Fernando de Bartolomé
Tant que vivray en aage florissant,
Je serviray Amour le Dieu puissant,
En faict, et dictz, en chansons, et accords.
Par plusieurs jours m’a tenu languissant,
Mais apres dueil m’a faict resjouyssant.
En la noche desvelada me desperté obsesionado por un pensamiento, algo que la mayoría de hombres olvidan según van creciendo y las preocupaciones cotidianas se apropian de ese espacio que hemos ido robando al proteico mecanismo del recuerdo. Simplemente recordé lo mucho que me había costado aprender a leer. Unos días antes hablaba con un amigo muy querido de aspectos de la psicología y la psicopedagogía. Muchos pensadores de estas disciplinas convienen que quizás sea éste el mayor esfuerzo emprendido por el ser humano a lo largo de su vida y debe afrontarlo en la infancia.
No voy a extrapolar mi experiencia para hacerla común a todos, pero por mi profesión he observado el aturdido tormento de ese aprendizaje. Muchos de mis alumnos comparten mi experiencia.
Recuerdo con terror a la monja cascarrabiada con su ritornelo repetitivo y el abecedario cansino. Las palabras, manuscritas o impresas eran signos diabólicos y las cartillas, mis enemigas juradas.
Así transcurrían mis afanes y mis días hasta que una tarde mi madre, harta de ver mis dificultades, se dispuso a leer conmigo. Pero no me enjaretó el odiado silabario, sino algo parecido a un libro con ilustraciones. Y allí fue leyendo y yo repitiendo una historia, mi primera historia, de caballeros medievales, de aquellos de la alta nobleza. Don Iñigo y Don Mendo, se llamaban. Aparecían otros personajes: el rey Bermudo, don Payo, doña Clara y doña Sol, el rústico Sancho, ese hombre que tiene sangre de los godos, que dirá un verso que jamás he olvidado: El labrador en su aldea / siembra lo que coméis vos…
Pero descollaban don Iñigo y don Mendo y su combate singular que me aprendí de memoria y con él aprendí a leer: en un paso honroso se enfrentaban ambos, pasaron días y noches combatiendo, destrozaron lanzas, adargas, espadas y lorigas, les vio la tarde pálida, les vio la luna fría y ellos seguían en su solipsismo bélico hasta que un día cayeron muertos, llamaron a los físicos y estos dictaminaron: no tienen ferida ninguna, han muerto de hambre e de consunción. Andando el tiempo supe que el texto era una comedia de Lope, Los Benavides. Ni mi madre, ni yo hemos sabido como llegó a mi casa. De ella sólo quedan algunas páginas sueltas y amarillentas, entreveradas con los capitulillos de Buffalo Bill, otro de mis héroes infantiles.
Después todo fue fácil. Aquella lectura marcó el destino de mi vida y ya siempre me he rodeado de cierta literatura. La Biblia era un cuento trágico. En mi casa se leían buenos trozos invernales del Quijote. Don Cesar de Echagüe y El Coyote de Marcial Lafuente Estefanía, siempre me gustaron más que el Zorro. Un día mi padre trajo una de Salgari y viví para siempre subyugado por el Tigre de Mompracén. El Cachorro y El Capitán Trueno se mezclaron con los romances y en mi imaginario quedó para siempre aquel de Mala la hubisteis franceses en esa de Roncesvalles.
