Falsos poemas III

Arturo Lorenzo

Prehistoria

La caverna

Los hombres cocinaban en silencio el ruido de las armas.

Era un ruido de palabras sin sentido,

de órdenes contradictorias.

Los nervios a la vista del enemigo.

Las mujeres, un caldo virtual de aves salvajes.

Luego llegaba un alcohol duro de bayas fermentadas.

Las palabras se hacían cada vez menos comprensibles

y el silencio dejó aflorar una violencia paulatina,

cada vez más insoportable.

Ellas tejían matrimonios

entre pasteles de especias

y forjaban alianzas que al poco imponían a los jefes.

Triunfó la sensatez del caldo

frente a la violencia de los machos insatisfechos.

El pueblo creció hasta convertirse en un imperio que,

como todos, tendría un abrupto final.

La transmisión

Nos llega la oscura noticia de un pasado

que nunca fue nuestro.

De un ayer que nunca existió.

La felicidad es un invento

de un pasado que nunca nos perteneció,

del que nunca fuimos propietarios.

La felicidad parece una cursilería

de los grandes potentados.

Con el tiempo vimos que el desierto era un espacio lúbrico

en el que crecían escorpiones como camellos

y tarántulas como ollas de garbanzos

que devorábamos hasta la saciedad.

Lentamente comprendimos que el tiempo

nos jugaba una partida

a la que nunca quisimos jugar

porque sabíamos de antemano

que la teníamos perdida.

¿Cómo aprendimos que los muertos se mueren

y que los vivos les seguimos?

El regreso

¿Me dejas que te acaricie?

Siempre que no me abandones.

Sabrás así que soy tu amor,

tu recompensa,

tu puta,

tu ruina.

Entonces era un tiempo

en el que el tiempo no parecía existir.

¿Cómo aprendimos que el amor

no era un puro instinto de procreación?

Todos huelen a humo

y saben al resplandor de las hogueras.

Un lisiado recrea,

al fondo de la caverna,

el perfil de la bestia

que no pudo abatir.

Vencido el enemigo,

los guerreros comparten

con sus amadas

el pasto de estrellas.

Madrid, veinticinco del cinco de dos mil veinticinco

1 comentario en “Falsos poemas III”

  1. ¡Oh Arturo!
    Leo lentamente tus poemas, tres, cuatro veces: Quizás al final te entiendo. Pero solo en parte. Un humilde enhebrador de palabras nunca entenderá del todo a un poeta.

Comentarios

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