El libro mudo

Una micronovela pedagógica

Manuel Janeiro

La lila en flor extiende sus olorosos racimos
sobre la cabeza del muerto.

H. C. Andersen.

Prólogo

Escribí este juguete literario en 2014. Por entonces los malotes y los pseudomalotes escolares todavía se radicalizaban en los rincones más lejanos de la izquierda. Aún no habían sido devorados del todo por las redes sociales ni descubierto los placeres gamberros de la extrema derecha.

El libro mudo formaba parte de un proyecto mayor titulado Cuentos lacanianos que, como la mayor parte de mi obra, no vio la luz. Durante más de cuarenta años me dediqué a la enseñanza y fui feliz. El trabajo diario con niños y adolescentes me parece lo más importante que me ha pasado en la vida. Sin embargo, al margen de publicaciones profesionales, he escrito poco sobre ello: algún capítulo disperso en mis libros, un rumor apenas rastreable en otros. Por eso no quería que este Libro mudo, por insignificante que sea, continuara inédito.

Capítulo 1

Desde que convertí mi aula en un bar he empezado a acariciar el éxito. Ahora se parece un poco al único lugar interesante del centro: la sala de profesores a la hora del café. Los claustros son insoportables, solo superados por las reuniones de la comisión pedagógica, aunque estas son levemente mejores que las juntas de evaluación. Si un observador neutral se fiase de lo que ocurre en los claustros y en el resto de las reuniones orgánicas, pensaría que los profesores son un conjunto de imbéciles. Pero no, no son imbéciles, como se demuestra cuando llega la hora del café. En esa media hora larga, que la gente procura prolongar, surgen los temas más importantes. Se habla de todo: de educación, de política, de cultura… Se habla de relaciones personales, de amor y de la encrucijada del sexo. De esa encrucijada se suele hablar con indirectas.

Mi aula no es un bar en el sentido de que se pueda tomar algo en ella, sino en el sentido en que lo es la sala de profesores. Un buen día decidí dejar la puerta abierta cuando sonó el timbre o, más bien, no me molesté en cerrarla.

—¡Ah!, ¿pero se puede salir? —dijeron.
—Sí —dije yo.

Así que durante unos días la principal actividad fue salir y entrar libremente del aula; les entusiasmaba, pero al poco dieron muestras de aburrimiento y comenzaron a hablar. Habían sido, o estaban a punto de ser, unas elecciones políticas y uno al que llaman El Chapas se acercó a mi mesa acompañado de otros dos y de una chica, y me dijo:

—La socialdemocracia es la mano izquierda del fascismo.
—¿Quién ha dicho eso? —pregunté yo.
—Stalin.
—¡Caray, estamos listos!
—¿Por qué estamos listos?
—Porque Stalin fue una desgracia —repliqué sintéticamente—. Además, ¿tú no eres anarquista?
—Pues claro, pero la frase mola.
—Para mí, lo que diga un partidario del derramamiento de sangre nunca mola.
—El pacifismo y la prédica abstracta de la paz son una forma de embaucar a la clase obrera —recitó aplicadamente y con buena entonación Andrés, uno de los colegas del Chapas.

Lo de la «prédica abstracta» me impresionó. Me sentí orgulloso de que fueran mis alumnos y volví a intervenir dirigiéndome a Andrés:

—Eso suena mejor, pero ¿de quién es esa máxima?
—¡De Lenin! —dijo Andrés con un gesto que quería decir: de Lenin, gilipollas.
—Vaya, pues ese tampoco tiene las manos muy limpias que digamos. Me interesan cosas de Lenin, pero no es mi modelo, y ya que os gustan tanto las frases revolucionarias os diré una de Gandhi: «El único camino hacia la paz es la paz».
—Lo que pasa es que tú eres un socialdemócrata y un hippie —gritaron entre un coro de risas.
—No sé lo que soy, pero lo acepto. Me gustan los socialdemócratas y los hippies.
—Y un criado de la Merkel —insistieron, a ver si por fin hacían sangre.
—Hombre, no os paséis, que me han bajado el sueldo dos veces. Uno ha traicionado a la revolución, pero solo un poquito.
—Bueno, te dejamos —dijeron.
—Muy bien —dije yo.