Otro día llegó Arturo con todo su séquito y la historia de un caballero francés llamado Gaetán, que se doblaba en un romance aragonés donde se cantaban las desventuras amorosas de un valiente gascón con su corazón enterrado en San Juan de la Peña, don Caetano. No tendría más de nueve años cuando me engolfé con el capitán Acab y por esas fechas eche mano al Amadís, imposible de leer y como Pierre Menar con el Quijote quise reescribirlo en lengua moderna para disfrute de mis compatriotas y honra para mi casa, dándole ese matiz de gozo y alegría tan infrecuente en un texto sujeto a la estropajosa metodología del negro académico…
En tan noble estudio estaba cuando decidí poner algo de mi cosecha en ese mundo tan lejano en el tiempo, pero a día de hoy tan revisitado. Tranquilos, aquí no aparecerá el último templario, ni el Santo Grial, no se oye en la hazaña / resonar en el viento las trompetas de España / ni el azorado moro las tiendas abandona / al ver al sol el alma de acero de Tizona, no, no, esta es simplemente una historia de amor…
Los acontecimientos que se narran ocurrieron hace mucho tiempo. Pocos siglos después de la muerte de Cristo. Los señores se habían instalado con sus ostentosas tiendas delante de Gandalac, la capital de la tierra de Sobradisa. Cada día recomenzaba el torneo, cuya recompensa final era la reina Silvia, la joven viuda del desgraciado rey Grasinán, la hermosa hija de Grimanesa y de Frimurtel, rey de los chistavins. Entre los participantes, se encontraban los grandes señores: el rey Lisuarte de Inglaterra, el rey Carsante de Noruega, el rey Alfonso de Aragón, Angriote D´Estravaus, duque de Brabante, condes, célebres caballeros y héroes como Morholt el Soberbio y Dardán el Temerario; sus nombres se mencionan en el segundo canto del Parsifal de Wolfram von Eschenbach y en el Nominario de Felixmarte de Hircania. Algunos luchaban para obtener la gloria militar que tanto ciega, otros lo hacían por los hermosos y tímidos ojos azules de la joven reina, llamados las Puertas del Edén; la mayoría, sin embargo, combatía para quedarse con su tierra, rica y fecunda, sus ciudades populosas y su fortaleza roqueña. Luchaban por el poder.
Al socaire de los grandes señores y los héroes celebrados en las cantilenas, se había congregado allí una considerable turba de anónimos caballeros, de aventureros, bandoleros y pobres diablos sopistas. La sucia espuma de tan augusta valentía. Muchos de ellos ni siquiera tenían su propia tienda; campeaban aquí y allá, a menudo a la inclemencia del cielo en medio de los campos, con un abrigo ratonado y un astroso chambergo por toda protección. Dejaban que sus rocines escuálidos pacieran en los prados de los alrededores; acudían, fueran o no invitados, a las mesas de los poderosos para atiborrarse de comida y bebida y, especialmente si tenían la intención de justar, depositaban todas sus esperanzas en la suerte y el azar siempre con el nombre de Dios en los labios. En realidad, sus probabilidades de éxito eran muy reducidas porque tenían malos caballos. Montado en un mal jamelgo, ni el más intrépido caballero puede lograr gran cosa y menos aquellos viles andariegos. De ahí que muchos ya ni se planteasen participar y no se propusieran más que estar allí, ver y ser vistos, tomar parte menor en el espectáculo y sacarle algún provecho a todo ello, tal vez un empleo de escudero y en el peor de los casos se contaba que alguno había terminado de acemilero de un valvasor o caballerizo del edecán de un príncipe. Sin embargo, con la panza llena todos afectaban estar de muy buen humor.
El torneo iba para largo. Cada día se organizaban banquetes y fiestas, tanto en el castillo de la reina como en los campamentos de los señores ricos y poderosos y muchos de los caballeros pobres se alegraban de que el resultado se fuera demorando día tras día con la llegada de nuevos pretendientes. Ellos paseaban montados a caballo, cazaban, conversaban, bebían y jugaban, contemplaban el torneo de los grandes, alguno participaba en él para acabar descalabrado, pero a partir del cuarto día cada cual ocupaba el lugar que le correspondía en aquel teatro: cuidaban de los caballos heridos, hacían pequeños recados para los nobles, acompañaban a los señores en las partidas de caza y en los ejercicios de adiestramiento, observaban el pomposo despliegue de los grandes, no se perdían detalle y se concedían así unos días agradables con la pitanza asegurada. Al fin y al cabo, todos eran caballeros…
Entre los caballeros pobres y sin gloria había uno que se llamaba Florisel; era el bastardo de un pequeño noble ganadero de Navarra, un guapo y algo clorótico joven caballero que no tenía más que su aventajada estatura y unos ojos de buitre desolado que enamoraban a más de una dama, también poseía una armadura modesta y un jamelgo débil apodado por su amo Janto, como el caballo de Aquiles, pero conocido por todos como Fambroso, por su escasa consistencia. Como los demás había ido hasta allí para saciar su curiosidad, probar suerte en las armas pues era de corazón esforzado y sentirse un poco partícipe del bullicio y de la suntuosidad reinante. Florisel no era un desconocido, se había labrado una cierta fama entre sus iguales y también entre algunos distinguidos caballeros no precisamente como bizarro paladín sino como trovador y juglar, puesto que era muy diestro en componer y cantar sus canciones acompañado del laúd. Se sentía bien en medio del bullicio de las ferias y aspiraba únicamente a que aquel alegre campamento, con todo su trajín y falsa alegría, durara todavía una buena temporada, pues su música era celebrada y siempre había un plato humeante para él en las mesas de los nobles. Fue entonces cuando el duque de Brabante, su bienhechor de muchos días, le invitó a participar en la cena que organizaba la reina en honor de los más elegidos caballeros. Florisel sería su acompañante. Y así entró en el castillo y ambos vieron resplandecer la sala con magnificencia y pudieron deleitarse con manjares y bebidas. Pero el pobre joven no salió de allí con el corazón alegre. Había visto a la reina Silvia, oído su voz, clara y vibrante y lo peor, había degustado sus dulces miradas más de una vez. Estaba seguro, ella lo había elegido aquella noche a él y solo a él, de entre todos. Aquellos ojos destilaban amor. Desde aquel momento su corazón empezó a palpitar por aquella augusta dama, que, no por parecer tan suave y modesta como una muchacha, dejaba de serle superior e inaccesible.
