sentimental. Si algo destaca en este relato de la explotación contemporánea es el respeto por la persona protagonista mientras se radiografían de forma exhaustiva los condicionantes de su circunstancia. La contención y cierta distancia profiláctica actúan eficientemente en esta labor de tintes quirúrgicos: si algo sobra en este tipo de relatos es la manipulación emocional (pienso en alguna película de Ken Loach en la que este registro arruina sus mejores intenciones). Desde estas coordenadas comprendemos las implicaciones a nivel social e histórico de la circunstancia de la protagonista. Las digerimos no desde el lugar de la razón —ese en el que con frecuencia procesamos sin sentir, en el que entendemos sin comprender realmente— sino desde la perspectiva del conjunto de emociones que va conjurando el film en nosotros.
On falling es una película necesaria. Muestra cómo la desgracia individual no es una cuestión de fallas personales, sino la consecuencia de un orden social injusto. Respeta a su protagonista al no manipular las situaciones en las que está involucrada. Se permite algunas metáforas visuales extraordinarias que refuerzan el propósito de su narración. Exhibe una mirada que es compasiva en su pudor y que permite la emergencia de la solidaridad gracias a los formalismos a los que recurre. Nunca olvida la singularidad de la experiencia humana individual ni pretende liquidarla en el magma de una colectividad agraviada. En su final, gracias a los caminos inesperados que posibilita el azar, abre una pequeña ventana por la cual se intuye un poco de luz. La cuestión que deja en el aire es si seremos capaces de ensanchar ese hueco y convertirlo en un pórtico inmenso que permita cambiar las condiciones del juego laboral. También, si será posible recuperar la organización colectiva más allá de algunas reclamaciones puntuales que a veces erupcionan en el mundo del trabajo contemporáneo. Una respuesta parcial, y por supuesto incompleta, probablemente podamos encontrarla en una película anterior a esta, La fábrica de nada (2016), de Pedro Pinho, una elegía a la organización y la fuerza de los sujetos colectivos y su capacidad de alterar el orden existente.
Eloy García

Con tu excelente crítica tengo la sensación de haber visto ya la película, y confieso que no me apetece nada volver a verla. Es la que veo todos los días en el supermercado o en los chicos estos que nos traen los paquetes a casa. «Soy, por un pobre sueldo, mi asesino», que dirían los clásicos.
La crítica de Eloy es excelente, pero la película es un palo en el alma que deberían dárselo los neoliberales neolíderes del neomercado; claro que, si la vieran ellos, dirían que es una manifestación más de la derrotada moral socialistoide. Aurora, en este mundo de maravillosas oportunidades, se merece su sino, por emigrante, por pobre, por tonta y por carecer de ambiciones.