Manuel Janeiro
En lo que se refiere a mí mismo ha pasado mucho tiempo. El tiempo que va de los dientes de leche a los implantes, pero para el reloj de la historia no ha pasado ni siquiera un segundo. En los años cincuenta, mi padre, que no había leído a Milton, creyó encontrar en la ensenada que se extiende desde cabo Silleiro hasta la península de Monteferro el paraíso perdido. Y para mí que era cierto porque, citando ahora de verdad a Milton, aquella bahía “brillaba como un mar de jaspe y sonreía con la púrpura de las rosas celestiales”.
El mar allí encerrado, que se abría a la inmensidad del Atlántico y reposaba en los arenales de Playa América y Panxón, estaba todavía inmerso en las miserias de la posguerra; faltaban décadas para que alcanzara la prosperidad. Era un mar de labradores marinos, pescadores que sembraban redes de cáñamo y cosechaban pescado labrando el mar en gamelas blancas y azules, blancas y verdes, verdes y azules. Al amanecer vendían la pesca en el muelle de Panxón o en el puerto de Baiona. Las redes se secaban al sol en las lomas de las dunas, y mujeres de luto las zurcían con agujas de madera e hilo mientras sus maridos dormían. Se pescaba de noche. La canción que arrancaban los remos a los palos de los toletes sonaba bajo la luz de la luna. El aroma de los pinos atlánticos perfumaba la brisa.
Luego, en un nada, llegó el desarrollo. No sé si los pescadores de bajura alcanzaron la prosperidad alquilando habitaciones a los veraneantes o vendiendo tojales y terrenos incultos a los constructores. Sé que la prosperidad acabó con todo. Venía con un hambre insaciable, con una sed de muerte. Se comió las riberas del mar, se comió las dunas y vomitó edificios terribles y puertos deportivos.
Hace unos días tuve que hacer un papeleo en el puesto de la Guardia Civil de Baiona. Está situado en lo alto del barrio de La Anunciada. Desde su emplazamiento se contempla toda la bahía: cabo Silleiro, la Virgen de la Roca, los esteros de Ramallosa, Monteferro, la boca de la ría de Vigo, las islas Cíes y las Estelas. El sargento de guardia me dijo que los días muy claros se puede ver la ría de Pontevedra e incluso la de Villagarcía. El paisaje es sobrecogedor. En la distancia parece que los ángeles infernales no han triunfado, que Adán y Eva siguen habitando el paraíso, que el arcángel Miguel todavía no los ha acompañado más allá de sus puertas.
Debí seguir allí, absorto, extasiado ante la naturaleza indómita; inmune en apariencia la belleza a los estragos de nuestra civilización. Pero se me ocurrió atender al humo de los incendios que flotaba sobre las montañas lejanas y reparé también en el puerto de Baiona. Sus instalaciones han crecido sobre las aguas, ocupan kilómetros de pantalanes que se adentran en el mar y prolongan con dedos invasores la costa. Miles de embarcaciones deportivas los ocupan. El espacio destinado a los barcos de pesca es ínfimo, no llegará al cinco por ciento del total de los amarres. No tengo nada contra la marina deportiva, no tengo nada contra la existencia de los aficionados a la navegación; me parece bien que existan miles de personas que se pueden permitir tener un barco de recreo. Simplemente constato que las cosas han cambiado mucho. La bahía de Baiona ya no es un lugar de trabajo, ahora es un lugar de ocio. Me pregunto si habremos llegado ya a la sociedad del ocio que vislumbraban pensadores como Adorno, Marcuse o Alain Touraine. El problema es que Touraine consideraba que el ocio puede ser un espacio de participación cultural y social, pero Adorno y Marcuse eran más pesimistas: para ellos, la industria del entretenimiento estandariza el ocio y, en lugar de emancipar al individuo, lo integra en el sistema. Yo no sé a qué palo quedarme. De hecho, me gustaría tener un barco, pero no uno de esos adocenados en los pantanales de los clubes náuticos y que surcan un mar plagado de paseantes marinos. Me gustaría tener una gamela. Me gustaría un imposible: una gamela, un mar de ayer, una bahía celestial de rosas púrpuras… Me gustaría no haber perdido el paraíso.
El caso es que, no sé cómo, relacioné los incendios forestales y la profusión de yates. ¿Mala conciencia de burgués acomodado? ¿Rescoldos de la idea de pecado impuesta en la niñez por los Escolapios? Lo cierto es que dejé de ver la bahía de jaspe, y los ojos de mi mente recordaron el cuadro del pintor flamenco Daniel van Heil, Sodoma y Gomorra en llamas. Un texto rabínico, el Misná, afirma que los pecados de Sodoma estaban relacionados con la ganancia y el apego excesivo a la propiedad y las riquezas, interpretados como señales de falta de compasión. Más tarde fue san Agustín quien atribuyó el castigo de azufre y fuego que sufrieron los habitantes de Sodoma y su vecina Gomorra a la homosexualidad y a la práctica del sexo anal y oral.
Este verano estamos siendo castigados por el fuego más severamente que en veranos anteriores.
¿Arderemos?
Y si lo hacemos, ¿bajo qué fuego?
¿El del azufre de Dios?
¿O el del Pandaemonium —la capital del infierno, el reino de Moloc, Belial y Satanás, según Milton—?
Gondomar, agosto de 2025

El paraíso de ayer era un infierno de una furia liberada sis freno alguno.
Por un lado los habitantes del paraíso acabaron con los corales y las langostas cercanas al cabo Silleiro.
Por otro, la pesca sin rebozo alguno y sin normas han despoblado la mar de las cercanías.
Hoy la bahía de Baiona es un trozo de agua salada sin nada dentro.
Genial primera frase » En lo que se refiere a mi mismo ha pasado mucho tiempo», me ha enganchado.! y he disfrutado el resto del texto.
Me gusta .
Comparto os teus textos, Manolo, como un ramo de flores silvestres ás persoas que quero.
Ya sabes Manuel, ya decía Milton: » La mente puede hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo «. Volemos alto.
Sobrecigedor.
Todo cambia, para bien y para mal, en un balance injusto para la memoria infantil.
Siempre haces pensar, Manolo.
Que pena. Me ha gustado mucho
Es hermoso porque todo lo que rememora exquisitamente es verdad. Es terrible porque todo lo que describe dolorosamente también es verdad. Artículo inmenso en su descripción de lo hermoso, de lo terrible y de lo verdadero. Bravo!