Capítulo 2

El Chapas y Andrés son inseparables y eso que El Chapas es anarquista radical y Andrés nacionalista soberanista y marxista. El Chapas es bajito y delgado, un tipo elegante que siempre va vestido de negro, con pantalón pitillo y una chaquetilla ajustada de lona encerada plagada de chapas libertarias. Las chapas son bonitas y él las lleva bien distribuidas y bien combinadas. Con gusto. Andrés es alto, un chicarrón. Viste cazadora estampada por delante y por detrás con la bandera gallega y la estrella roja. También lleva algún detalle celtarra. El Chapas y Andrés, a pesar de la asimetría, hacen muy buena pareja; si bien, por lo general, deambulan por los pasillos y los patios en un grupo de cuatro. Ellos dos van delante, charlando, y detrás van Maite y Gonzalo. Maite es en realidad la novia del Chapas, una intelectual aplicada que habla de los movimientos sociales, viste de diseño y le saca al Chapas un par de palmos. Gonzalo es gigantesco. Locuaz, gordo, irónico cuenta continuamente chistes y resulta una pieza clave cuando, como ellos dicen, hay que sacarles el polvo a los maderos. En la formación de dos en fondo en la que se desplazan por el centro, Maite nunca se empareja con el Chapas, que es partidario del amor libre, sin ataduras. Ella siempre va pegando la hebra con Gonzalo y él se ríe y escupe.

Un día que yo tenía guardia me abordaron en el recreo.

—¡Podrás estar contento con tus amigos del Sindicato de Estudiantes! —me soltó Andrés.
—¿Qué ocurre con esa gente? —pregunté yo, interrogándome a mí mismo por mi amistad con los miembros de ese sindicato.
—¡Unos traidores! —me respondió Andrés, haciéndome comprender el asunto de mi amistad.
—¡Un escándalo! ¡Una vergüenza! —salmodiaba de vez en cuando Gonzalo sin perder la sonrisa, cachondeándose. Mientras tanto, Maite permanecía seria, con cara de jueza, y El Chapas exhibía una risilla de medio lado, de esas de qué me vas a contar tú a mí.
—Pero vamos a ver, ¿qué os ha pasado con los del sindicato?
—¿Qué qué nos ha pasado? ¡Nada! —comenzó a explicar Andrés, intercalando variados gestos de desprecio y decepción—. Que en la manifestación del viernes fueron ellos mismos los que llamaron a la policía, si te parece poco.

No tuve oportunidad de indagar más; los chicos se anticiparon a mi pregunta.

—Total, porque nos pusimos a quemar un par de contenedores.
—Un par de contenedores de nada —enfatizó Gonzalo, rociándome con una buena perdigonada de saliva.
—Hombre, lo de quemar contenedores… Me parece lógico que haya gente que no lo considere la mejor de las respuestas.
—Sí, los cagalletas —volvió a intervenir Gonzalo con una risotada.
—¿Entonces tú con qué te crees que se para a la pasma? ¿O te crees que nosotros tenemos medios antidisturbios? —concluyó Andrés.

Lo que siguió fue una discusión sobre el uso de la violencia repleta de tópicos. El grupo disfrutaba colocándome una buena sesión de frases incontestables, pero en cuanto empecé a desarrollar mis mejores matizaciones sobre la violencia estructural y la violencia sobrevenida me dejaron con la palabra en la boca.

Después del recreo, Andrés seguía preocupado; le dolía sobre todo la falta de solidaridad.

—¡Es lo que jode, la puta falta de conciencia de clase! —decía.

Andrés, verdaderamente, es un tipo solidario. En una manifestación conjunta en la que intervenían su grupo nacionalista y los internacionalistas del PCPE terminó enarbolando una bandera de estos últimos. «Es que estaban en minoría», me explicó.

El otro día coincidimos a la hora de la salida e hicimos un trecho de la calle juntos.

