El archivo empieza en casa

A propósito de aventuras y fiestas de hace medio siglo

Arturo Lorenzo y Santiago de Luxán

Todo conocimiento que no produce afecto o placer es un saber inútil

Falsa poesía 

I. EL ARCHIVO INTERIOR

Todos somos portadores de un fondo documental interior que se expresa en nuestros recuerdos, en nuestra memoria que lo saca a colación cuando lo necesitamos. Son los textos leídos que han ido pergeñando nuestra manera de entender y estar. Muchas veces creemos que están perdidos, pero si los ordenamos y los transcribimos en palabras surgen con fuerza y vuelven a estar en nuestras vidas.

Una vez acabado el tiempo de los muertos empieza el tiempo de los vivos. Pero los vivos no saben del tiempo si no tienen memoria. Y la memoria les viene de progenitores y ancestros. Sin esa memoria no serían capaces de alumbrar un fuego o de cazar una gacela para acallar la hambruna de su gente. La memoria no es cosa de ayer. La memoria es presente puro, actualidad absoluta. Sin ella la humanidad estaría obligada a inventarse cada día.

Unos mil quinientos años antes de Cristo, Hammurabi, el gran rey de la renacida Babilonia, destruyó la ciudad de Mari, capital del imperio acadio en la remota Mesopotamia de aquel tiempo. Nabucodonosor ordenó a su ejército y consejeros que abandonasen las ruinas humeantes, pero dispuso que los escribas recuperaran, reconstruyeran y ordenaran la biblioteca en la que se conservaban cientos de miles de tablillas cuneiformes en las que estaba recogida la larga historia de Mesopotamia desde los tiempos del imperio de Sumer.

Parece pues que la voluntad archivística, es decir, el cuidado de la memoria no es un invento contemporáneo. Sin embargo, las distintas sociedades que en el mundo han sido han pasado por épocas de larga amnesia y eso juega duro contra nuestro deseo y voluntad de un conocimiento lo más exhaustivo posible del pasado de la Humanidad. En demasiados casos, solo podemos fiarnos de la oralidad, de la memoria activa en sociedades que no escriben o que no han sido capaces de conservar los papeles y documentos que la archivística, como la de Babilonia, nos hubiese proporcionado.

Es muy posible que hoy en día la idea de “Archivo” a la inmensa mayoría de nuestros ciudadanos les sugiera que se trata de un lugar en que se guardan papeles antiguos que poco o nada tienen que ver con su vida cotidiana. Y es muy posible también que la idea de archivo se confunda con la de “Registro” o incluso biblioteca pública.

No cabe duda que la idea de archivo, y especialmente la de “Archivo histórico”, es una producción de una sociedad altamente desarrollada. Y no cabe duda de que la de Nabucodonosor y sus predecesores lo era, a pesar del remoto tiempo al que nos referimos.

Nuestra propuesta —tras la invitación del Archivo Histórico de Guadalajara a presentar la comunicación El Archivo empieza en casa— parte de una idea, quizá poco académica, pero que creemos que está en sintonía con los objetivos globales de lo que significa la construcción de archivos como trincheras inexpugnables en defensa de la memoria. Nuestra vocación de jóvenes historiadores nos llevó en plena juventud, a principios de los años setenta, a visitar la Portrait Gallery de Londres, museo poco frecuentado por el turismo de entonces.

La Portrait es un compendio de retratos de hombres y mujeres que, según los ingleses, han contribuido de forma significativa a la mayor gloria del Reino Unido y, a la postre, a convertirse en un aparato de propaganda del imperio británico. Se trata, sin duda, de un museo de marcado carácter elitista, algo así como el anti-Brueghel de “El carro de heno” o el anti-Goya del “Dos de mayo”. Pero salimos del museo con una convicción clara: “Esto es tan importante como el Archivo de Simancas. ¿Dónde están reunidos los personajes que han construido la Historia de España?”