Bien es cierto que, como cualquier otro caballero, podía luchar por ella. Para ello no existía escalafón. Tenía vía libre para probar fortuna en el torneo. Sólo que ni su caballo ni sus armas, que el orín de la paz gastado había, parecían aptas para tan elevada misión; a pesar de su corazón esforzado no se engañaba, tampoco tenía madera de héroe, sobre todo porque otros eran mucho más aventajados en el oficio caballeresco, en edad y sabiduría. A pesar de ello, no tenía miedo alguno y por momentos se sentía plenamente dispuesto a arriesgar su vida por la reina venerada. Pero sus fuerzas no podían compararse a las de Morholt o el rey Lisuarte, ni siquiera a las de Tafinor de Fuensalida, considerado un escalón más bajo que los anteriores o a las de cualquier otro héroe; eso lo sabía de sobra, ya se lo decía su padre de pequeño para refrenar sus impulsos: demasiado corazón. Con todo, no estaba dispuesto a renunciar. Alimentó a su caballo Fambroso con pan y heno fino que el de Brabante le proporcionaba con generosidad, aunque él se sintiera un mendigo pedigüeño; se cuidó a sí mismo comiendo y durmiendo regularmente y limpió y pulió con gran esmero su deslucida armadura y sus mediocres armas. Algunos días después, una mañana temprano, se dirigió hacia el campo y se presentó en el torneo. Le tocó en suerte batirse con un caballero español. Rosendo de Alhama, se hacía llamar. Ambos se lanzaron al galope con sus largas lanzas enristradas y él y su rocín acabaron derribados. La sangre fluía de su boca y sus oídos. Pensó que no podría levantarse, pues le dolían todos los músculos de su cuerpo, pero no había sufrido más que una buena costalada y apelando a su coraje se puso en pie sin ayuda, se llevó consigo a su trastabillado rocín —de poco le habían valido el pasto regalón y el pan blanco— y fue a lamerse las heridas en un arroyo recóndito en el que pasó el resto del día solo y humillado, rumiando su derrota y su infortunio, pues su amada, tras el quebranto, le quedaba un poco más lejos.
Al anochecer, de vuelta al real y a la dudosa luz de las antorchas, le llamó el duque de Brabante por su nombre.
—Florisel, me he enterado por otros que has probado suerte en el torneo y que has medido tus armas con dignidad, pero sin suerte —le dijo, bondadoso—. La próxima vez que tengas ganas de intentarlo, viste una de mis armaduras, toma uno de mis caballos y si vences, considera que son mis regalos por tu triunfo. Ahora descansa y mañana ven a mis tiendas, doy un banquete y quiero que nos cantes alguna de tus trovas.
El joven caballero no estaba para canciones, ni alegrías. Pero, en aras de tales promesas, aceptó. Entró en la tienda del duque, comió un buen trozo de asado, bebió un vaso de vino tinto y afinó con maestría el laúd. Cantó una canción, después otra y muchas más. Todos los presentes tenían el corazón henchido de alegría, unánimemente lo alabaron y bebieron a su salud.
—¡Que Dios te bendiga, trovador! — exclamó complacido el duque—. Abandona los combates y vente conmigo a mi corte. Tendrás cuantas damas puedas desear y una vida regalada.