—Que pases un buen fin de semana con tus filosofías —se despidió.
—Lo mismo digo, y que quemes muchos contenedores —ironicé yo.
—No, señor socialista —me dijo muy serio—. Los contenedores no son para eso. Los días normales sirven para echar la basura, pero los días en que la policía carga contra nosotros sirven para hacer barricadas.

Finalmente va a ser verdad eso de que el diálogo es una forma compartida del saber. Tengo que acordarme de esta frase. A ver si les gusta.

Capítulo 3

Una mañana entraron en mi aula-bar desesperados. Venían de la clase de Lengua y les habían dado los resultados de un examen. Las notas eran desoladoras: 3,5; 2,8; 0,7 y 6,2. El 6,2 era de Maite. «Prácticamente un notable», decían con orgullo de grupo. Lo que más les fastidiaba es que el profesor de Lengua, que encabeza siempre los exámenes con una cita, no había tenido en cuenta su brillantez al comentarla. Esta vez la sentencia era de Francis Bacon: «La verdad pertenece al tiempo, no al poder». Había que contestar primero a las preguntas del examen y al final comentar la cita; da puntos. La cita les encantó y, según parece, habían escrito maravillas; así se lo reconoció el propio profesor. El problema es que luego el fulano empezó con la macana de los descuentos —son sus palabras—: que si problemas de ortografía, que si respuestas equivocadas, que si errores conceptuales graves, que si preguntas en blanco. «Si no te interesa una pregunta, ¿por qué la vas a contestar?», siguen siendo sus palabras. El examen era sobre el Barroco y el tema les gustaba, por lo de la muerte y todo eso del pesimismo, decían. Lástima que no hubieran podido diferenciar los poemas de Lope de los de Góngora.

—Por esa gilipollez te salpican un cero, cuando esos dos pavos tienen exactamente el mismo rollo —me explican.

Bueno, como recurso de urgencia podéis apuntarle a Góngora los poemas más incomprensibles —les aconsejé.

Hablamos un poco del culteranismo de Góngora y, por oposición, del conceptismo de Quevedo. No porque a mí me interesara, sino porque ellos se sabían esas dos palabras y disfrutaban empleándolas. Otra cosa es que diferenciasen con claridad los conceptos, pero ¿quién lo hace? Lo que sí se sabían de memoria son algunos versos sueltos de Quevedo y me los recitaron con verdadero placer: «Puto es el hombre que de putas fía», o «Mujer que dura un mes se vuelve plaga», o «Cornudo eres, fulano, hasta los codos, / y puedes rastillar con las dos sienes». Los recita Gonzalo con toda su alma; se nota que le parecen buenísimos. Pero, sin embargo, a Maite le hacen muy poca gracia y exclama que tanto él como Quevedo son un par de machistas. Veo con sorpresa que Gonzalo se pone rojo y, bajando la cabeza, susurra: «Perdón, perdón». Pide perdón en su nombre y en el del poeta. Así es el amor, aunque sea un amor secreto, porque Maite es la novia del Chapas, que no le hace demasiado caso, y Gonzalo es solo su amigo, que sí le hace muchísimo caso. Así es el amor en la adolescencia, me digo, y quizá también fuera de la adolescencia, me vuelvo a decir.

La conversación se prolonga hasta que me doy cuenta de que lo que les preocupa es el porvenir. Los resultados del examen les han echado encima el problema del Bachillerato. Tienen que obtener unos resultados mínimos para poder matricularse. No es que les seduzca especialmente el Bachillerato, pero lo que les aterra es no saber qué hacer el próximo curso y supongo que también la reacción de sus familias. De ciclos de grado medio no quieren ni oír hablar.

—Son una puta mierda, tío. Aunque te los saques no te dejan pasar al ciclo superior si no es haciendo un examen sobre las cosas del Bachillerato.

Les digo que el Bachillerato es un poco la antesala de la Universidad y que si ya han pensado un campo al que les gustaría dedicarse.