La Historia que nosotros estudiábamos estaba llena de letras e ideas, pero le faltaba tener una concepción clara del espacio. No se puede estudiar historia sin tener clara la geografía. Le faltaba una concepción clara del tiempo simultáneo. ¿Cuánto tardaba una orden de la corte de Madrid en llegar a Flandes? ¿Qué significaba el “magnus itineribus” de César para someter la Galia o las marchas forzadas del ejército alemán para llegar a Waterloo? A la historia le faltaba poner cara y ojos a sus protagonistas. ¿Quién recuerda la imagen de Álvaro de Bazán, el verdadero héroe de Lepanto? Y tampoco la historia escolar, universitaria, nos daba noticia de su vida material. ¿Dónde habían estudiado? ¿Qué libros componían su biblioteca? ¿Cuánto costaban? ¿De qué estaba hecho el colchón en el que dormían?

Existía entonces una bipolaridad científica: nos enseñaban historia en los libros, nos enseñaban arte en los museos, pero jamás se casaban. Afortunadamente parece que hoy esta dicotomía sistemática que sufrimos entonces ha desaparecido o existen herramientas suficientes para superarla.

De todas maneras, lo importante, lo verdaderamente importante es que no por mucho estudiar nos llegaba nunca la sensación de haber entendido algo de la vida, de la nuestra y de la de nuestros antepasados. Nos salvó el arte.

La literatura —teatro incluido, que siempre se nos olvida, ahí estaban Esquilo, Shakespeare o Dürremat—, la música -clásica o moderna- y sobre todo el cine nos proporcionaron la información psicológica y moral que la historia nos escamoteaba. Como complemento indispensable estaban la calle y el bar. ¿No dijo Machado que había aprendido más en el café que en la universidad?

La amalgama artística nos aproximó a la psique humana que necesitábamos conocer para ir dando forma a aquel primer archivo que queríamos construir en casa. Por fortuna, nuestro mejor conocimiento de la historiografía y la aportación de otros campos científicos como la antropología, la sociología, la filosofía o incluso la lingüística nos ayudaron a pergeñar lo que de forma intuitiva habíamos ido ideando desde nuestros primeros años en la universidad: el archivo en casa.

II.EL ARCHIVO EMPIEZA EN CASA

Cuando nos planteamos participar en la reunión de Guadalajara sobre la Cultura y su relación con los archivos, pensamos que lo que nos unía a esta experiencia que lleva celebrándose con acierto desde hace años, era, sin duda alguna, nuestra aventura en torno a la botarga —declarada recientemente bien de interés cultural— y al río Tajo —sin duda alguna un elemento que debería ser reconocido como bien de interés natural, aunque nos tememos que la denominación de las directivas europeas de hábitat de interés comunitario le queda muy lejos— actividades que podían encontrar un hueco en los ejes culturales denominados “Cultura popular” o, sencillamente, “La cultura en Guadalajara”.

Al tener que redactar un texto que explique nuestra presencia en este evento en torno al Patrimonio cultural nos hemos preguntado por el significado de estos términos que en la actualidad utilizamos para preservar los espacios naturales, los edificios que conviene proteger, los bienes muebles que la sociedad ha ido acumulando a lo la largo de los siglos, los documentos en que se ha ido reflejando la vida administrativa, cultural, familiar, festiva y emocional de nuestros antepasados, que confluyen en el concepto más general de Patrimonio cultural, tanto material como inmaterial.

Por tanto, debemos empezar esta andadura escrita buscando una definición que explique nuestro lugar. En los años en que inventamos un río, en una experiencia escolar que nos ha dejado una impronta difícil de olvidar, o corrimos tras la botarga, preguntando a los vecinos de los pueblos de la Campiña y Sierra de Guadalajara por las huellas perdidas o a punto de perderse de esta celebración de invierno (1978-1982), España estaba realizando su tránsito a un régimen político democrático, que es el trasfondo de esta historia. 