—Sois bondadoso —dijo Florisel suavemente—, gran duque, pero me habéis prometido vuestras armas y un buen caballo, y antes que pensar en otra cosa quiero volver a luchar, no olvidéis que por encima de todo soy un caballero. ¿De qué me servirían la buena vida y las hermosas canciones, si sé que otros caballeros se baten para conseguir la gloria y el amor?
Uno de los comensales preguntó con ironía maligna:
—¿Queréis conseguir a la reina, Florisel?
Él respondió:
—No soy más que un caballero pobre, pero quiero lo mismo que queréis vosotros. Aunque no pueda obtener su mano, sí puedo luchar y dar mi sangre por ella, sufrir la derrota y el dolor. Para mí es más dulce morir por sus ojos que vivir una vida placentera y vacía. Y por si alguien quiere burlarse de lo que acabo de decir aquí tengo, caballeros, mi afilada espada.
Era esa hora en la que las conversaciones se vuelven borrosas y el vino exalta las pasiones y los deseos. El duque, en experiencia cano, les exhortó a poner paz y pronto se fueron todos a descansar a sus respectivas tiendas. Iba también el trovador a retirarse cuando el duque lo retuvo con un gesto. Le miró a los ojos y le dijo con benevolencia veterana:
—Eres muy joven, hijo. ¿Quieres luchar a todo trance por una quimera con todo lo que comporta de peligro, sangre y dolor? Bien sabes que no puedes convertirte en el rey, ni hacer de la reina Silvia tu amante, aquí no hay espada Excalibur, ni Merlín que te ayude. ¿De qué te sirve derribar a uno o dos caballeros de poca monta? ¡Para lograr tus fines tendrías que matar a los reyes, a bestias como Morholt e incluso a mí y a todos los héroes aquí presentes! Por eso te digo: si quieres luchar, empieza conmigo, y si no puedes vencerme, abandona tu quimera y ponte a mi servicio, tal y como ya te he ofrecido.
Florisel enrojeció, pero respondió sin vacilar:
—Os lo agradezco, señor duque, y mañana mismo quiero batirme con vos.
Lo dijo sin pensar, movido por el vino que ya le pesaba en la cabeza.
Durmió poco y mal. Y así se despertó con la lengua pegada al paladar. Se fue inmediatamente a buscar su caballo. El animal lo recibió piafando amistosamente, comió pan de su mano y apoyó la cabeza en su hombro.
—Sí, Janto —dijo en voz baja mientras le acariciaba la testuz— ya sé que me quieres, mi jamelguillo del que todos se burlan. Más me hubiera valido morir en cualquier encrucijada que enamorarme de esos ojos imposibles. Hoy te quedarás aquí descansando.
Después, casi con la salida del sol, buscó las tiendas del duque. Un mozo de cuadra le proporcionó allí un semental bayo, joven y fuerte, de poderoso pecho y musculosos jarretes. Cabalgó por los campos vecinos y sopesó las lanzas que le ofrecieron. Se sentía feliz. Al cabo de una hora, el duque en persona se presentó para batirse en duelo con él. Al ser un famoso campeón el que luchaba se agolparon los curiosos. En el primer asalto no ganó ninguno de los dos, ya que el duque de Brabante fue indulgente con él. Rompieron un par de lanzas. Pero después viendo que crecía el arrojo del joven y enojado por la persistencia insensata del que no teme nada, el noble lo embistió con sabiduría y con tal violencia que le destrozó el escudo y Florisel salió despedido de la silla, pero para su desgracia su escarpe quedó enganchado del estribo y fue arrastrado por todo el albero.