—Yo, Ciencias Políticas, desde luego —dice Andrés.
—Yo todavía no sé —dice Maite.
—Yo tampoco —dice Gonzalo.
—Yo no voy a hacer ninguna carrera —dice el Chapas—, porque voy a trabajar en ocupaciones.
—¿Cómo? —le pregunto al Chapas.
—Ya sabes, ocupar locales y edificios abandonados, para hacer centros culturales y cosas por el estilo —me dice.
—Ah, sí, ya entiendo —le digo yo.

Capítulo 4

No sé si porque me queda a mano o porque es un sitio de mucha conversación, el caso es que suelo atender las necesidades de mi hiperplasia benigna en el servicio de los alumnos. En una de estas coincidí con El Chapas, que tuvo la gentileza de adaptarse a mi ritmo y darme cháchara.

—La única iglesia que me ilumina es la que arde en llamas —comenzó.
—Eso es de san Agustín de Hipona o quizá de san Juan de la Cruz —dije yo.
—Es de Kropotkin —me aclaró El Chapas, tronchándose.
—No sabía que Kropotkin fuese tan místico —dije yo, riéndome también.
—¿Sabes una cosa? Que yo antes me portaba tan mal contigo porque no sabía que eras así.
—No te preocupes; aquel curso que te expulsé cuarenta o cincuenta veces de clase yo también me portaba bastante mal contigo.

No es mal fulano, El Chapas. No es mal fulano este jodío Chapas, dice Gonzalo de él, si no fuera por el KO técnico. Según parece, El Chapas entra con facilidad en KO técnico. La última vez que sufrió ese estado le salió caro. Fue durante una de esas ignominiosas excursiones de fin de curso a Gandía.

—Al muy gilipollas —dice Gonzalo— no se le ocurre otra cosa que potear por el ventanal. La primera potada fue contra la cortina y la segunda contra la terraza del piso de abajo. Estuvo toda la noche echando la mascada encima de los bañadores y las toallas de la pareja de abajo. Tenías que haber visto la cara de los pavos cuando se levantaron por la mañana —continúa Gonzalo—. El pavo quería arremangarle unas hostias al pobre Chapas. La gerencia del hotel le cobró sesenta euros por los desperfectos.
—¡Sesenta euros! Por una cortina de mierda y por unos bañadores de mierda que, además, podían lavarse perfectamente —me explica luego El Chapas, lleno de resentimiento—. Fíjate que la habitación doble costaba cincuenta euros y a mí me soplan sesenta por un accidente. ¡Putos burgueses explotadores!
—¿Sabes lo que te digo, Chapas? Que me estoy imaginando la cara de la camarera del hotel cuando entrase a hacer la limpieza y viese cómo habían dejado la habitación unos señoritos burgueses.

Capítulo 5

Todos los cursos viene personal de diferentes instituciones a darles charlas sobre sexo y drogas. Falta el rock and roll, ironiza Andrés. Gonzalo también ironiza; colecciona las fichas que les reparten sobre un sinfín de sustancias dañinas, incluido el alcohol. Cada ficha es de un color diferente y contiene información detallada: nombre científico, nombre popular, clasificación, forma de consumo, efectos en el organismo y repercusiones para la salud. «¡Esto sí que es una verdadera guía! ¡El atlas del drogota!», dice Gonzalo.

La última charla de educación sexual que les dieron parece que se centró en la prevención de enfermedades venéreas. Llegaron a mi aula un tanto aterrorizados y sacaron la conversación.

—Insistieron mucho en el uso del preservativo para lo del sida, bueno, y para todo lo demás. El condón es mano de santo según estos tíos —me explica Andrés.
—Sí —digo yo—, no queda otro remedio en las relaciones fuera de la pareja estable y, además, es bastante seguro como método anticonceptivo.
—¿Y la marcha atrás? —pregunta Maite.
—¿Y que te hagan una cubana? —dice Andrés.
—¿Y una buena mamada? —se anima Gonzalo.
—En fin, si os lo tomáis a cachondeo no vamos a seguir hablando.
—No, en serio —intercede Andrés—. ¿Sabes lo que preguntó en la conferencia este animal? —Lo dice señalando a Gonzalo.
—No, no lo sé.
—Va y les pregunta a los tíos, cuando estaban hablando del condón: «¿Y si yo le quiero comer el coño a una pava?». ¿Y sabes lo que le contestaron?
—No, no lo sé.
—Que tenía que abrir el preservativo por la mitad e interponerlo entre la boca y la vulva de la chica.
—Bueno, es una solución —digo yo, la verdad es que un poco espantado, y añado—. Tened en cuenta que estamos hablando de relaciones esporádicas.
—¡Ya! —exclama Andrés—. ¡Como si el día en que yo le coma el coño a una pava se me va a ocurrir ponerle un plástico por encima!

