Federico Jiménez Asenjo
Sin título
Ya habíamos degollado bastante,
y nos detuvimos a ver la sangre,
que era roja y untuosa,
y entresijos buscaba de la tierra
como a madre.
No fumamos la droga del descanso,
que al cielo subía en volutas
serpentinas,
los ojos matarifes entornados.
Vísceras teníamos en los dedos
retenidas
y falanges,
y un resto de la entraña principal
en la sonrisa,
que habíamos traído del edén
aquella tarde,
y en opios de olvido consagrado.
Cuento pequeño de mi madre novia
Donde habitaba la soledad
secreta
yo a los espejos jugaba,
polveras sin polvo,
collares de artificio,
desensartada perla.
En las alcobas de cómodas antiguas
y atávicos joyeros,
aquí mi madre ante coquetas
de jabón se aviaba,
a ser guapísima apostaba,
a ser joven de azahares y violetas.
A veces Hayworth se llamaba,
a veces Greta,
bajaba por las escaleras de la dicha
a los portales,
como un tiempo enamorado de futuros,
con un garbo de columpio en la cadera.

En el primer verso del primer poema el autor nos arrastra a un abismo. Y nos lanza. Durante la caída hacia ese infierno vislumbramos la terrible cuchillada a destajo, los tajos a destajo. Lo demás es silencio: la tierra absorve a borbotones los gritos que ya no oimos.
No hay mejor novio para la madre que un hijo. Desde su hambre hasta el eterno femenino. Amante que habitó sus entrañas y reconoce sin ambages su latido. Amor sin dudas.
Y en tiempo de pavor, horror y desangelada guerra, no hay como la tierra.
Versos muy atrevidos, violentos, forzados. Están muy bien.