Don Quijote y la Dama Andante

Manuel Janeiro

Nunca supe si yo era el único tonto o si los otros cuarenta niños de la clase se reían porque el profesor lo hacía. El profesor se tronchaba, interrumpía la lectura y se partía de risa. Sus carcajadas resonaban por toda el aula y la multitud infantil lo secundaba. Me parece que a aquellos escolares los descalabros del Quijote no les hacían tanta gracia, pero se apuntaban al estruendo, a la algarabía, a la libertad de la risa.

A mí me daban mucha pena, me compadecía del caballero. No me explicaba por qué todo le salía mal. Me gustaba ese profesor que cada tarde nos leía unas páginas del Quijote, pero no entendía su regocijo ante las desgracias del héroe. Porque eso era para mí Don Quijote, un héroe. Tan valiente, tan justo, tan bondadoso, tan solitario como Jesucristo y, sin embargo, las aventuras de Cristo nos las contaban con devoción y arrobamiento y las de don Quijote como si estuviéramos asistiendo a una función de circo.

En mi opinión, Jesucristo y el Caballero de la Triste Figura eran personajes equivalentes; poco me importaba que uno actuara como si la verdad del mundo le perteneciera y el otro simplemente luchara contra él. Lo que yo entendía entonces es que los dos habían venido al mundo para hacer justicia, y los dos vagaban incomprendidos por los campos de Alcudia o de Galilea, por las montañas de Sierra Morena o de Samaria, por los desiertos del Campo de Montiel o de Judea. Menos mal que Cristo tenía a sus discípulos y don Quijote a Sancho.

Como a los once años no había leído el Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo, ni el Tirant lo Blanch, de Joanot Martorell, mi única idea del caballero andante —movido por la pureza del amor cortés, el honor y la defensa de los débiles— era don Quijote de la Mancha, que me parecía un ser admirable. Tanto, que, en cuanto creciera, me haría, como él, caballero andante. Por supuesto, tampoco había leído a Marx y, quizá porque de verdad era tonto, no caía en la cuenta de que Cervantes estaba haciendo una sátira de la caballería andante.

Esta mezcla de piedad y admiración infantil por don Quijote la refrendé en la adolescencia, cuando leí los versos de León Felipe:

Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de don Quijote pasar / va cargado de amargura / va, vencido, el caballero / de retorno a su lugar.

Hace poco vi una miniserie de seis capítulos titulada La mujer danesa. La sucinta reseña que hizo El País de esta producción dice así: «La exespía danesa Ditte Jensen se retira a Reikiavik en busca de una vida tranquila, pero no puede ignorar sus instintos guerreros. Convierte su edificio de apartamentos en un campo de batalla, ayudando a los vecinos a resolver los problemas a su manera, les guste o no».

Estaba atónito ante la pantalla del televisor, viendo a aquella mujer incalificable luchar contra el mundo. Dotada de la fuerza de un Hércules, de la sagacidad de un 007, de la habilidad deductiva de un Monsieur Poirot, de la capacidad de combate de un profesor de artes marciales, se enfrentaba ante mis ojos a las fuerzas del orden, al aparato del Estado, a chantajistas domésticos, a traficantes de droga, a infractores medioambientales, a servicios de inteligencia, a maltratadores… Y estaba más sola que la una, apoyada solo en la seguridad en sí misma, en un sentido políticamente incorrecto de la justicia y en la máxima de que determinados fines justifican determinados medios. Por ejemplo, intoxicar a los funcionarios de un departamento de inmigración para evitar que una familia árabe fuera deportada; o drogar y extorsionar a un chantajista para salvar del chantaje a una adolescente; o destruir bienes ajenos para impedir la contaminación de un barrio; e incluso matar a un canalla antes de que el tipo acabara con su desgraciada mujer.

No me explicaba la raíz ideológica de aquel cúmulo de acciones justicieras al margen de la legalidad: la absoluta entrega de la heroína a un proyecto individual y solitario de regeneración de lo humano, de lo ambiental y de lo político. Cierto que las manifestaciones de la antigua espía no son ambiguas: sus preocupaciones medioambientales, su lamento por los retrocesos sociales de las democracias nórdicas, su piedad dura por los humanos, ejercida al margen de cualquier corrección política, son explícitas. Pero no sabía hacia dónde quería llevarnos el director de la serie, Benedikt Erlingsson, a los tensionados espectadores, hasta que reparé en que estaba asistiendo a un trasunto del Quijote. Entonces comprendí la magistral estructura argumental y narrativa de La mujer danesa.