Mientras el joven, bizmado por todo el cuerpo, yacía en una de las tiendas de los pajes del duque donde los físicos le prodigaban cuidados y árnica en grandes dosis, por el campamento cruzó el rumor de la inminente llegada de Glamureth, el guerrero más célebre en toda la Cristiandad por su maestría, pero también por su crueldad. Volvía de la Cruzada. Y de él se contaban mil y una hazañas. Al final, para disgusto de todos los caballeros, apareció con toda pompa y fastuosidad; ya su fama le había precedido sangrienta y rutilante como una estrella. Los grandes caballeros fruncieron el entrecejo, los pobres y humildes fueron a su encuentro alborozados, pues todo lo nuevo aplace a los necios y a los Segismundos, mientras que la hermosa Silvia, ruborizada y temerosa, lo seguía con los ojos, sabiendo que se acababan sus días de viudez. Algunos días después se acercó Glamureth sin prisas al campamento; empezó desafiando y luchando y acabó por derribar a los grandes caballeros, uno tras otro. No se hablaba de otra cosa: él era el vencedor; a él le correspondían la mano y las tierras de la reina. Los rumores, difundidos por todo el campamento, llegaron también a oídos de Florisel, todavía doliente. Alcanzó a ver como caía el duque a la tercera lanza y supo que ya no podía albergar esperanzas para con la reina Silvia; oyó como elogiaban y ensalzaban a Glamureth y deambuló silencioso entre las tiendas, sollozando y deseando la muerte. Aún hubo de saber más. Efectivamente, lo visitó el duque que le llamó hijo, le regaló la librea de su casa y le habló del vencedor con algún acento dolorido. Y Florisel se enteró de que la reina Silvia se rendía a Glamureth. Del tal Glamureth se comentaron otras hazañas: de que no sólo era un caballero de la reina Anflise de Francia, sino que en tierras paganas también había dejado a una princesa morisca de piel negra, con quien había sido esposo y padre plural. Si no estuviera tan quebrantado, el duque le hubiera invitado a la recepción que se celebraría en el castillo
Cuando el duque hubo partido, se levantó con esfuerzo de su lecho, se vistió y, a pesar del dolor, fue al castillo para ver al vencedor, a Glamureth. Y lo vio de cerca y sin armadura: era un gladiador, más requemado que moreno y de gestos altivos y violentos; un titán de poderosos miembros, un matarife de dedos como garfios y muñecas de oso. Por un momento se imaginó a la reina entre aquellos brazos y sintió un escalofrío. Logró introducirse furtivamente en la recepción y mezclarse entre los invitados sin ser visto. Desde el arambol avistó a la reina, aquella dulce mujer de frágil aspecto que ardiendo de felicidad y vergüenza ofrecía sus labios al héroe advenedizo. Porque siempre las bellas se han rendido al más fiero de los vencedores. Hacia el final del banquete fue reconocido por su bienhechor, el duque, que le hizo acercarse.
—Permitidme —dijo el duque a la reina— que os presente a este joven caballero. Se llama Florisel y es un trovador con cuyo arte nos deleita a menudo. Si lo deseáis, en vuestro honor, puede interpretarnos una canción.
La reina respondió al duque con una sonrisa y al joven con el amor en la mirada, lo había reconocido al instante, luego asintió amablemente con la cabeza, sonrió y solicitó que le trajeran un laúd. Florisel estaba pálido, pues supo que por siempre aquellos ojos serían sus cómplices, incluso por un instante había registrado el relámpago de los celos del futuro esposo; hizo una profunda reverencia y tomó titubeante el instrumento. Pero pronto sus dedos acariciaron ágilmente las cuerdas, mientras mantenía la mirada fija en la reina y cantaba una canción que había compuesto aquella noche. Como estribillo había insertado dos versos simples tras cada estrofa que, inspirados en su corazón herido, resonaban con tristeza.
Plaisir d´amour ne dure qu´un moment,
Chagrin d´amour dure toute la vie.
Al terminar una lágrima quedó prendida en la pupila de la reina y él supo que se cumpliría al pie de la letra su canción. La pena del verdadero amor no se olvida nunca.
Se hizo un profundo silencio antes de la ovación. Florisel entre el resplandor trémulo de las antorchas, acompañado por una brisa perfumada, abandonó el castillo. Aquella noche se fue del campamento. Dijo adiós a la caballería y se dedicó a llevar la vida errante de un tañedor de laúd.
Aquellas fiestas son agua pasada, verdura de las eras, dijo un poeta, y de las tiendas, las armas, los pabellones y estandartes, ya no queda nada; ya hace años que el duque de Brabante, el héroe Glamureth y la hermosa reina están muertos; nadie se acuerda de los famosos torneos de Gandalac. Al cabo de los siglos no se han salvado ni los lugares ni los nombres imaginarios, apenas pasto de erudición, que hoy nos parecen extraños y trasnochados. Sólo se han salvado dos versos de una canción, entonados aquella noche por primera vez en el castillo y que pronto alcanzaron una gran popularidad más allá del lugar y se cantarían por siglos y siglos. Todavía se cantan hoy.

Todo lo que conozco de Fernando Bartolomé es digno de atención. Lo leído confirma lo dicho. He disfrutado y aprendido con su lectura. Le doy las gracias, muy sinceras.