El Cenicienta

Manuel Janeiro

Este cuento autobiográfico, trasunto del inmortal cuento de hadas de Giambattista Basile (1634), Charles Perrault (1697) y los hermanos Grimm (1812), me planteó un primer problema de concordancia. Siendo yo La Cenicienta, pero perteneciendo, como pertenezco, al sexo masculino —cuando menos en gramática—, me parecía que el título de mi cuento debería ser El Ceniciento. Sin embargo, no las tenía todas conmigo. Albergaba la mala conciencia de traicionar al personaje con el que me identifico. ¿Debería, entonces, titularme La Cenicienta? En plena emergencia de lo trans, ¿a quién le extrañaría que transitase yo hacia ella? Hacia su soledad, hacia su encierro, hacia su esperanza en un príncipe. Finalmente, tiré por la calle de en medio y escribí en negrillas, sobre el principio del cuento: El Cenicienta. La solución tiene la ventaja de mantenerme fiel al relato oral que recogieron los autores citados, pero introduciendo la variable del artículo determinado en masculino, que me permite ser yo, siendo al mismo tiempo ella.

Érase una vez un tipo que, en su plena vejez, estaba más solo que la una y hablaba con las humildes hierbas, con los majestuosos árboles, con los afásicos animales. Cansado de echar carbón a una caldera que no ardía, de hacer la comida y de lavar la ropa, cogía las de Villadiego y vagaba por los campos. Sentía predilección por la ribera de un río que corría paralelo a la costa. El río era estrecho, jugoso, de riberas verdes, de aguas transparentes, que en ocasiones bajaban con la dulzura de las fuentes y, a veces, subían con la amargura de la marea alta.

Si la sede del alma está ahí donde el mundo interior y el mundo exterior se rozan, como pensaba Novalis, aquí, en este río, debo encontrar yo el alma, se decía. Bajo un sauce de dóciles y amarillas ramas, como mimbres de oro, como rayos del primer sol de la mañana, se cobijaba. Todos los días hacía el mismo camino. Recorría la ribera, contemplaba el agua; se llevaba a la nariz un brote de hinojo, una hoja de laurel o una flor de estragón y viajaba a los aromas de la infancia, a los tiestos de hierbas aromáticas que cultivaba su madre en el alféizar de una ventana. Llegaba a los arenales, alcanzaba el cañaveral en el que oía un coro de diminutos cánticos, se detenía en el árbol y regresaba.

Al principio estaba solo, no veía a nadie. Hasta que un día se le manifestó el universo que se multiplica en las almas. Alma inquieta de pez, que mordisquea algas y huye del pico de la garza. Alma de garza, que parece rezar indiferente, estática, al dios primigenio de los arcosaurios. Alma de ánade salvaje. Almas de verderol, de pardal, de ruiseñor bastardo, de andarríos chico, de zorzal alirrojo… Desconocía el idioma de los vegetales y de los animales, el que saben los naturalistas y los poetas. Los naturalistas, porque traducen el comportamiento en palabras y los poetas porque tienen la capacidad de descubrir el absoluto que se encuentra en las cosas, en los gritos del viento, en el desfallecer de las hojas, en el aleteo de un pájaro.

Aprendiendo de unos y otros, empezó a hablar con las almas que habitaban el río y con la del propio río, como hacía La Cenicienta. En el cuento original, al menos en la versión de los hermanos Grimm, La Cenicienta plantaba una rama al lado de la tumba en la que yacía su madre. Pronto, de la escuálida rama surgía un frondoso avellano. En el árbol se posaba todos los días un jilguero blanco con el que Cenicienta hablaba. Una mañana, el pájaro dejó al pie del árbol un vestido de seda y unos zapatos dorados para que ella pudiera acudir al baile de palacio. Era un regalo que, desde ultratumba, le hacía su madre. Y ahí se acaba lo esencial, lo maravilloso del cuento. Lo que sigue es pura vulgaridad, pura cosa despojada de absoluto. Cesa el poema para dar paso al amor de papel cuché.

El Cenicienta querría, como la Cenicienta de los fogones, de la rama de avellano y del pájaro, que la garza del río y los patos que poseen el cielo, el herbazal y el agua, y los pájaros que se posan en el entramado de cañas, lo escucharan. Y aunque su madre no yace en las riberas del río, y él sabe que las cenizas que se arrojan al mar se ahogan, por una vez regresara de las profundidades y le dejara en la playa un pijama, unas cortinas de cretona, un dormitorio infantil en calma. Y, si pudiera ser, le librase de las cenizas del tiempo lavándole con sus inolvidables manos la cara.

4 comentarios en “El Cenicienta”

  1. Manolo!!! Fasme chorar antes da reunión de pais !!!! 💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋💋

  2. Manuel, naturalista y poeta, lo crea él o no. Con la inquietud en su mundo interior y la capacidad de disfrutar y describir el exterior de una forma bellísima. Con un alma universal porque abarca todas las almas de las cosas.
    Todos tus libros son autobiográficos, Manuel. En todos ellos está tu esencia, lo más auténtico de ti. Lo de menos es el formato, y lo de más el disfrute que proporcionas al lector. A mí me encanta que seas fiel a ti mismo.
    Espero el siguiente…

  3. Eres faro Manuel. Dignificas la soledad del ser humano. Celebras la vida, la recorres entre admirado e incredulo, compartes la doctrina de tu verdadera religión en ese «religare» con el ser que vive en casa brizna y cada criatura, y lo más encomiable, sabes compartirlo.

  4. Muy bello y sugerente. Es un gozo y una suerte para el lector que sea «como siempre».

    Encantado estoy con la «definición» (¿puede denomarse así?) del poeta: «El que tiene la capacidad de descubrir el absoluto que se encuentra en las cosas, en los gritos del viento, en el desfallecer de las hojas, en el aleteo de un pájaro». Quzás sobre el sintagma «que se encuentra».

    También he leído «El último libro» y me he sentido muy a gusto con la escasez de su argumento narrativo. El libro es la impresión de los interiores, del poeta, de la extensión del campo idealizado, del paisaje medio inventado. No me hace falta más argumento. Encuentro el delite de la lectura en la belleza y el ritmo de la prosa, en el adjetivo aproiado, en la metáfora no ruidosa, y en el pálpito de lo «poético», aunque en cada momento no sepa definir qué es lo encuentro.

    Así discurre un rato apacible en medio del fragor de cada día.

Comentarios

Tu correo electrónico no aparecerá públicamente. Los campos obligatorios están marcados con *