Crónica del Hades

Manuel Janeiro

«El más temible de los males, la muerte, no es nada para nosotros, pues mientras existimos, la muerte no está presente; y cuando la muerte está presente, nosotros ya no existimos». Esta idea la escribe Epicuro en una carta dirigida a su discípulo y amigo Meneceo. El maestro tiene razón: la vida y la muerte son mutuamente excluyentes; nunca coinciden. No podemos experimentar el estado de estar muertos, por lo que carece de sentido sufrirlo por anticipado. A mí me convence este planteamiento de Epicuro; me permite eliminar el miedo irracional a la muerte, sin embargo, no termino de alcanzar la ataraxia (la paz mental) por culpa de sus parientes.

Tánatos (el dios del caballo pálido y de las alas negras) tiene hermanos y quizá también primos hermanos, y su inoportuna familia se empeña en acompañar a los vivos mientras viven y, sobre todo, mientras malviven.

El familiar más cercano de Tánatos es su hermano gemelo Hipnos (el sueño). Sin embargo, a pesar de compartir todos sus genes, no es el más insufrible. Incluso nos permite ensayar cada noche una pequeña muerte que el despertar disipa. Más insidiosos son los hijos díscolos de Hipnos, los Oneiroi (las pesadillas), ensayos, esta vez, de los infiernos. En todo caso, los Oneiroi e Hipnos nos dejan tras su paso intactos. Los parientes graves de la muerte son sin duda las Nosoi y Geras, las enfermedades y la vejez, respectivamente. Estas divinidades menores no tienen ninguna gracia, son mezquinas, sucias, desalentadoras. Carecen de la grandeza de Tánatos, que te acoge en sus alas, que te lleva en volandas a la nada: el lugar incoloro donde ya no sufres, según Epicuro, o la fuerza activa que permite que el Ser exista, según Heidegger.

En realidad, el temido Tánatos, neblinoso y sombrío, es solamente un buen anestesista, si bien, nadie quiere ponerse demasiado pronto en sus manos. Lo que nos dice Epicuro de la muerte encaja con otra característica del dios: es invisible. Si resulta que la piedad de Tánatos reside en su invisibilidad, la visibilidad de su hermano Geras y de sus primas segundas las Nosoi constituye su mayor rasgo de crueldad. Ambos son nítidamente visibles. Ambos están cuando tú todavía no te has ido y cada uno a su manera te destruye.

Las Nosoi viven en las orillas del agua como las náyades y las ondinas, y en los soplos del aire como las sílfides y las auras, pero ay del que beba en sus pozos muertos o respire la corriente de sus mórbidos vientos. Tienen cuerpos sin sangre; ojos blancos, sin pupila; piel febril y sudorosa. Recurriendo a Tolkien, las Nosoi son a las ninfas lo que los orcos a los elfos. Sí, son espantosas, mas no invencibles; desde nuestros primeros pasos en el tiempo hemos luchado contra ellas con los saberes médicos, a pesar de que son legión, son un enjambre de maldades, y cuando creemos haber derrotado a alguna, se retira a las puertas del Hades donde se lame las heridas, se recupera y muta.

La mitografía nos dice que Geras fue el penúltimo hijo de la noche (Nix). Representado como un anciano decrépito —un hombre diminuto, encogido, calvo, semidesnudo, con la piel extremadamente arrugada y flácida— es, además de horrible, un dios envidioso. Nació así, hecho una birria, y odia la lozanía de los hombres: seres inferiores que replican los cuerpos de Apolo o Afrodita, hasta tal punto, que Perséfone se enamoró perdidamente de Adonis, y Apolo del príncipe espartano Jacinto, y Selene del pastor Endimión, y la ninfa marina Tetis engendró a Aquiles con el mortal Peleo. Pero Geras nunca mantuvo relaciones amorosas con mortales o con dioses. Representa los efectos más temidos y aborrecidos de la existencia: la decadencia física, la debilidad y el marchitamiento. Por este motivo, ningún dios o mortal buscó jamás su compañía, nadie besó sus repugnantes labios, nadie le estrechó contra su pecho. Su papel en los mitos amorosos es estrictamente el de una fuerza destructora y un obstáculo. Sintiéndose tan desgraciado no acepta la felicidad de los otros. De hecho, cuando Eos (la Aurora) se enamoró del troyano Titono y consiguió para él la inmortalidad —pero olvidó conseguirle también la juventud eterna— Geras se ensañó con el pobre humano hasta convertirlo en una masa decrépita de huesos que terminó transformándose en cigarra.

El peor de todos los males nos es la muerte, es la vejez.  Creo que, para consolarnos de sus estragos, hemos intentado atribuirle beneficios: sabiduría, experiencia, serenidad… Si Geras nos arrebata el vigor y la fuerza, adormece el deseo e incluso se lleva nuestro cuerpo sustituyéndolo por el de las cigarras, nos deja al menos el respeto social, la capacidad de consejo, el estatus de autoridad comunitaria. No todo es declive en esta etapa de la vida, decimos. Pero no es cierto —o quizá lo fuera cuando los ancianos, por lo general, no superaban los cincuenta o sesenta años— en la actualidad basta con pasarse por una residencia de ancianos para convencerse de lo contrario. Las residencias para la tercera edad, tanto las públicas como las privadas de lujo, son el verdadero vestíbulo del Hades. Antecámara peor que el inframundo, porque mientras en este la nada es liberación, en aquella la nada es vértigo. Geras no se contenta con privarnos de nuestro cuerpo, el aspecto al que estábamos acostumbrados, el muy ladino nos priva también del alma. La nada geriátrica actúa como un ácido que disuelve los recuerdos y las palabras. Una cosa es el vacío de la nada de Epicuro y otra muy distinta la nada que te vacía por dentro cuando aún alientas.

