Arturo Lorenzo
Nadie podrá negar que la historia del cristianismo es la historia de un éxito clamoroso.
Cristo no escribió una sola palabra y lo que se supone que predicó está recogido en cuatro breves y similares evangelios. Luego vendría S. Pablo y una pléyade de exégetas que se dedicaron a explicar, y pervertir, lo que Jesús había dicho o querido decir.
Ningún profeta ha sido capaz de, con tan breves y simples mensajes, convocar a tantos seguidores a lo largo de los siglos. Quizá la simpleza y brevedad haya sido una de las claves del éxito: “Bienaventurados los pobres de la tierra porque de ellos es el reino de los cielos”. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”… Nada de mensajes complejos, incomprensibles, mistéricos…
¿Toda la sociedad del Bajo Imperio Romano tanta necesidad tenía de limpieza de corazón como para consentir que unas cuadrillas de perseguidos fueran capaces de dar la vuelta a todas las creencias del Imperio? Pero, ¿y los bárbaros? ¿Cómo se las arregló la Iglesia para conseguir que los nuevos líderes políticos llegaran a la cima del poder ya cristianizados? Quizá no eran tan bárbaros.
Durante más de mil años, la larguísima Edad Media, la iglesia cristiana realizó una extraordinaria labor que ningún otro poder civil de su tiempo habría sido capaz de llevar a cabo: guardar memoria de lo que la civilización occidental había sido. Y prolongar su desarrollo bajo la mirada justiciera del Pantocrátor.
No es cuestión de discutir aquí los métodos que empleó para conseguir tan magno propósito. Se podrá decir que curas y monjes no tallaron la piedra, no esculpieron las sillerías de los coros, ni forjaron rejas ni diseñaron las catedrales, que todo procedía de impuestos, dádivas, limosnas y, en última instancia, del trabajo escasamente remunerado de los pueblos. Cierto y discutible, pero eso ahora no viene al caso.
Europa está llena de catedrales, capillas, monasterios, claustros, pórticos, pinturas o esculturas ligadas al proyecto civilizador (para mayor gloria del Señor) que la iglesia cristiana llevó adelante durante siglos. Hoy nos asombra el gran espectáculo creado en torno al misterio de una fe en gran parte hoy desaparecida. En todo caso, esa magnificencia creadora y constructiva convoca a un respeto civil que nada, o muy poco, tiene que ver con las creencias de cada uno.
El Renacimiento provocó un cambio radical en la correlación de fuerzas y en la estructura política de Europa y la Iglesia cometió el inmenso error de convertirse en un estado político y militar más como los de su entorno. Y desde entonces, siendo poder puro o aliándose con el poder dominante, la iglesia no ha sabido volver a la paz y humildad de los monasterios medievales.
Una maquinaria rústica, atrofiada y en plena decadencia. Eso es lo que a mi generación le tocó vivir de la otrora poderosa Iglesia Católica.
En aquella infancia de sotanas raídas, abrillantadas por el uso, y de rosarios desgastados no nos salvó de la indiferencia religiosa ni el “Venid y vamos todos con flores a María…”
Resulta inútil hablar de abusos y pederastia. A muchos les alcanzó la parte peor, la activa, la de meter mano y exponer cuerpos infantiles o adolescentes a una confrontación con la carne a manos de maduros y viejos lascivos. ¡Pobres! ¿Quién les había engañado para llevar una vida de ortodoxia ética y moral para la que no estaban preparados?
Pederastas eran todos. De pensamiento, acción u omisión. La carne es necesariamente atractiva y las manadas de niños que corrían por los patios o sufrían en las aulas, dominados por el orden semiconventual que todo lo regía, se convertían en atractivas masas arborescentes al alcance de todos los deseos.
El hogar fetiche de la culpa era aquel tugurio conocido como confesionario, a donde uno debía acercarse a contar pecados reales, fantásticos o arrancados por la lascivia de aquellos pobres desposeídos del beneficio de las caricias mundanas.
