Arturo Lorenzo
El azar nunca tuvo suerte conmigo
¿De dónde esa inquieta inquietud que se entretiene en abolir la beatitud del sueño?
De viejo, todo se almacena, todo se clasifica, se intenta poner orden, aunque a la postre todo resulte inútil.
De niño, todo era un solo formato.
¿Qué sentido tenían aquellas terribles imágenes que venían a perturbar la plácida paz del sueño entre las delicadas holandas de lino que te procuraba la abuela?
Quizá habías visto una película que no correspondía a la privilegiada edad de la que disfrutabas. Quizá tu madre se propasó en una reprimenda sobreactuada porque no habías cumplido la tarea de los dientes o habías dejado los cuadernos sin ordenar para la labor del día siguiente. Quizá fue solo el movimiento oculto de las pesadas cortinas con las que la abuela te defendía del relente de la noche en la oscura cueva donde dormías aquellos veranos, al pie de una montaña azul y mágica que se precipitaba hacia el cauce del río. Aquel arroyo cuyo nombre nunca recuerdas y en cuyas pozas aprendiste a nadar y a divertirte con tus primos y vecinos. Quizá la visión fugaz de aquel padre que se perdía en amores de ocasión.
Pero tú eras ajeno al misterio de la brisa nocturna que agitaba sin manos ni brazos el pesado parapeto que hacía de frágil frontera entre el espacio abierto del mundo y aquella acogedora cueva en la que nadie venía a velar tu soñar de estío.
Con el tiempo y la perturbadora adolescencia aprendiste a decir que la nostalgia es un error. Tú, rico heredero, echaste a perder el gran patrimonio de los sueños de infancia. Incluso olvidaste que una joven tan inocente como tú empezó a descubrirte los escabrosos misterios del cuerpo.
Vuelves al puente de mando desde el que observas por última vez el descenso de las laderas, la pequeña vega con su arroyo impoluto y cantarín, los crecidos castaños y atrás queda la enorme mansión que tu incuria y dejadez han convertido en una ruina. Como tú mismo.
Aún hoy en ese puente de mando en el que el pesado velamen de terciopelo verde te protegía del relente nocturno, aún hoy escuchas el suave lamento de tu abuela que, mucho antes de que tú aparecieses, desde su austera condición de joven viuda, repetía incansable:
Adios, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
No te asombra que la vida haya pasado ante ti como un corto. Lo que te asombra es que te siga pasando y aún no sabes por cuánto más.
Madrid, octubre de 2025

Que evocador es no solo el título de “falsos poemas” sino lo que cuentas , es verdad que la vida nos sigue pasando a todos como un corto tan distinto de esa infancia larga casi infinita.
Sí. Me sorpende, y mucho, que la vida ha pasado ante mí como un corto. Lo que me asombra es que me siga pasando y no sé por cuánto más. Y a ceces me pertuba la ignorancia del «cuánto más» y si el final será terrible o placentero.
Cierto, no es un poema. Es el guión de un corto.
Me sorprende el estilo narrativo, cada vez más consolidado, de Arturo. Me sorprende el estilo poco urbanista de esta historia. Me sorprende la llamada al azar. Me sorprende menos la presencia solo femenina, con la fuerza emotiva del recuerdo de la abuela. Tengo que volver a leer estos falsos poemas, cuyo título también me sigue sorprendiendo.