Arturo Lorenzo
El poder de los dioses
Cuando Gilgamesh aparece en este mundo el mundo ya está hecho. Para saber cómo se hizo conviene consultar el otro gran poema épico babilónico, el Enuma Ellish, que es algo así como la Teogonía de Hesíodo para la Grecia clásica o el Génesis para judíos y cristianos.
Cuando Gilgamesh aparece en este mundo, los dioses babilonios son como un grupete de amigos en cónclave, cada uno con sus atributos y poderes, que forman el Olimpo local, el panteón mesopotámico.
Es curioso observar, frente a otras religiones del mundo antiguo, que estos dioses mesopotámicos son totalmente inmorales con respecto a los seres humanos. Sería más exacto decir que son totalmente amorales, perversos y crueles cuando se les antoja. Estos dioses -creación de los propios hombres ya que no se trata de una religión revelada- han creado a los hombres como esclavos con el único fin de someterlos a sus caprichos, ocurrencias y necesidades. Incomprensiblemente para nosotros e incluso en comparación con otras religiones antiguas, parece que los hombres habían aceptado esta situación de esclavitud con una paradoja aún mayor: nada a cambio.
Todas las religiones suelen ofrecer a sus fieles algún tipo de consuelo psicológico para enfrentar las penurias de esta vida y su abrupto paso final, la muerte, tras la cual se suele dibujar una cierta esperanza en función del comportamiento de cada individuo sobre la tierra. Aquí no. Los dioses mesopotámicos no necesitaron esperar a Heidegger para contar a sus criaturas que “el hombre es un ser para la muerte”. Muerte tras la cual solo existía un mundo de sombras por el que se vagaba infinitamente.
Pues además de este panorama nada alentador, los humanos vivían atemorizados por la cólera de los dioses que se manifiesta esencialmente a través de las catástrofes naturales, catástrofes que no son pocas ni pequeñas en la tierra a la que nos estamos refiriendo. El mito del diluvio nació en Mesopotamia, por ejemplo. Se supone que las derrotas militares -siempre estaban en guerra- también eran manifestaciones de la ira divina.
Por sorprendente que nos parezca el poema no empieza por el principio. A ver si me explico. Parecería lo normal que un poema tan antiguo empezase contando paso a paso cómo y por qué se fue engendrando la leyenda del héroe. Nada de eso. El poema empieza directamente contándonos la extraordinaria figura de Gilgamesh, sus obras humanas, sus hazañas como héroe, su reino, las aventuras que llevará a cabo, etc. En fin, nos hace un pequeño resumen de lo que va a suceder e invita al lector a que pasee por la ciudad de Uruk y descubra las prodigiosas obras sin igual que el rey ha realizado.
Hoy no nos parece tan sorprendente el modo de iniciar una fábula como esta porque los poemas que nos son más cercanos como La Iliada y La Eneida tienen un comienzo semejante: el autor pone al lector “in media res”, es decir en el hoyo del meollo, antes de dar inicio a la obra que nosotros desde aquí vamos a ir ordenando para tratar de averiguar la secuencia completa de los hechos.
Se supone, porque el poema no lo cuenta, que los dioses, presididos siempre por Anu, han tenido una reunión de urgencia. Están preocupados por la ruinosa situación de Uruk, emblemática y prestigiosa ciudad del reino acadio del sur. Tras arduas deliberaciones deciden arreglar la situación con un incontestable acto de poder típicamente suyo: la creación de un héroe/rey que se haga cargo de devolver a Uruk el esplendor perdido. Y lo hacen. A su manera.
Deciden que su héroe sea dos tercios dios y uno hombre, cosa que le traerá graves consecuencias. Como dios será una fuerza de la Naturaleza. Como hombre es un ser mortal.
Lo que se pasa por alto en el poema es la concepción, la gestación y la infancia: nos vamos a encontrar enseguida al héroe crecidito haciendo de las suyas, para bien y para mal. Se dice que una diosa menor, Raimat, (Madre de todas las vacas y esposa de Lugalbanda) lo amamantó y que la diosa madre, Belit-ili (Aruru la Grande) lo “diseñó con esmero”. Con tanto esmero que una tablilla hitita posterior nos recuerda que entre las muchas prendas que lo adornaban el miembro de Gilgamesh medía tres palmos.
Sea como fuere, a todo lo largo del poema Gilgamesh no se dirige ni menciona jamás a una familia real o putativa como sucede en otros poemas de la antigüedad. Su interlocución es siempre y directamente con el panteón divino. Especialmente con su madre, la diosa Raimat.
Ayudado sin duda por ese tercio divino de su ser, Gilgamesh que “Lo secreto vio y lo oculto reveló”, cumple sobradamente con la tarea encomendada: construye la muralla con ladrillo cocido “trenzado como lana” y la escalera como en tiempos inmemoriales, la Casa del Cielo, reúne el resplandeciente tesoro de Eanna, mide la ciudad y su territorio, recupera la caja de cedro donde se guardan las sagradas tablillas, descorre las cerraduras de bronce y abre la puerta donde se guarda la tablilla de lapislázuli… Y, en el campo de batalla, el heroico “portento en hermosura” es el primero en caminar delante de los suyos para embestir como un búfalo o detrás, para proteger a sus hermanos, “perfecto por su fuerza”.
Esta tablilla introductoria nos informa de algunas heroicidades más que realizará mucho después nuestro protagonista, pero conviene no adelantarnos demasiado y marchar al paso del crecimiento de Gilgamesh.
Sí, Gilgamesh era perfecto en su hechura como nos detalla el poema, comprometido y cumplidor con la tarea que le habían encomendado los dioses. Pero estas vagas divinidades parece que olvidaron el pequeño detalle de que dos tercios de su criatura eran humanos. Y muy pronto, acabadas las principales tareas de gobierno, Gilgamesh va a demostrar a sus creadores en qué consiste el poder de los hombres.
Madrid, enero de 2026

Arturo, aquí estoy junto a la chimenea de Santi, sentada en la alfombra, codos apoyados en las rodillas a la espera de la fascinante narración que continuará…
Curiosa concepción desgarradora de las deidades que tenían los sumerios. Me gustaría también saber cómo utilizó Gilgamesh su parte mortal.
Estupendo, querido Arturo; pero estoy de acuerdo con Santiago en lo de no detenerse y continuar con la narración, porque ahora viene lo más hermoso del poema de Gilgamesh; su relación con Enk… (¡No, no voy a hacer spoiler; pero date prisa y publica pronto la continuación!
Me habria gustado escucharlo frente a la chimenea en una noche de este invierno que nos han mandado los dioses. Me habria gustado poder decirle al narrador, que continuase, que no se detuviese porque el descanso reparador no podria llegar si el desenlace quedaba al albur de nuestros sueños.