Decir que el archivo empieza en casa, es cierto, pero a la vez es una exageración. Los papeles, las fotografías, el documental que han quedado de estas dos experiencias estuvieron guardados en nuestras casas y recorrieron kilómetros o atravesaron mares, como aquellos archivos que los reyes transportaban en sus bargueños, cuando las Cortes no se habían asentado todavía en capitales fijas.  Nuestros papeles han estado celosamente guardados, desde que hicimos el descenso del Tajo en 1978 y desde que estuvimos rebuscando en los recuerdos de la gente de Guadalajara sobre la botarga, pero no son un archivo familiar, ni siquiera un archivo privado. Difícilmente encajarían en la definición de archivo, que proporciona la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español, de 25 de junio. BOE, 155, 29 junio, es decir, un “Conjunto orgánico de documentos o la reunión de varios de ellos reunidos por las personas jurídicas, públicas o privadas en el ejercicio de sus actividades”. Pero han adquirido la personalidad de patrimonio documental, desde el momento en que fueron entregados al Instituto de Bachillerato Brianda de Mendoza, cuyos responsables con buen criterio los depositaron en el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara.

III. DE CÓMO UNA AVENTURA PEDAGÓGICA SE CONVIRTIÓ EN PATRIMONIO DOCUMENTAL PÚBLICO

La aventura del Tajo (verano de 1978) generó un cuaderno de bitácora, redactado de forma manuscrita por Santiago de Luxán, un Cuaderno de viaje que fue escribiendo Arturo Lorenzo, muchas fotos que fue realizando también Arturo, un sinfín de pequeños documentos que incluían desde facturas, hasta manifiestos de los pueblos ribereños que tuvimos el cuidado de guardar en dos álbumes y, finalmente, un documental, Inventar un río. Este último tuvo su propia casa en la Filmoteca Nacional y solamente a comienzos de 2024, después de muchas vicisitudes que tuvieron a Juan Antonio Leal como protagonista pudimos contar con una versión digital de la película que en 1978 realizó la productora García Rojas, sobre un guion en su gran parte redactado por nosotros mismos.

Los viajes y fiestas por la Campiña y la Sierra de Guadalajara 1978-1982 que es el subtítulo que acompaña al libro Botarga la larga (Madrid, Huerga y Fierro editores, 2024) en su versión original fue un manuscrito que mereció el premio de Etnografía y Folklore “Gabriel María y Vergara” de la Diputación Provincial de Guadalajara de 1983. Quedó depositado en la Diputación que hizo un intento frustrado de editarlo y que incluso llegó a encargar a Manuel Janeiro y Francisco Mantecón el diseño de la cubierta, pero que quedó en agua de borrajas.

De este modo las dos aventuras pedagógicas que nos impulsaron entre 1978-1982 quedaron en el largo olvido de más de cuatro décadas.

A finales de los años 90, comienzos del siglo XXI, prueba evidente de que nuestro país había cambiado, nació el Grupo de patrimonio del Instituto Brianda de Mendoza de Guadalajara (https://briandademendoza.es/patrimonio). En 2007 se creó la Asociación de Institutos Históricos, de la que forman parte más de 30 institutos. Esta Asociación se reúne anualmente y cada centro celebra el día del instituto. Los pormenores del rescate del olvido del proyecto “Hombres de pana en caminos de piedra” -con el que intentamos recuperar los objetos materiales arrumbados de la cultura agrícola de Guadalajara y los retratos de los hombres de pana y de las mujeres de sayas negras- el manuscrito de las botargas y, sobre todo el documental Inventar un río, han sido narrados con espíritu notarial por Juan Antonio Leal en “Una historia de película” (Santiago de Luxán y Arturo Lorenzo, Inventar un río. Descenso del Tajo de Trillo a Lisboa. Julio-agosto de 1978, Madrid, Confederación Hidrográfica del Tajo, 2026, pp. 180-184).

Recuperada la película, el 16 de febrero de 2024, día de los Institutos históricos, el grupo de patrimonio del Brianda organizó el reestreno “cuarenta y seis años después de la première, con la asistencia de quienes fueron sus protagonistas acompañados por sus familiares y amigos”.

La presentación de la aventura del Tajo en el Instituto se acompañó, además de una Exposición en el Instituto con fotos y diferentes documentos, inaugurada el propio día 16 de febrero.

Finalmente, con relación a la Expedición del Tajo, con el apoyo del que fuera director del Instituto y miembro de su grupo de patrimonio Juan Antonio Leal, ofrecimos al Instituto los documentos escaneados que fueron depositados en el Archivo Histórico Provincial, convirtiéndose como señalábamos en Patrimonio documental público.

