El zorrito

Manuel Janeiro

Un zorro salió de su madriguera en las orillas del río Gihon, que fluye por Etiopía. Vio a un hombre blanco cabalgando entre los campos de mijo y, para que el hombre pudiera cumplir con su destino, el zorro aulló.

Los zorritos, Rudyard Kipling.

Qué miedo me dan los diminutivos. No es que infantilicen los textos, porque la buena literatura infantil nunca se ha sentido obligada a decir pajarito, conejito, arbolito, duendecito… para que la comprendieran los niños; es más bien un sesgo de profesores de primaria un poco cursis y escritores de infantil algo melifluos. En el poema de Rubén Darío A Margarita Debayle, si excluimos el nombre de la niña, encontramos un único diminutivo: “y una gentil princesita”. En el resto de los versos, el vocablo escogido es princesa: “una tarde la princesa”, “las princesas primorosas”. El cuento de Saint-Exupéry Le Petit Prince —bien traducido al español por El Principito— utiliza, en toda su extensión, solamente cuatro diminutivos: “vocecita”, para describir la voz del principito cuando la oye el piloto por primera vez; “muchachito”, como alternativa a principito; “pequeñitos”, refiriéndose al tamaño de los baobabs recién nacidos y “ramita”, para describir la primera emergencia al sol de una semilla.

Soy consciente del peligro de los diminutivos y, aun así, escribo “el zorrito” (diminutivo en singular), a pesar de no estarme refiriendo a un cachorro de zorro ni a un zorro en particular, sino a todos los zorros que viven en donde vivimos mi mujer y yo. A lo mejor es que no me queda otro remedio si quiero ser sincero. Nosotros decimos siempre el zorrito, quizá porque los diminutivos también pueden expresar una relación afectiva con la cosa, no necesariamente blandengue o sensiblera. El diminutivo nos ahorra decir los pobres zorros, los famélicos zorros, los amenazados zorros y, el singular, nos da una sensación de cercanía. Aunque no es uno solo, probablemente sean una pareja estable, o algún macho solitario, o miembros crecidos de una camada antigua.

Al zorrito lo vemos siempre huyendo, asustado, escabulléndose entre los helechos y las zarzas, cruzando espavorido el camino, trepando como alma en pena los ribazos.

Es rápido, ágil, nervioso. Sus ojos son fuegos negros que suplican. La luz de sus ojos te llama como llamaban los faros a los viejos marinos, aunque él debe ser oscuro como la miel de la encina. Digo debe ser porque solo lo vemos de noche, cuando se callan los mirlos, cuando los gritos de la lechuza parecen llantos de espíritus, cuando el humus del suelo se enfría. De día dormirá agazapado en secretas toberas, entre raíces, debajo del hinojo y de las prímulas; o, a lo mejor, vela pensando en la fortuna de cazar un lagarto, un topo, una torcaz o una tórtola, de las que bajan a picotear los granos que falsifica la luna.

Mi mujer y yo le damos de comer, los restos de un asado, los huesos del pollo. Sabemos que dicen que no se debe dar comida a los animales salvajes. Nos importa un pito, los que lo dicen no saben lo delgado que está este zorrito. No saben el hambre que pasa, lo difícil que le resulta encontrar comida. Sus cazaderos casi han desaparecido, los ocupan viviendas unifamiliares, jardines vallados, carreteras… El campo está tan civilizado que apenas quedan zarzamoras o manzanos silvestres —los zorros son omnívoros, comen bayas y frutas—. Tienen que aprovechar las veredas de los caminos, las riberas del río, algún bosquecillo aislado entre casa y casa, entre finca y finca. Hasta hace poco tenían el recurso de las gallinas, pero aquí pocos son ya los que tienen gallinero. Los que todavía lo conservan consideran al zorro un sanguinario enemigo; es comprensible.

Mi mujer y yo no queremos que el zorro nos quiera, que nos conozca. No queremos domesticarlo. No queremos convertirlo en perro. Nos basta con verlo de vez en cuando. Saber que existe. Nos dormimos pensando que él estará ahí fuera, royendo los huesos, y que, a pesar de que nosotros hemos venido a ocupar su espacio, el pobre zorrito se las arregla.

Gondomar, diciembre de 2025

5 comentarios en “El zorrito”

  1. Civilizado no es antónimo de salvaje, sino domesticado. A pesar de ser civilizados nuestro lado salvaje, el que nos confabula con la naturaleza continúa ahí agazapado.

    Me alegra ese vínculo con el que reconocéis vuestra ingobernabilidad. El que os hace complices secretos del zorro.

    Esa fraternal unión con el hambriento y salvaje «zorrito».

Comentarios

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