No hace falta que Erlingsson esté de acuerdo conmigo, ni siquiera que sepa que su obra reencarna a don Quijote en la figura de una dama andante del siglo XXI. Los textos universales nos poseen ajenos a nuestra voluntad, pero nunca se repiten sin transformarse. Así, aunque la filiación es clara, hay una diferencia decisiva: don Quijote se equivoca sobre la realidad; la Dama Andante la entiende demasiado bien. Y quizá por eso sus victorias resultan más inquietantes que sus derrotas.

Pero a pesar de su atletismo, la exespía nórdica ostenta el cuerpo envejecido de don Quijote. Dama y caballero tienen la misma edad, esa edad que adviene como una negación de sí mismo después de los cincuenta años. Sin embargo, una y otro expresan sus emociones con el cuerpo: ella, bailando sobre los yermos islandeses —lo hace endiabladamente bien durante toda la serie—; él, dando saltos, cabriolas y zapatetas en las asperezas de Sierra Morena.

En una primera apreciación puede creerse que la dama andante y el Caballero de la Triste Figura difieren en cuanto al resultado de sus aventuras. Ella parece salir siempre airosa y él, apaleado. Pero no es así: comparten infortunios, por ejemplo, cuando la mujer que ha salvado de la muerte Ditte Jensen, aun a costa de cometer un crimen, echa de menos a su maltratador; y cuando don Quijote encuentra a Juan Haldudo el rico azotando a su criado Andrés y consigue no solo que el malvado labrador desate a su criado, sino que se comprometa a pagarle el salario adeudado «un real sobre otro»; pero, en cuanto «el desfacedor de agravios» los pierde de vista, Juan Haldudo vuelve a atar a su criado y le propina una paliza todavía más fuerte, dejándolo casi por muerto. Más adelante, en el capítulo XXXI de la primera parte, Andrés se encuentra con don Quijote y, tras contarle que su intervención solo empeoró las cosas, le maldice a él «y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo».

Ambos héroes cabalgan en sus monturas hasta la derrota final: don Quijote en Rocinante; la exespía danesa, en una moto eléctrica. A la mujer guerrera no la vencen las fuerzas especiales de la policía que asaltan su casa; la vence una encrucijada del poder: la alianza entre delincuencia y ley. A don Quijote no lo vence el Caballero de la Blanca Luna; lo vence Cervantes cuando lo abandona, cuando lo traiciona y lo hace cuerdo. O, si se quiere, don Quijote cae por reintegración en la realidad, la Dama Andante por colisión con un sistema más complejo que su ética.

P. S.:

La mujer danesa está disponible en Filmin. No confundir con La chica danesa de Netflix.

7 comentarios en “Don Quijote y la Dama Andante”

  1. Gracias por la sugerencia para visionar «la mujer danesa», buena crítica y resulta muy apetecible de visionar.

    Me siento más inspirada por Don Quijote, sin embargo, por el idealismo demente del personaje que al final se Sanchopancisa.

    Que haya un paralelismo con la «heroína» es muy sugerente, pero (una vez más) me gustaría que las heroínas no adquirieran valores masculinos y agresivos para mostrar su heroísmo.

  2. Artículo lleno de maduras reflexiones in crescendo que abre muchas ventanas al pensamiento, las dos primeras vidas paralelas se convierten en un trío y en una aguda crítica cinematográfica (espóileres incluidos).

  3. Querido Manolo: he vuelto a leer tu texto unos dias después yme ha seguido pareciendo que a don Quijote, como diria Arturo, se llega leído. A mi me enseñaron a escribir los salesianos con dictados de Platero y yo. Esa transmutación de don Quijote en espia danesa que lucha contra un mundo hostil me parece magnifica. No tanto que te gustase el profesor pese a las risas. Tengo que reconocer que llegué al Quijote en segundo de Facultad, cuando la magnifica profesora que fue, Pilar Palomo, nos enfrentó como programa de curso al Quijote de Martin de Riquer. Dios me perdone, pero el esfuerzo de Trapiello por ponerlo en castellano actual me parece inútil. En cambio esta lectura que abres en Islandia me parece fantástica. Es la prueba de que es un clásico y como tal nos sigue interesando porque trata de los problemas que interesan (Ortega dixit).

  4. Magnífico paralelismo. La conclusión es clara: los heroísmos individuales siempre terminan con el sacrificio del héroe. No creo que Cervantes tuviera en mente una lectura de este tipo pero imagino que la serie sí. No se eliminan las injusticias del mundo levantándose individualmente contra ellas, la única vía es la organización colectiva. Siempre he visto ese algo infantil en las andanzas de don Quijote, esa inocencia enloquecida que se expresa como fe ciega en las potencias del individuo. La mujer danesa debería ser un poco menos inocente! (Quizás es que los guionistas saben que nos gustan las historias de los héroes que caen en defensa de las causas justas)

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