Muere una hoja

Manuel Janeiro

Hoy he asistido a la caída de una hoja del ginkgo biloba.
Cada vez que escribo el nombre de este superviviente —aparecido en el Pérmico, hace más de 250 millones de años— lamento que no tenga otro nombre.
Decir ginkgo biloba me produce distancia; me suena artificioso. No me suscita el mismo sentimiento que cuando digo encina, olmo, abedul, olivo, castaño de Indias, cedro del Líbano
Es una pena que el árbol más antiguo de los que hoy existen no tenga nombre popular en nuestra lengua.

En realidad, tiene uno: “el árbol de los cuarenta escudos”. Pero a ver quién se atreve a utilizar ese sintagma con soltura.
Además, tampoco me gusta. Prefiero la traducción directa de su nombre en chino: albaricoque plateado.
El problema es que, si hablo del albaricoque plateado, ¿quién sabrá de lo que estoy hablando?

Así que me senté a contemplar el ginkgo.
Contemplar quizá no sea el verbo adecuado. Lo que hago es sentarme a su lado y embobarme.
Veo los mástiles de sus ramas mayores —las que surgen verticales del tronco y alcanzan el cielo, las que beben más aire, las que vislumbran el mar, las que reciben primero la lluvia—, y envidio a los insectos alados que son como pájaros minúsculos, y a los pájaros que son como ángeles mínimos.
Me extraña que los verdaderos ángeles no vivan en estas ramas como viven en las gárgolas y en los pináculos.
Y a lo mejor viven, si es que son ellos quienes confieren al árbol ese aura de paraíso.

En realidad, no es un aura: es propiamente el paraíso.
Al menos yo, gracias al albaricoquero de Oriente, recobro el paraíso.
No son los Campos Elíseos, ni el Jardín del Edén, ni el huerto de Hera o de las Hespérides, sino un lugar en el que se puede estar en las cosas: existir en las cosas tal como existe un niño en sus juguetes.
Por eso, envuelto en el árbol, existo en el color de las hojas, en el oxígeno que generan, en el temblor de los rayos del sol que las atraviesan.
Y en la mariposa, y en el escarabajo, y en los vencejos que lo ignoran desde sus alturas, y en los pardales que se llaman unos a otros desde sus botavaras.

Hoy todo era perfecto: la luz tamizada, las sombras, la melodía de los pájaros y el estribillo de los insectos.
Y de repente lo advertí: advertí la tragedia.
En una rama verde agonizaba una hoja. Giraba como una vela rota, parecía un trompo, un molinillo de viento, una peonza.
Al fin, su pecíolo no tuvo fuerzas para seguir sustentándola y cayó al suelo lentamente, con la elegancia de una bailarina que hace mutis por el foro.
Me levanté, me acerqué a ella.
No parecía un cadáver; ni siquiera había adquirido el color amarillo intenso de las hojas del ginkgo en otoño, cuando cada soplo de viento produce un vendaval de hojas y muchas forman una alfombra de oro, y otras vuelan a la cima de los setos, y otras se pierden en los designios del aire, y otras flotan en los charcos, en los arroyos de las cunetas, y se las tragan los imbornales.
Era de color esmeraldino, verde azulado, brillante, igual que sus innumerables hermanas: las recién nacidas, como un abanico plegado; las ostentosas, como un abanico abierto sobre el pecho del verano; las que aún respiraban.

No sé si el ginkgo biloba siente sus pérdidas.
Es un árbol infinitamente longevo, casi inmortal; no le afectan las plagas ni las catástrofes —en Hiroshima sobrevivió a la bomba atómica—.
Quizá, desde la cima del existir que ocupa, no le importe perder una hoja, o todas de golpe al comenzar el invierno.
Él sabe que volverá a brotar, que las sucesivas primaveras lo consolarán de nuevo.
También sé yo que, cuando me caiga del árbol de los vivos, ellos continuarán viviendo hasta el más allá de la Tierra, hasta el más allá de los mundos nuevos, hasta el más allá de una nave perdida con nuestros últimos hijos.

Mañana habrá otro hombre en cuclillas, condoliéndose ante la tragedia de otra hoja caída.
Pero ese hombre no seré yo, y ella no será esta hoja.

¡Ay de mí!
¡Ay de la hoja!

Agosto,2025

11 comentarios en “Muere una hoja”

  1. ¡Qué bello texto lleno de poesía, emoción, ternura, sabiduría! Uno se puede detener a saborear cada palabra, a evocar cada imagen descrita e ir viendo pasar un aluvión emocional, a ratos nostálgico, otros filosófico, y sentirse embriagado con la catarata de pensamientos e imágenes que van desfilando en su lectura

  2. Pues yo confío en la semilla de eternidad que regalas en cada hoja desprendida en tus libros, Manuel.

    No serás tú como ese ginkgo biloba que se resistió a desaparecer tras la bomba en Hiroshima ? .

  3. En ese estar en las cosas que proporciona un gran disfrute hay casi siempre un elemento de tragedia, la muerte forma parte de la vida en el paraíso, la de las hojas verdes y la nuestra. Es consolador.

  4. Qué hermoso vernos como hojas en las frondosa ramas del árbol de la vida. Nos iremos y alfombraremos el mundo. Y durante el tiempo que dura un temblor habremos estado participando del gozo de ser. Nuestro trayecto del temblor a la tierra, qué aventura

  5. Precioso. He disfrutado tu veta de poeta andalusí, ese estado de contemplación sufí de la naturaleza elevada al más alto rango de los placeres mundanos, filosóficos y eróticos, sobre todo en esos lamentos finales.

  6. Curiosa, por contradictoria, es lo que sugieres en el final. La finitud de nuestro tiempo, ese hombre no seré yo y ella no será esta hoja, pero quizás si lo seamos, pues somos siempre el mismo y todos, ahora y en otros
    tiempos venideros, como hoy somos el mismo que hace cientos de años veía caer la hoja del ginko biloba.
    Bonito texto, Manuel.

Comentarios

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