Once años, de rodillas, abrazado por un viejo sentado en su covachuela, con su insoportable hedor a café con leche recién desayunado y aquel mandilón negro que parecía defenderlo de las asechanzas del maligno. Aquellos tipos perversos y pervertidos, después de los obligados saludos cristianos y el beso al crucifijo cien veces besuqueado, no tardaban en ir al grano:
—Dime hijo, desde la última confesión ¿has pecado de pensamiento, palabra o acción?
—Padre… el otro día llamé imbécil a mi hermano, pero fue porque…
—Bien, hijo mío. Pídele perdón a Dios y a tu hermano. Reza cuatro padresnuestros y haz propósito de la enmienda. Pero yo lo que te pregunto, lo que quiero saber, hijo mío, es si tú…, si tú te tocas.
Tengo la sensación de que han pasado centurias desde aquel entonces, pero siempre me ha quedado una duda que he sido incapaz de plantear hasta hoy: ¿se atrevían los confesores a hacer la misma pregunta a las chicas?
Cuacos de Yuste, junio de 2026

La Iglesia, cuánta hipocresía basada en la necesidad de paliar el miedo. Cuánta Catedral que sublima angustias bajo supuesta espiritualidad.
Cuanta soledad hay en el hombre mal amueblada.
Cuánto cobijo, en nombre de la piedad, para engrandecer el poder, sobre las almas y …. también sobre los cuerpos.
Quizá la homosexualidad, tan bien simulada, ha dado pie a tanta pederastia. Por eso se excluye a las mujeres de puestos de jerarquía ?. Cuánto pecado (ellos denominan así a las debilidades humanas propias de su condición) libidinoso, y concupiscente tras tanto predicamento.
En fin, creo que para ellos las mujeres éramos y seremos siervas (ridículamente asumido por tantas, camareras del Señor y cuidadoras de enfermos y necesitados, Vírgenes o putas) mientras ellos dominan el cotarro. A nosotras creo que de forma sibilina y voluptuosa solo nos aconsejaban no ser tentación diabólica.
Ese recogimiento inspirador que poseen los monasterios y ermitas, esos mensajes del profeta más resucitado aunque escasamente imitado, dónde quedaron para la gran mayoría?.
Siempre pensé que sí de nuevo Jesucristo se reencarnara y predicara de nuevo sus aparentemente sencillas y simples parábolas por las calles, se le tomaría por loco. Sin embargo su figura con el «marketing» divulgado a través de los siglos por los maquiavelos sigue siendo un símbolo poderoso y catártico.
Mi condolencia y compasión a tanta víctima, en el amplio sentido de la palabra
Don Balosa: Commetti atti impuri? Ti tocchi? Lo sai che San Luigi piange quando ti tocchi?
Titta: Ma come si fa a non toccarsi quando si vede la tabaccaia con totta quella roba che ti dice «Importazione?» O la professoressa di matematica, che sembra un leone? Madonna!
(Amarcord – Federico Fellini, Tonino Guerra)
Me gusta el texto pero creo que hay dos mensajes diferentes. Cuando esa iglesia creadora de cultura, lo que hoy llamamos patrimonio, se transfomó en una casa de pederastas? En España creo que el nacionalcatolicismo y la fiebre de hacerse cura, como uno de los caminos de abandonar el mundo rural es un contexto más directo. En Las Palmas en 1957 el obispo Pildain inauguŕo un seminario para cerca de 1000 plazas. Hoy tienen un seminarista. Quiere esto decir que se detuvo el proceso de secularización que se habia iniciado en los comienzos del siglo XX. CREO QUE LA PEDERASTIA DEL CONFESIONARIO ES UN FENÓMENO CONTEMPORÁNEO. La Inquisición tuvo que hacer frente a las denuncias porque los curas se insinuaban a las mujeres. Fue un pecado tipificado. No se si a las niñas les preguntarian por sus propios tocamientos, pero lo qye si es cierto que nos preguntaban si tocabamos a nuestras novias. Gracias a Dios, hoy estos temas se hablan con naturalidad.
Gracias Arturo por entrar en este tama que sigue siendo delicado.