Epílogo

Andrés y los demás vinieron a despedirse el último día del curso. Prometieron, como la mayoría de las anteriores promociones, volver. Uno no acepta ninguna de las pequeñas muertes que jalonan la vida y deja siempre una puerta abierta a la resurrección. Cuesta aprender que ningún retorno es posible. Sé que es probable que alguno de ellos aparezca un buen día por la puerta del aula; pero yo, como la loba y la osa, estaré con los nuevos cachorros dando una clase ordinaria o celebrando una sesión de bar. La extrañeza que quizá sientan será una de mis últimas lecciones, y así hasta el día de la jubilación.

Llevo muchos años en esto, tantos que no puedo recordar a todos los alumnos a los que he dado clase. De muchos de ellos nunca supe nada y de otros llegué a conocer dimensiones que desconocían sus padres y, aun así, el tiempo los va difuminando hasta hacerlos irreconocibles. El olvido actúa caprichosamente y este no es el lugar para indagar su sentido. Unas veces desaparecen las capas más antiguas de los recuerdos y otras las más recientes. Arañazos y dobleces en los pliegues de la memoria sin cura. Lo que sí he desarrollado es una respuesta automática que casi nunca me falla. Cuando en cualquier lugar —la consulta de un médico, un bar o un aeropuerto— se me acerca un hombre o una mujer desconocidos y me pregunta: «¿No te acuerdas de mí?», inmediatamente digo: «Sí, sí que me acuerdo, eres un antiguo alumno». A lo que sigue una conversación insustancial llena de tópicos y lugares comunes en la que me esfuerzo por arrancarle el nombre; pero últimamente me dan ganas de hacerle a la persona, quien quiera que ahora sea, una pregunta. De decirle: «Oye, perdona, por lo que veo tú sí que me has reconocido. ¿Me puedes hacer un grandísimo favor? ¿Me puedes decir quién soy yo o, al menos, quién he sido?».

9 comentarios en “El libro mudo”

  1. ¡Bravo, Manolo! ¡Un relato poético y entrañable! Aunque yo no he podido sustraerme al leerlo de esbozar una oblicua sonrisa recordando la primera vez que me encontré con el «Wilt», de Sharpe, y sus sesiones con «Carniceros I»

  2. Un escrito muy evocador para mí que también disfruté de una larga relación con adolescentes. Tú pequeña novela se acerca a ellos, los escucha y les respeta y desde esa posición, la única posible, les objeta, les abre perspectivas. Con mucho humor y con mucho amor. De eso se trata y también de desvelar el mundo a los lectores, en este caso el de los adolescentes, poco conocido y menos comprendido. Un trabajo necesario Manuel

  3. Psicología humana desplegada a través del rugido adolescente.
    El primer fulgor del abismo de lo individual en creciente formación.

    Olas que se forman contra la roca del adulto, como metáfora del mundo.
    Qué bien descrita la agria pedagogía que se imparte entre profesor y alumno y en reciprocidad de alumnos al docente.

    Me ha encantado tu micro novela Manuel.

  4. Como es ya usual, me divierto y luego me admiro de la profundidad del relato, que siempre, siempre, me hace reflexionar. Admiro la creatividad de Manuel. Su apellido, que evoca naturalmente la puerta de entrada, logra hacerme entrar en la reflexión. Como dijo Horacio («Ars poetica» 343), Manuel logra «mezclar lo útil con lo dulce» (miscens utile dulci»).
    ¡Enorabuena muy cordial!

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