Eloy García
Llego demasiado pronto a recoger mi automóvil en un garaje de limpieza a fondo de vehículos, situado en esa zona liminal entre lo urbano y lo rururbano propiamente dicho. Fuera del límite de la ciudad, pero no inserto aún en la sucesión de casas, huertas y naves industriales que definen el territorio gallego intermedio entre los núcleos urbanos. «Quince minutos», me dice lacónicamente el encargado mientras atiende visualmente al ejército de cacharros motorizados que se acumulan delante de su negocio.
Me lanzo a caminar con la inocente idea de encontrar una cafetería en la que hacer tiempo, una de mis actividades favoritas. Soy campeón olímpico de hacer tiempo. Posiblemente tenga varios récords mundiales en esta disciplina en la que la pereza tiene excusa argumental, en la que no hacer nada no está mal visto. Me llevo una bolsa con un par de libros, una revista y una libreta en la que suelo tomar notas.
En mi trayecto me cruzo con un motel abandonado, una gasolinera low cost llena de coches con matrícula de Portugal (Gasolina 95: 1,351 €/L, Diésel: 1,514 €/L), un edificio de tres plantas claramente ilegal a medio hacer en proceso de derrumbe, un núcleo formado por seis caserones de piedra en perfecta formación de combate, un hotel de cinco plantas que parece estar a punto de cerrar, dos descampados que se usan como aparcamientos, y, finalmente, a una distancia asequible, el rótulo de un bar acompañado de la inevitable publicidad de Estrella Galicia. Si el urbanismo es una suerte de lenguaje, la construcción sería su sintaxis. La gramática paisajística de mi trayecto habla atropelladamente de caos en el peor sentido de la palabra, de ilegalidades consentidas y de pequeños crímenes sin castigo, de odio al patrimonio natural y también de desesperación material y de microhistorias de pobreza y falta de recursos. El paseo, entre la desolación y el asombro, se convierte en una inesperada lección de Geografía, de Historia, de Antropología y, sin quererlo, en un curso acelerado sobre la belleza de nuestras ruinas contemporáneas y sobre la estética del abandono y la acumulación de lo heterogéneo.
Tras diez minutos caminando me encuentro en algo parecido a una cafetería. En su exigua terraza un pelotón de peregrinos, soldados de una extraña guerra contra sí mismos, enrojecidos por el sol y el viento del norte que sopla sin piedad, recuperan fuerzas a base de cañas y chupitos. En el interior, un chico de mirada furibunda atiende la barra. Una mujer de andares cansados recorre las mesas tomando notas. Un imaginario rótulo fluorescente anuncia en la frente de ambos: «SÁQUENME DE AQUÍ». En la barra, del lado de la clientela, un hombre que no parece ni peregrino ni parroquiano ni extraño en el sentido en el que lo soy yo, un hombre de cierta edad con un reloj de oro en la muñeca y una camisa azul celeste impecable, un hombre de rostro rubicundo y gestos de confianza plena en sí mismo, intenta explicarle al camarero que quiere en su café unas gotas de Caroline’s. La barman bufa «¿qué?». Un parroquiano trata de mediar sin éxito: «es una especie de Bayley’s, crema de whisky». El hombre del reloj no consigue transmitir exactamente lo que desea, aunque repite con calma varias veces Caroline’s, y termina despidiéndose con un abrupto «bueno, tráenos las otras cosas a la mesa», que suena entre prepotente y desafiante. El chico de la barra se acerca a la cafetera y murmura algo con el volumen suficiente para que los que estamos cerca entendamos perfectamente el encadenado de insultos. Finalmente se dirige a mí. Pido un descafeinado de máquina solo, «¿es posible?» con mi mejor entonación y la sonrisa menos falsa que soy capaz de articular. El chico ni me mira, adivino por su expresión corporal y su andar en dirección a la máquina que he tenido suerte. Paseo mi mirada por el local, el típico bar que ha decidido transicionar de bar de pueblo de toda la vida a café con estilo urbano contemporáneo sin demasiado éxito, dejando traslucir la evidente desgana y falta de convencimiento que han acompañado al intento de modernización. Además de las lámparas con el filamento naranja a la vista y los listones de madera clara colocados estratégicamente, advierto las típicas colisiones de materiales estudiadas para tratar de transmitir esa cosa horrible que llamamos «autenticidad». Mi mirada se encuentra con un rótulo hecho de luces LED rodeado de estrellitas de acetato transparente que reza: «HAZ DE TU VIDA UN SUEÑO». Y ahí comprendo algo. Todo el recorrido que he hecho, el ambiente del local y las condiciones de los trabajadores terminan armónicamente entrelazados. El mensaje de autoayuda, de esos que invitan a quemar cosas, resuena como una burla cruel: «HAZ DE TU VIDA UN SUEÑO». Así de fácil.
Este texto se halla bajo una licencia Creative Commons BY-NC-SA 4.0

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¡Estupendo relato, Eloy!
Y si el deseo se cumpliese serías víctima de una pesadilla. Muy bueno el relato.
Qué buen retrato de ese cinismo y ese oscuro tedio nacional.
Necesito hacer de mi vida un sueño. ¿Podría el autor proporcionar la localización exacta de ese maravilloso bar?
Muy bueno, Eloy.
¡Magnífico!