Clara Caulfield
Vi a mi madre reflejada en la novia de la paciente de veinticinco años que acababa de ingresar en la UCI esa tarde por un intento de suicidio. No era el primero. Esta vez había broncoaspirado. Tenía el pulmón comprometido.
Vi en los ojos de la novia que no estaba entendiendo nada. Le decían cosas que no recuerdo. Pero sí esa mirada. La novia podría haber sido mi madre. Sin hablar. Sin decir nada. Sin entender muy bien las palabras por la velocidad. Con la mirada sin enfocar.
Vi como la novia se marchaba aquella tarde con el abrigo negro colgado del brazo. Pensé que nunca más volvería a verla, porque probablemente la que quería irse de allí era yo, para no ver a mi madre en esa mujer, para no verme reflejada en esa paciente que podía morirse.
Hay cosas que me atraviesan de las que no puedo huir.
La novia volvió cada día y yo no me fui: me quedé haciendo lo que sé que sé hacer.
La de la cama no era yo,
podría haberlo sido
podría haberlo sido
podría
pero
ni yo soy ella
ni su novia es mi madre
ni me fui de allí.
Gracias a Dios,
la paciente sobrevivió
y yo también.
