Eloy García
Sederot es una ciudad del Distrito Sur de Israel, en la región del Néguev Occidental. Está situada a menos de un kilómetro de la Franja de Gaza y de la ciudad palestina de Beit Hanun, la cual fue demolida completamente por el ejército israelí durante los primeros compases de la operación militar iniciada en octubre de 2023 que conocemos como Genocidio de Gaza. Sederot, por su ubicación, ha sido a su vez objetivo de ataques lanzados desde territorio palestino. Convertida en una ciudad semiabandonada, ha adquirido relevancia por la ubicación, en una de las colinas que la rodean, de un mirador que permite observar en directo los bombardeos que el ejército israelí lleva a cabo sobre la población palestina. Por poco más de un euro, grupos de ciudadanos israelíes se acercan hasta allí para celebrar las explosiones y bombardeos como hinchas en un partido de fútbol que aplaudiesen los goles de su equipo.
Esta idea perversa de convertir el genocidio de una población civil y la destrucción de su país en un espectáculo evoca irremisiblemente la película de 2023 de Jonathan Glazer, La zona de interés. En ella se narraban, en un inquietante tono costumbrista, los esfuerzos de la familia nazi que vivía muro con muro con el campo de exterminio de Auschwitz por fingir una existencia normal pese a la carnicería industrial que se estaba llevando a cabo junto a su vivienda. La pretensión de dicha familia de vivir ajena al horror se revelaba como una tarea imposible, como una fantasía delirante cuya irradiación terminaba por enloquecer a sus protagonistas.
El mirador de Sederot, con su combinación de espectáculo de la violencia y de entronización de la barbarie, va un par de pasos más allá de los presupuestos de la película de Glazer. Aquí los verdugos ya no pretenden ignorar la crueldad y el salvajismo de los actos que están llevando a cabo casi puerta con puerta, sino que disfrutan de su contemplación pagando por regocijarse detalladamente con la caída de las bombas, la destrucción de las edificaciones y la muerte de la población palestina. La degradación moral de este planteamiento alcanza niveles nunca vistos de repugnancia. Celebrar la aniquilación de miles de seres humanos y aplaudir la imposibilidad de que los supervivientes puedan llevar algún tipo de existencia digna remite a un estado superior en el proceso de deshumanización que los nazis del siglo XX llevaron a cabo con el pueblo judío. Los nuevos nazis (en una paradoja de resonancias grotescas, los dirigentes israelíes actuales y la población que los apoya y jalea) desbordan la idea de “banalidad del mal” de Hanna Arendt y extienden un concepto pocas veces visto en la historia de la humanidad: la sociopatía como columna vertebral y aglutinante de una población humana de millones de habitantes que se pretende “civilizada” y “democrática”.
Se actualiza así aquella vieja figura del derecho romano arcaico que conocemos como “homo sacer”: la vida que se puede quitar sin que esto constituya un homicidio. Dicha figura da título a una conocida obra del filósofo italiano Giorgio Agamben en la cual se sitúa este concepto como clave de bóveda de la idea actual de biopolítica occidental. “Sacer”, que significaba «maldito, execrable, abominable, detestable”, también se utilizaba en el sentido de «sagrado”. Es interesante destacar que este segundo sentido de la palabra era debido a la prohibición del sacrificio de estos seres humanos en un ritual religioso. La obra de Agamben encuadraba en esta conceptualización el destino de los habitantes de aquellos territorios donde el derecho y la dignidad humana han dejado de tener validez. En el momento de su publicación (finales del siglo XX), una constelación de lugares-sumidero repartidos a lo largo del mundo encontraron en la figura homo sacer una categoría que los acogiera: todas las cárceles secretas (o no tanto) de la CIA, las prisiones iraquíes, egipcias o sirias o las bases militares repartidas a lo largo del planeta en las que la tortura y el asesinato sumarísimo eran la norma. Estos lugares donde las naciones occidentales practicaban la suspensión de las leyes que sí regían en sus territorios funcionaban como zonas al margen de cualquier tipo de respeto por la vida humana. Los que allí acababan eran encarnaciones contemporáneas de dicho homo sacer.
Hoy, en 2025, somos conscientes de que el Genocidio de Gaza ha extendido esta idea a un grupo de población completo. Dicha expansión, además, va acompañada del disfrute de la muerte industrial y del sufrimiento espectacularizado. La puerta está abierta para que cualquier colectivo humano sea categorizable bajo dicho término. El momento reaccionario que vivimos hace prescindible a gran parte de la humanidad desde la perspectiva de los distintos totalitarismos que van apoderándose de los gobiernos de las naciones del mundo.
Añadamos una coda económica. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, el supremacismo étnico israelí (indistinguible de cualquier otro) proyecta convertir la inmensa fosa común en la que han convertido la franja de Gaza en un resort de lujo en el cual los grandes criminales planetarios como Donald Trump y sus cómplices empresariales proyectan hacer negocios milmillonarios. El tsunami ultraderechista está al servicio tanto de los delirios de homogeneización étnica de los territorios como de su rentabilidad para las grandes oligarquías planetarias y locales. Su aspiración última es deshacer los logros emancipatorios posteriores a la Ilustración y presentar como inevitable un mundo en el que la dominación es necesaria para el mantenimiento del orden económico-social y en el que cualquier intento de sublevación solo puede ser respondido con el exterminio. El Genocidio de Gaza debe ser una señal de alarma urgentísima para el resto del mundo: todos somos homo sacer potenciales y nuestra aniquilación arbitraria podría servir para llevar a cabo algún tipo de espectáculo retransmitible y monetizable. Esta es nuestra condición como seres humanos en este momento de la historia.
Noviembre, 2025
Este texto se halla bajo una licencia Creative Commons BY-NC-SA 4.0

Estupendo artículo. Das en el corazón del asunto, que la sangrante deshumanización que se precisa para proceder a la masacre se convierta para unos en un espéctaculo más mientras otros, muchísimos, se desentienden. Nada de esto sería posible sin esas actitudes.
Inconscientes de que ese voyeurismo y
esa indiferencia los transforma, deshumanizandolos, y provocan en nosotros una repugnancia semejante a la que nos produce los inductores, porque responsables somos todos.
Pensar que lo de Gaza no es un genocidio es como pensar que Franco fusilaba por amistad.
El problema que se abre con esta dura exposición, estimado Eloy, es que no hay perspectiva de que se pueda abrir una puerta, una ventana…que nos permita salir de esta sinrazón. Me temo que mientras la sociedad civil no exija un cambio radical…el problema es que esa ultraderecha engancha a los menores de 30 años. Lo siento…Ojalá haya posibilidad de cambio.
Muy crudo, pero muy realista. Bien… por Eloy.