Amagado

Miguel Ángel mendo

“La amenaza es más fuerte que su ejecución”

Aron Nimzowitsch, campeón de ajedrez

Es un lujo que en castellano exista un verbo muy antiguo (y aún tan vivo) para expresar de manera clara y sintética el hecho de “…levantar el braço con ademán de querer descargar golpe para herir y no ponerlo en execución”, según explica el Diccionario de Covarrubias de 1611. O sea, el verbo amagar, que, según el mismo autor, procede etimológicamente del latín manu agere: mover la mano. Y me llama la atención con ese exacto significado, porque ya sé que amagar también tiene otras acepciones, que seguramente son derivaciones de esta. En catalán, por ejemplo, significa “esconder”, desde siempre. Y, por supuesto, “amagar con…”, en castellano, quiere decir “hacer ademán de…”, “amenazar con…”, pudiendo unirse a cualquier verbo imaginable, lo que al final es una actitud o un gesto tan universal y tan básico que seguro que la mayoría de las lenguas tienen una palabra, o más, para ello.

Adonde quiero llegar es a la palabra‘amagado-a’, el participio de amagar, que define al ser (persona o animal) que está sufriendo un amago. Esto es lo que más me impresiona. Que exista un idioma que cuente con un vocablo por todos conocido capaz de nombrar el estado del que está amagado.   

Porque sí, estrictamente, el estado de amagado es, en efecto, el de quien se siente amenazado, pero amenazado de un modo muy concreto: con la necesidad de protegerse de un golpe que se le está viniendo encima. Tiene, es verdad, un paralelismo con amenazado; la gran diferencia es de cariz emocional: el golpe, en este caso, no solo es inminente, sino aparentemente inexorable, y el miedo está muy presente. Hay que protegerse YA. Es el estado del que casi está sintiendo el golpe por adelantado, sin necesidad de que llegue a descargarse. Un “sí, pero no” y un “no, pero sí” un tanto angustioso, que mantiene a la víctima en vilo, humillada y sin poder acabar de recomponerse, con la bofetada rondando sobre su cabeza como un moscardón.

La gran diferencia entre amenazado y amagado es que este último tiene unas connotaciones mucho más tristes de infamia, de ultraje, de sometimiento. Algo muy en consonancia con la inconfundible y picaresca impotencia nacional.

Yo creo que esta es la palabra que mejor y con más ironía puede expresar cómo es el específico sentimiento de miedo al que nos tiene sometidos el sistema. Dicho en castizo: cada día estamos más amagados.

Octubre de 2025

4 comentarios en “Amagado”

  1. Suscribo el comentario de Est/h/er.

    Nota:
    Escribir Ester con /h/ es un claro anglicismo. No es fonéticamente correcto en hebreo. Además, Ester con /h/ olvida la historia de la lengua española, aunque hay que confesar que en el siglo XVI había libertad, o mejor, diversidad de grafías en la transcripciones, pues aún no existían normas regulatorias. Algo parecido ocurre con Henoc, pero al revés. La tradición española de Henoc ( con /h/) es aquí la correcta etimológicamente y no el anglicismo Enoc. El que pueda leer hebreo, lo comprobará en el texto de Gn 5,23-24.

  2. Muy bueno, M.A.
    oye, necesitas una pistola en el pecho de amigos, contertulios y lectores para que saques cada semanita una reflexión de estas sobre las palabras, es decir, sobre la lengua que hablamos cada día desconociendo la mitad de los significados de las palabras que usamos?
    Yo hace tiempo que estoy tentado (amagado) de hacerlo, pero nada que ver con un mago que sabe tanto del perfume de las palabras.
    A mí, ahora, hay dos palabras que me dan vueltas: trapala (lleva acento en la primera a) y tronera. No me atrevo todavía. No sé si preguntarle a Patxi, mi chat.

    1. Gracias, Arturo.
      Me tienta tu propuesta, por supuesto, aunque ya sabes que no es difícil provocarme en estas cuestiones del idioma: me encantan las palabras. Y a ti también. Vamos juntos, o por separado, a investigar sobre trápala y tronera, a ver qué sale.¿Te parece?

  3. De la amenaza a su ejecución, del amago al hecho consumado existe la cámara lenta, anticipatoria de nutrida imaginación, de miedo y pánico. La parálisis que nos congela en una mueca, en la caricatura ridícula del sometimiento.

    Pensar que el miedo conduciría ( en su origen ) a nuestra protección: a la sensata huida o a la lucha defensiva. Ahora nos reduce a una cobardía colectiva disfrazada de prudencia, de borreguismo disfrazado de sálvese quien pueda

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