Manuel Janeiro
He visto recientemente una serie de Paolo Sorrentino que me ha gustado muchísimo. Se titula The Young Pope y tiene un corolario o segunda entrega titulada The New Pope. Quizá la primera parte sea excepcional y la segunda solamente soberbia, pero, en la segunda parte, el viejo papa, ante un brutal atentado supuestamente islamista, convoca a la cristiandad en la ciudad de Lourdes para dirigirles una homilía. Su santidad, delante de una multitud de fieles y de los micrófonos y cámaras de todos los medios de comunicación del mundo, incluidos los islamistas y los del llamado Tercer Mundo, no dice nada. Es decir, dice solo una palabra: ¡NO!
Como es una película —ese género literario absoluto que nació con el cine—, pudo hacer realidad la verdad y que esta fuera, además, hermosa y justa. El discurso NO del papa trasciende, se multiplica y alcanza sus fines. A mí, el escueto discurso me dejó conmocionado; me pareció la disertación más locuaz y expresiva del mundo, incluso más que el “Tengo un sueño” de Martin Luther King.
En estos momentos, y enfrentado a la necesidad de, en mi calidad de ser humano, no quedarme callado sobre lo que nos está pasando, me gustaría escribir algo sobre Palestina. Bueno o malo, soy escritor y hoy en día no me reconozco en otro oficio. Hace más de un año escribí una novela, una obra de ficción sobre Gaza, Israel, Europa y Rusia; se me quedaron fuera los Estados Unidos (todo con nombres falsos, claro).
En mi novela, después de historias de amor, espionaje, tecnología satelital y el sacrificio de algunos personajes, ganaban los buenos… o casi ganaban… o ganaban un poco… o no perdían del todo. La obra todavía no se ha publicado, pero este artículo sí que se va a publicar y lo leerán al menos una docena de personas. El problema es que, fuera de la ficción, no tengo nada que decir que no se haya dicho ya. Mejor dicho, solo puedo decir, plagiando al viejo papa: ¡NO!
Podría llenar todo lo que queda de artículo con la palabra no, no, no, no, no… Pero entiendo que no sería efectivo, porque yo no soy Sorrentino y no sé hacer un ¡NO! tan intenso, tan vibrante, tan vivo.
Me propongo, entonces, escribir cuatro letras sobre los que no dicen ¡NO!, sin cuestionar en absoluto el derecho de nadie a opinar libremente, si bien es sabido que no todas las opiniones son lícitas; lo lícito es el derecho y la libertad de opinar.
Hay muchas voces que relativizan lo que está pasando en Gaza: voces privadas y públicas, voces de particulares, de intelectuales, de tertulianos, de periodistas, de organizaciones, de Estados… Utilizan una pluralidad de argumentos: que el Estado de Israel tiene derecho a defenderse; que la guerra de Gaza la desató Hamás —que, en una acción terrorista, asesinó a 1.200 personas y capturó a 151 rehenes—; que las imágenes de exterminio y de hambruna que nos sirven las televisiones están manipuladas; que las cifras de muertos palestinos están falseadas y dramatizadas con mujeres y niños; que el Estado de Israel creó un vergel en el desierto y es una democracia de corte occidental, mientras que los palestinos son una sociedad corrupta, dictatorial e incapaz de alentar su propio desarrollo; que en la condena de Israel late un pensamiento antisemita y antisionista.
Cansa todo un poco, y cansa también tener que contestar a esos argumentos; ya se ha hecho, y con solvencia. Cansa decir que el conflicto entre israelíes y palestinos no empezó el día que Hamás perpetró el brutal atentado: empezó en 1948 (sus raíces, mucho antes) y se ha mantenido con distintas intensidades hasta nuestros días. Cansa decir que Israel, antes y después de los Acuerdos de Oslo (1993), se ha ido anexionando, mediante acciones militares y asentamientos de colonos, territorios palestinos hasta reducirlos a lo exiguo.
Cansa recordar que, por ejemplo, el Estado español, en su derecho a defenderse del terrorismo de ETA, no arrasó Euskadi ni mató a más de cincuenta mil vascos para acabar con los terroristas; tampoco el Reino Unido destruyó el 92 % de los edificios de Irlanda del Norte para librarse del IRA.
Sin embargo, recientemente, un avión de carga que dejaba caer alimentos en paracaídas sobre Gaza filmó desde el aire, en una panorámica espeluznante, en un trávelin de angustia, una Gaza norte con el 92 % de sus edificios reducidos a escombros (¿serían también imágenes trucadas?).
Advierto que sigo repitiendo lo que dicen los unos y los otros: no añado nada nuevo, nada que no se sepa. Humildemente, me gustaría terminar refiriéndome al Holocausto (Shoá, en hebreo) y a los asesinatos de Stalin. Hoy nadie niega el Holocausto, nadie niega ese genocidio que asesinó a seis millones de judíos; tampoco niega nadie que Stalin mató entre seis y nueve millones de soviéticos, muertes directas (ejecuciones, hambrunas forzadas, deportaciones) y hasta veinte millones si se suman las muertes indirectas en campos de concentración. Bueno, algunos lo negarán; también hay terraplanistas.