En esencia la historia de la humanidad comprende dos grandes periodos: la edad del mito y la edad de la ciencia —las otras etapas son convencionales, arbitrarias y carecen de universalidad—. De Geras solo nos librará la ciencia. En la actualidad, los neurólogos están intentando liberar el alma de las placas amiloides que producen alzhéimer y, tengo entendido, que también de cualquier otra tragedia cognitiva; mientras no lo consigan la única salvación es la muerte. Quizá llegue el día en que el dios primordial Tánatos se deshaga de ese miserable diosecillo que llamamos Geras.

Mi madre yacía en la cama del hospital privada de todo, de la memoria, del habla, del control de su cuerpo. Llevaba así años, que a los que la amábamos nos parecieron décadas. Era difícil relacionarse con ella en el Molo Kay de la residencia: la sección de no válidos. Era difícil escuchar su permanente quejido, entre susurro y llanto. Era difícil acariciarle la cara, las manos. La llevaban de la silla con cinturones de sujeción a la cama, y otra vez a la silla, y otra vez a la cama; la alimentaban con una papilla informe y le daban de beber gelatina de agua; la aseaban, le mojaban de vez en cuando los labios. Así día tras día, hasta que aquel anochecer en un hospital de la sierra —empezaba el verano y los pinos del Guadarrama exhalaban su aroma— Tánatos, por fin, se apiadó de ella.

Enseguida resucitó. Volvió a hablar, volvió a arreglarse, volvió a ser una mujer guapa. Volvió a sentarse en la terraza de Mediodía Grande con nosotros a su alrededor, frente a los rosales de vara, para que nuestro padre nos hiciera una foto.

9 comentarios en “Crónica del Hades”

  1. Acabo de leer la Cronica del Hades y he de confesar que no esperaba esa confesión final de amor a tu querida madre. Enseguida la he relacionado con un comentario de Millás. Tu madre, inicia su tránsito entrando en una fotografía que ya habia hecho tu padre, en el jardín del edén que compartirá para siempre con sus queridos hijos. Un precioso canto de amor.

  2. Impecable e implacable río poético que ni impide la esperanza “ De Geras solo nos librará la ciencia“ ni el liderazgo, mientras no sea demasiado tarde, a la hora de decidir la llegada a la mar que es… ayuda leer “¿Que vas a ser de mayor?” De Pere Estupinyá. gracias!

  3. Precioso texto, sobre todo a segunda parte, feita con sentimento e dor ante o que viviches e temes vivir.
    Espero que a nosa vellez, eu xa son unha anciá, sexa máis venturosa. E de non ser así, hai que deixar a carta chamando a Tánatos.

  4. He leído tu delicado y hermoso texto, y ya, pasado el umbral que nos lleva a la indecente ancianidad geriátrica, he sentido más que nunca el aliento fatal del nauseabundo Geras, y es en ese momento, querido Manuel, amigo, cuando entiendes con enfado lo que ha supuesto traernos a la vida, sin posibilidad de elección. Una vida ¿vida? siempre abocada a ese final largo y tedioso, invalidante y terco, acosada por esos súcubos que van privando al hombre de toda humanidad. ¡El de Galilea murió a los 33 años! No por propia elección, o tal vez sí, ¡quién sabe! Pero me alivia observar cuántos hermosos ejemplares de esta humanidad decidieron un día despedirse temprano; antes de que Geras los convirtiera en despojos… ¡Cómo me ha gustado tu texto, Manuel! Gracias, amigo, y sigue regalándonos con tu reflexiva y sabia poesía… porque de eso iba hoy tu elegía a Tanatos. Un fraternal abrazo desde las tierras abrasadas del norte.

  5. Nos engañan.

    Tiñen nuestra percepción de creencias.
    Oponen la vida a la muerte, cuánta ignorancia.

    La vida es, y se expresa en la existencia: nacimiento y muerte, luego transformación.

    Nuestra torpe interpretación se debe a nuestros miedos.

    La vida, muy sabia, multiplica nuestros temores; si no se perdería esa valiosa información que transmite el guion de nuestras biografías a esa energía primigenia.

    Si la ignorancia de nuestra parcial consciencia no engendrara pavor a la muerte (que no conocemos, sino por la piel de serpiente despojada de ánima) al menor obstáculo nos daríamos el pire.

    Nos intenta tranquilizar cada noche cuando derrotados por el cansancio nos induce al sueño reparador para después despertar y así amanecer de nuevo o queremos decir: » a nacer de nuevo».

    No nos damos por enterados y así la vida sigue ganando la partida. Jaque mate.

  6. Cuando leo un texto de Manuel Janeiro, no lo hago una sola vez, sino varias veces seguidas. Repito la experiencia de la lectura, y a menudo me siento como si no hubiera sido capaz de obtener todo el jugo que el texto contiene con una sola pasada.
    Precisamente esta es una de las artes de la buena literatura: llena de secretos, no los desvela salvo al lector paciente que insiste e insiste hasta que obtiene el premio.
    Gracias, Manuel. Tienes la admiración serena de tus lectores, que disfrutamos en verdad al degustar lentamente tus textos.

  7. Manuel como siempre un texto brillante y armonico, que convierte una profunda reflexión filosófica en una intensa experiencia literaria cargada de humanidad. excelente mini ensayo. enhorabuena una vez más!!

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