La recuperación de las Botargas fue un proceso diferente. Con la emoción del documental del Tajo, nos dimos cuenta de que nuestros viajes por la Campiña y Sierra de Guadalajara en la búsqueda de este personaje de invierno se habían convertido en un documento que podía contribuir a entender la transformación de nuestro país, con el abandono del campo en las décadas de 1950-1960. Las gentes con las que nos entrevistamos nos ayudaron a reconstruir la memoria, el recuerdo de la fiesta y su significado. Nuestro texto que había dormido el sueño de los justos en los anaqueles de la Diputación Provincial de Guadalajara, como una experiencia también pedagógica quedó depositado en el Archivo del Instituto. De las botargas se redactaron a mano en cuatro cuadernos de Mafalda parte del material que luego se convertiría en libro. Este precioso manuscrito quedó también en el Instituto y se convirtió, en consecuencia, en patrimonio documental.

IV. ÚLTIMO PASO: CUANDO LAS BOTARGAS Y EL DESCENSO DEL TAJO SE CONVIRTIERON EN LIBROS

A fin de cuentas, todo acaba sucediendo en ese pequeño espacio que se produce entre el azar y la necesidad.

La necesidad consistía, en nuestra creciente vocación de historiadores, en dar testimonio de un tiempo y de una cultura, de un modo de ser que se nos deshacía entre las manos arrastrado por los cambios radicales que suponían la entrada en una modernidad homologable, pareja a la que se había producido en la Europa del Estado de Bienestar después de 1945. Era el trasfondo de la España que estábamos viviendo sin apenas ser conscientes de ello.

Sobre el azar hemos hablado en extenso en páginas anteriores. ¿Cómo es posible que viviendo vidas distintas y separadas hayamos conservado intactos los documentos de tiempo tan lejano? ¿Que hayamos resistido la usura diaria de disponer de más espacio despreciando lo antiguo por lo nuevo?

Nos metimos en las botargas porque lo teníamos todo hecho, apareció un editor  -más o menos propicio- y la Diputación de Guadalajara accedió a adquirir ejemplares para repartir entre las bibliotecas provinciales y poner a disposición del público la memoria de un folclore que parecía renacer. Apareció Juan Leal y supo encontrar el documental que dio vida a la recuperación de nuestra aventura del Tajo.  Apareció el INB Brianda de Mendoza, con su aprecio y reconocimiento, apareció la Confederación Hidrográfica del Tajo y decidió que aquella aventura merecía un libro…

Pues sí, los libros parece que son colofón y epítome adecuados para dejar testimonio del trabajo de los hombres sobre la tierra. ¿Qué sería de nuestro conocimiento de Mesopotamia sin la vocación archivística de Hammurabi? En nuestra modesta labor hemos querido poner a disposición del público lo que vivimos y aprendimos de la tierra, de sus hombres y de su cultura partiendo de Guadalajara, un remoto lugar como cualquier otro que bien podría ser el centro del universo. Como cualquiera que se lo proponga, porque lo importante es dar testimonio de lo que se es y de lo que sucede. Otros juzgarán si merece la pena tener memoria de ello.

Acabado este largo capítulo de botargas y río, con la entrega de todos los documentos a los que hemos hecho referencia al Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, volvemos la vista al “archivo en casa” que rebosa aún de informaciones y documentos apenas revisitados, básicamente sobre Guadalajara.

 ¿Y si, en otro esfuerzo de ordenación, reflexión y compromiso ponemos a disposición del público a través del Archivo todo lo que aún guardamos en casa sobre Hombres de pana en caminos de piedra?

3 comentarios en “El archivo empieza en casa”

  1. En sentido figurado, podríamos decir que el río más grande de la Península Ibérica surgió de la «unión» entre un curso de agua tipicamente castellano, encarcelado en la interioridad, y otro, marcadamente luso, que se abrió al mar.
    De la espuma de los días y del olvido fueran rescatados apuntes, cuadernos de viajes y un registro de imagens y sonido que se abrió desde las orillas de un río hasta quedarse en el remanso de una memoria que discurrió discretamente por la calma archivera. A salvo de los descuidos de los hombres, de la negligencia del tiempo y de la naturaleza efímera a la que está sujeto el patrimonio, sea cual sea su suporte material.

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