Manuel Janeiro
No es fácil regresar del mundo de los muertos. Ni siquiera para Perséfone, que se sabe a la perfección el camino. Esta deidad, indeciblemente hermosa, fue raptada por Hades y convertida en señora del Averno. Allí pensaba el rey de los muertos pasar con ella su inacabable vida. Sentarla en su trono de plata, rodearla de pálidas nubes, pasear de su mano por el prado de los asfódelos marchitos, poseerla en un lecho de niebla. Mas Perséfone era hija de Deméter, poderosa artífice del epos agrario, obstinación circular, secreto de Gaya para sostener la vida. No se resignó la diosa madre y para mover la voluntad de los dioses originó el invierno. No fue difícil, le bastó con desentenderse. Desatendió las fuentes, los ríos, los cielos suaves, las apacibles brisas —restos de la edad de oro— y pronto la tierra se sumió en una esterilidad perpetua. Hasta que su hija no regresara de los valles del Leteo, no calentaría el sol y los campos no reverdecerían. Al fin, se llegó a un acuerdo, Perséfone pasaría medio año en el Hades y medio año en compañía de su madre. Desde entonces invierno y verano se suceden mutuamente precedidos por dos heraldos, el otoño y la primavera.
Sin embargo, a Perséfone le resulta difícil despertar del sueño. Nos pasa también a los mortales, nos cuesta trabajo dejar atrás al invierno, el lento fluir del tiempo, el hábito de las madrigueras, el crepitar del fuego. Perséfone llega del inframundo somnolienta. Su piel blanca, desnuda, cubierta solo con el peplo, echa de menos el calor de las túnicas.
Por ello la primavera no es un himno que se eleva de repente, sino un murmullo. Algo que empieza desacompasado como la afinación de una orquesta. La llegada del prima virentia apenas se percibe. Es apenas un toque de color en las mejillas del tiempo, un ligero maquillaje en el aire, un leve perfume en la hierba. El aún hoy vergel de la tierra reacciona con pereza. Los primeros en advertir la acción semidormida de la diosa son los cuerpos ascéticos de los prefloríferos, de sus fibras de leña surgen, antes que la respiración de las hojas, la vanidad de las flores. Los almendros extienden un encaje blanco entre el cielo y la tierra. Las magnolias, los membrilleros de flor, las Kerrias japónicas, los cerezos de Oriente abren sus flores con la elegancia de las bailarinas, con la belleza de los cisnes, con la luminosidad de los ángeles. En esos momentos que anteceden al equinoccio el campo es de cristal. La divina transparencia de las flores no interrumpe la visión de los sotos, de los desnudos bosques, de los montes y del interminable celeste.
La pureza del paisaje es tan grande que querríamos detener el avance de la primavera, que siguiera Perséfone ensimismada en sí misma, sosteniendo en su mano la granada prohibida. Sentimos la nostalgia anticipada de las despedidas. La angustia, el infinito dolor del ramo de flores que se marchita. Somos incapaces de reconocer que el agua del búcaro ya no sostiene el manojo de sacralidad ofrecida y nos resistimos a retirarlo de la mesa, del altar, de la tumba. Sobre la faz de la tierra no hay libro capaz de acoger entre sus hojas el pétalo muerto de la pasión de una rosa, y sufrimos ante la inaferrabilidad de lo que creíamos eclosión definitiva, triunfo del amor, residencia perpetua de la belleza del mundo. Pero la diosa está sujeta a la inexorabilidad de los ciclos y pronto transforma la floración temprana en polvo injusto. Bajo los ciruelos, las magnolias, los almendros…, el suelo se convierte en un cementerio de pétalos.
Nos queda el consuelo del futuro, la voluntad de seguir viviendo en el empeño de amar y ser de nuevo amados. Si lo hacemos, sustituiremos la primavera pura por la primavera profusa, cambiaremos la desnudez de la copla por los ropajes del verso alejandrino. Perséfone, confiada en su fuerza, se extenúa. Prodiga lirios y rosas, interrumpe la transparencia del aire con glicinias, ensombrece al sol con las anchas hojas de los algarrobos y los castaños de indias, oscurece el cauce de los ríos con la fronda de los alisos, y se olvida de los primeros suspiros de la tierra, los alientos menudos de las flores del viento: anémonas, prímulas, violetas, celidonias… Pero, sobre todo, se olvida de aquel hálito verde de las primeras hojas que la palabra verde no designa, como la palabra amor no designa al primer amor de nuestras vidas.

Bravo Manolo!!! Explosión de olor y color !!! Gracias !!!
En este texto Manolo nos abre sus puertas de acceso al mundo, la de la cultura, a través del mito de Persefone y la de la naturaleza.
El despertar de la primavera, cuando todavía «es un murmullo» es descrita con tal sensibilidad y conocimiento que somos capaces de percibir la pureza del paisaje, la belleza de las primeras floraciones, para mostrarnos a continuación su inexorable final, la fugacidad de la vida.
Preciosismo texto . Descripción sutil y sensible creando una admosfera cálida , nostálgica y llena de suaves olores . Enhorabuena Manuel
Bellísimo. Devuelves el placer de la lectura reposada.
Con gran fruición, de nuevo, acabo de leer el elogio y a la vez la tristeza de las prima virentia. Muy bien sentido ese nuevo mundo que se abre somnoliento, y si es que lo he comprendido bien, la inquietud que siente el humano por lo que comienza e ignorá si se realizará por completo. A veces desconfianza, cierta angustia para ver finalmente logrado lo que se promete y la inquietud de lo nuevo que ofrece nuevas promesas.
Lo que más me gusta, al leer esta reflexión sobre la prima vera / virentia, es cómo siento que lo expresado por el poeta colma mis lagunas y me hace ver lo que, casi ciego, solo intuyo o quizás ni veía siquiera.
Enhorabuena como siempre.
Bellísimo.
Que ben e delicadamente narrados eses días nos que, co arrecendo húmido da saudade, nos impregna e se nos esvae entre os dedos o verde primixenio que compromete a visita ás nosas vidas, primeiro tímida, logo explosiva, a primavera! Temos a sorte de volver a sentir vívidos eses momentos cando nolos xenerosamente narras, Manolo. Grazas!
Como xa estou acostumbrado, dende wue coñecín a prosa de M. Janeiro, volvo a encontrarme co fino, delicado e profundo escritor que é. Baixo a aparente simplicidade, agóchase un fermoso universo persoal e un profundo coñecemento de toda a literatura que nos precede. Lectura e pracer!! case nada.