El otoño

Miguel Ángel Mendo

El otoño fue como un letargo de sueños demasiado pequeños,

un cordel lleno de apretados nudos que me regaló un muerto,

una confusa maraña de voces que me llamaban desde los altos bosques,

un viento furioso, arremolinado y frío que buscaba cobijo en mi pecho.

Se hace tarde pronto.

Lejanos fuegos brillan en la noche extraviada,

el caminar herido de las almas en su lumbre se sosiega.

Estáis aquí, hermanos, gracias a los cielos, aquí os tengo,

estrellas de firmeza en medio de la negra campa.

La soledad me ha comido las entrañas,

las huellas de mis propias zancadas como lobos me persiguieron,

mirad el reguero de sangre espantada que dejé en la nieve…

Pero para qué hablar de ello, mis amigos, 

es mejor guardar silencio junto al rumoroso fuego

y ver cómo, envueltas en su misterio, arden todas las penas.

Vuelve el amor siempre a nacer,

tal y como los dioses nos dejaron señalado

en los más desolados páramos del invierno,

éste es el milagro que a todos nos protege:

jamás el ángel de los caminos abandonará a su suerte

a aquel que viaja en la noche buscando el trazo de su propio sendero.

22 de diciembre de 2002

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