Lo que me bulle en la cabeza es si el Holocausto habría sido posible sin un importante número de opinadores que lo negaban, que lo tachaban de propaganda enemiga, que aseguraban que Alemania tenía derecho a defenderse de un pueblo maligno, que los judíos eran una raza maldita: usureros, saboteadores, sectarios, traidores, envenenadores de pozos…
Hay que apuntar que, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi amordazaba a la opinión pública y ejercía un fuerte control sobre lo que ocurría en los campos de exterminio. Sin embargo, los servicios de inteligencia aliados tenían conciencia de lo que todavía no se llamaba Holocausto, y en los medios de comunicación aparecieron noticias sobre el exterminio judío. En 1942, Winston Churchill denunció en la BBC una “matanza sin igual en la historia”, pero encontró resistencia en parte de la opinión pública y la prensa británica. El Daily Telegraph publicó cartas al director que expresaban dudas y hablaban de exageraciones propias de la propaganda de guerra. Ese mismo año, Gerhart Riegner, representante del Congreso Judío Mundial en Ginebra, envió un telegrama a EE. UU. alertando de que había un plan sistemático para exterminar a los judíos. Funcionarios del Departamento de Estado retrasaron la difusión del mensaje y lo calificaron como “demasiado fantástico para ser creíble”.
En 1943, una encuesta de Gallup en EE. UU. mostraba que, aunque la mayoría de la población había oído hablar de persecuciones nazis, muy pocos creían que millones de personas estuvieran siendo asesinadas. Muchos pensaban que los judíos estaban “simplemente” siendo deportados o esclavizados.
Además de prioridades políticas, lo que parece latir en ese negacionismo temprano es un antisemitismo social y político, que facilitó restar importancia a las denuncias o atribuirlas a intereses judíos.
Durante el periodo de represión política y violenta conocido como la “Gran Limpieza”, el régimen de Stalin ejecutó y encarceló a millones de personas —incluidos miembros del partido, líderes militares, intelectuales y ciudadanos comunes—, mientras los partidos comunistas de las democracias europeas y una parte importante de la izquierda negaban la realidad de los asesinatos y las purgas, atribuyendo su denuncia a los enemigos del pueblo, al anticomunismo y a la propaganda capitalista. Pensadores progresistas y líderes de los partidos comunistas de Europa y América visitaban la Unión Soviética y regresaban proclamando su adhesión inquebrantable a Stalin y la existencia de un paraíso comunista.
En fin, todo eso es pasado, si bien todavía hay negacionistas del Holocausto y partidos legales que se declaran estalinistas. El presente es el genocidio de Gaza, aún sin nombre. Yo propongo uno terrible: “Degüello colectivo”, pero soy optimista: creo que la democracia judía (si subsiste) terminará encarcelando a Netanyahu, aunque eso no tranquiliza mi conciencia, porque en el presente, cada día, cada hora, se suman muertos a los cincuenta mil ya existentes, y cada día, cada hora, cada minuto, dos millones de palestinos son miserablemente torturados: con misiles, con fusilería, con frío, con calor, con hambre.

Gracias por tu texto Manuel. La historia es una interminable sucesión de masacres, de genocidios. Tu traes al presente las más cercanas en el tiempo. Los vencedores en la historia siempre han negado a sus enemigos su humanidad, su derecho a vivir, los que hoy protagonizan el horror son sus herederos. Plantarles cara, desenmascararlos, decir NO, ponerse del lado de los muertos y de los que van a morir, no solo es necesario sino que es lo que nos hace humanos.
Magnífico artigo, Manuel, que me gustaría escribir a min.
O que está a pasar en Gaza non ten nome. É a volta ó salvaxismo, á barbarie executada polos descendentes dun pobo que padeceu algo semellante ó que estes están a facer agora.
Moi bó artigo e necesario. Todo o que poidamos facer contra esa masacre ou degüello colectivo é pouco dada a dimensión da barbarie.
Era obligatorio que Transforma tuviera algún tipo de artículo denunciando el genocidio en curso. He visto y oído a bastantes tertulianos en varios medios de comunicación poniendo toda clase de pegas al término y buscando matices infinitos para no describir lo que está sucediendo con esta palabra. Como muy bien nos recuerda Manolo, esta actitud no es nueva. Negar lo obvio y hacer malabares con el lenguaje para rebajar la gravedad de una situación de inhumanidad extrema es una práctica habitual en estos casos. Los actuales dirigentes fascistas de Israel están llevando a cabo un genocidio como acto final de la lógica de colonización y exterminio que se extiende en el tiempo desde principios del siglo XX. Quien no quiera verlo, allá él o ella. Quien quiera negarlo, que asuma su complicidad con este tipo de acciones. Los demás, desde nuestra impotencia de espectadores, al menos no dejemos de denunciarlo cada vez que tengamos ocasión. Bravo Manolo!
Querido Manolo tu No moderado me recuerda al grito canción de Raimón. Hem vist la por
Ser llei per a tots
Hem vist la sang
-Que sols fa sang-
Ser llei del món
No
Jo dic no
Diguem no
Nosaltres no som d’eixe món.
Un abrazo y gracias por tu reflexión
Si es necesario acabar con esas matanzas de ambos lados, lo terrible es que tampoco se devuelven esos rehenes israelitas, no digamos ya las violadas y asesinados, pero si yo desde mi profundo dolor también digo “ no” a todos los que contribuyen a un constante malestar mundial.
Preciso y conciso artículo.
Supongo que el medio mundo que clama al cielo por la situación en Gaza lo firmaría. Incluso esos que quieren parar La Vuelta.
Un bo artigo, Ben sintetizado o terrible drama.
Un artigo perfecto, claro e contundente!!
Claro , contundente .
Me parece terrible lo que está ocurriendo y que nadie pueda o sepa acabar con estas matanzas a estás alturas. No tengo palabras