Dos poemas de «Versos de Palestina»

Federico Jiménez Asenjo

Sin título

Ya habíamos degollado bastante,

y nos detuvimos a ver la sangre,

que era roja y untuosa,

y entresijos buscaba de la tierra

como a madre.

No fumamos la droga del descanso,

que al cielo subía en volutas

serpentinas,

los ojos matarifes entornados.

Vísceras teníamos en los dedos

retenidas

y falanges,

y un resto de la entraña principal

en la sonrisa,

que habíamos traído del edén

aquella tarde,

y en opios de olvido consagrado.

Cuento pequeño de mi madre novia

Donde habitaba la soledad

secreta

yo a los espejos jugaba,

polveras sin polvo,

collares de artificio,

desensartada perla.

En las alcobas de cómodas antiguas

y atávicos joyeros,

aquí mi madre ante coquetas

de jabón se aviaba,

a ser guapísima apostaba,

a ser joven de azahares y violetas.

A veces Hayworth se llamaba,

a veces Greta,

bajaba por las escaleras de la dicha

a los portales,

como un tiempo enamorado de futuros,

con un garbo de columpio en la cadera.

3 comentarios en “Dos poemas de «Versos de Palestina»”

  1. En el primer verso del primer poema el autor nos arrastra a un abismo. Y nos lanza. Durante la caída hacia ese infierno vislumbramos la terrible cuchillada a destajo, los tajos a destajo. Lo demás es silencio: la tierra absorve a borbotones los gritos que ya no oimos.

  2. No hay mejor novio para la madre que un hijo. Desde su hambre hasta el eterno femenino. Amante que habitó sus entrañas y reconoce sin ambages su latido. Amor sin dudas.

    Y en tiempo de pavor, horror y desangelada guerra, no hay como la tierra.

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