Manuel Janeiro
Hace una inmensidad de años conducía por una carretera solitaria. En el asiento de atrás iba mi hija Violeta, que debía de tener entonces cinco o seis años. Escuchábamos a Luz Casal en la radio del coche. La canción repetía una y otra vez el estribillo:
“¿Dónde está el cielo? ¡Dímelo! / ¿Cuál es el secreto? ¡Dímelo!”
—¡Qué burra es esta señora, papá! ¿Pues dónde va a estar el cielo? ¡Arriba! —exclamó la niña, que no pudo aguantar por más tiempo tamaña ignorancia.
Me reí un buen rato, y por supuesto no le expliqué a mi hija que no se trataba de una pregunta directa sobre la ubicación física de la esfera azul y diáfana que rodea la Tierra.
De todas formas, para nosotros, los terrícolas, el cielo es mucho más que eso: es la felicidad perfecta, la belleza perpetua, el lugar predilecto. “Estar en el cielo”. “Ver el cielo abierto”. “Tocar el cielo”. “Recibir los dones del cielo”. Son frases hechas que expresan nuestra idealización de ese espacio que no podemos habitar como lo hacen los insectos y los pájaros. Con el cielo hemos hecho una pintura cromática del mundo, una revelación íntima, una metáfora de la perfección, la grandeza y la sublimidad.
La historia de la literatura lo demuestra. Góngora escribe como si dibujase en un lienzo:
“La púrpura del sol, los arreboles, / pintan del cielo el cóncavo sereno.”
Mientras que para Quevedo el cielo es un refugio transparente:
“Yo, tumbado en tranquila sombra espero / los cielos, que me guardan sus cristales.”
La misma idea de transparencia la manifiesta Rubén Darío en su libro Azul…:
“El cielo se abre como un gran cristal azul.”
Bécquer cree poder abandonar la prisión terrestre cuando contempla el cielo:
“Cuando miro el azul horizonte perderse a lo lejos, / al través de una gasa de polvo dorado e incierto, / me parece posible arrancarme del mísero suelo…”
Me gustan especialmente los versos de Dámaso Alonso, doliéndose del desamparo del cielo:
“¡Dios mío! / ¡Qué solos se quedan los cielos! / ¡Qué rotos, qué vacíos!”
Y los de Jaime Gil de Biedma, rendido ante el impasible silencio del cielo:
“Después de tantos años de contemplar los cielos, / aún me sorprende su lección callada.”
A nadie le extrañará que para los cristianos el cielo sea la morada de Dios. No se trata exactamente del cielo judío, es un poco más pop. El hallazgo del cristianismo, y que explica en parte su éxito, es su capacidad para componer canciones ligeras a partir de las grandes sinfonías de la historia. Sin embargo, el cielo-recompensa de los cristianos es aburrido. La canción celestial que cantaban —o quizá aún cantan— en los colegios de monjas o curas, aunque pegadiza, no era muy divertida: contemplar a Dios.
De niño, sentado en los bancos de la capilla, me preguntaba: sí, contemplar a Dios, hartarte de mirarlo y de remirarlo, ¿y después qué? Cuando en la enseñanza superior leí La divina comedia, no saqué mucho más en limpio, salvo entretenerme con las brutalidades del infierno.
Ahora que se aproxima la hora de rendir cuentas y alcanzar quizá la gloria de los cielos, no las tengo todas conmigo, no me animo. No sé si me gustaría ese cielo tan soso.
Si fuera el cielo que veía de niño los domingos de invierno. El cielo que vivía en la sierra de Guadarrama y llegaba a Madrid por el mirador de las Vistillas, por el puente de los Franceses, por los descampados de San Francisco el Grande. Si pudiera, como entonces, habitar en sus pastos azules, subir a los cerros dorados de las nubes y llegar por el rosa de la tarde a los campos de luz con los que se despide el día. Si el cielo fuera en verdad eso. Si fuera poder ver otra vez lo que ven los niños, entonces merecería la pena, aunque el cielo durase solo un día.

Me ha llevado tu texto a la placidez. Precioso
Genial y evocador, como siempre
Leyendo este hermoso texto me han venido a la cabeza los versos iniciales de “Don de la ebriedad”:
“Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias”
A veces es la memoria la claridad. Y recordar, el don que ilumina el presente
Para min, era que a túa curmá Luz, que viña do sacamoas co ceo da boca anestesiado, non lle daba collido o gusto ao secreto ibérico 😉
Sempre é grato saber de ti e que estás en plena forma literaria.
… Aunque el cielo durase lo que tarda en ponerse el sol…
👏🏻👏🏻👏🏻
El cielo es para mí la plenitud de mi ser: del querer y el comprender.
Difícil superar el tatuaje, la huella del cielo provocador de mariposas en tu vientre. De ojos entregados. Emocionados ante ese cielo de inigualable pureza sobre la Sierra del Guadarrama. Ese tesoro que te regaló Madrid a través de tus ojos de niño.
Felicidades por ese cielo ya en tu interior, para siempre. Qué afortunado eres.