Conversación interrumpida

Arturo Lorenzo

El tiempo se mide por el miedo que tardamos en comprender nuestra fragilidad.

Víctor Raya abandonó pronto la heredad familiar donde le esperaba un futuro de terrateniente dedicado a la explotación del generoso viñedo y tierras de labor que habían levantado sus progenitores. Hizo acelerados estudios de comercio y se entregó a la vida de conseguidor en la gran ciudad rozando siempre las movedizas arenas de lo ilícito.

Cumplida la edad en que la sangre comienza a helarse en las venas recibió la noticia del desafortunado accidente de sus padres. Viajó hasta el tanatorio instalado en las afueras del pueblo que le había visto crecer. Ni una lágrima. Era consciente de la fortuna que se le venía encima. Pero también del trabajo  y responsabilidades que tendría que asumir. No se sentía preparado en absoluto para afrontarlo. Tendría que pensar. O malvender todo.

De vuelta a casa no hacía más que maldecir la tiranía del azar: Desafortunado accidente, le había comunicado la policía.

Decidió parar en uno de esos hostales de carretera que parecen levantados por los enemigos. Al menos habría vino y carne a la brasa. Un pequeño patio trasero negaba por completo la fealdad de la fachada exterior. Paredes encaladas, bancos de piedra, mesas de madera y sillas de hierro recosidas por la intemperie, un enorme castaño al fondo y la parra gateando pared arriba.

Otra vez el azar. La vio desde la puerta y no dudó en acercarse a ella.

Y tú, ¿quién eres? le soltó con una familiaridad que a él mismo le dejó sorprendido.

Marta Reyes. Una caprichosa. Cada día tengo más cosas y no sé qué hacer con ellas.

La conversación fluyó entre lo anecdótico y lo onírico con la pasmosa facilidad que en tantas raras ocasiones se produce entre desconocidos.

Me voy. No me gusta conducir de noche y aún me queda camino.

Ya de pie, cogió una servilleta y con el carmín que acababa de utilizar le escribió su teléfono.

Marta Reyes. Piel de crema tostada, pelo cuidadosamente ensortijado, ojos tan negros como se pueda imaginar, labios quizá demasiado finos, delgada como un ave, flexible como un pez…

Peligrosa, pensó Víctor.

Las semanas siguientes discurrieron según calendario previsible: una copa aquí, la exposición estrella de la ciudad, Hollywood en el cine, un restaurante asiático de alta gama… La amistad y cierta complicidad intelectual se consolidaron rápidamente.

Parece que estás siempre a la defensiva, como si tuvieras miedo de algo. ¿De qué huyes?

—Huir… No sé si es esa la palabra. En todo caso estaría huyendo del miedo a mí misma.

Ella le exhortó con vehemencia para que no vendiera sus tierras y tuviera el valor de ponerse al frente.

Yo te ayudo, si quieres. Tengo algunos contactos que te podrían servir —se atrevió a decirle tras un día especialmente emocionante para ambos.

-¿Quieres venir este fin de semana a la finca de mis padres en la Sierra?

Conscientes o no, confirmaron lo que sería sin duda su primera cita romántica.

Villa Mandarina era una mansión típica de la Sierra: granito, vigas y puertas de madera oscura, chimenea gigante, muebles de anticuario, pinturas de otra época, cortinas de terciopelo verde, blanco sin mácula en las paredes… Conjunto algo tétrico sobre el que pesaba un aire de olvido.

Seguro que esto fue un capricho de tu madre que debía ser aún más caprichosa que yo.

Marta con su juventud y belleza era como un soplo de modernidad en aquella sacristía civil en que se había convertido la residencia de verano de la familia Raya. Víctor lamentó por primera vez la ausencia de su madre. Se habría sentido orgullosa, por fin, de la elección de su hijo. En aquel decorado de época predinástica con su camiseta de tirantes fijando el pecho, con su falda de vuelo extremadamente corta y sus playeras blancas, Marta parecía recién llegada a la adolescencia aunque ya rondara la treintena.

Lo mejor es la terraza.

¡Virgen Santa!

Hacia el sureste, la Sierra se abría por la planicie ondulada que conducía a la grande Babylon. La sensación de espacio abierto, inabarcable, era como una droga benigna. Marta no se lo pensó dos veces. Se despojó de las playeras y comenzó a componer figuras de Thai Chi contra el cielo de la tarde.

—¿Por qué me miras así, con esa insistencia?

Porque me gustaría verte desnuda. Toda entera.

En un rápido gesto se despojó del tanga, se acercó al sofá, se sentó sobre la mesa frente a él, se abrió de piernas y con voz de mando dijo:

Empieza por aquí. Luego te enseñaré lo demás.

Tras una lenta, larga y apasionada navegación por el estrecho de las pasiones le sujetó la cabeza entre los muslos.

Ahora no abras los ojos hasta que yo te diga.

Al cabo de unos instantes que se le hicieron eternos se atrevió a desobedecer. Allí estaba ella componiendo de nuevo figuras de extrema elegancia contra el cielo. Flexible, suave, fluida, con su rizada melena flotando en la luz del ocaso, toda desnuda.

David Raya se dejó llevar por una ensoñación impensable en otro tiempo.

Raya Reyes, ¡vaya apellidos para nuestros hijos!, se dijo

Él, el soltero indomable, el trápala de siempre, el tronera impenitente al que la sola palabra matrimonio le provocaba un rechazo visceral, se encontraba inmerso en una ensoñación que le parecía un modelo de perfección.

Guapo sin alma, así lo había calificado Vera a la salida de una discoteca una noche de escarceos que acabó, como tantas otras, entre sábanas impregnadas de una lujuria festiva e irresponsable.

Vera consistía en una máquina de carne espesa y volcánica como la tierra de su Caribe natal, pero él solo quería conocer, experimentar, brujulear en el trópico de las emociones cambiantes. Solo Marta, con su instantánea inteligencia, su ironía salvaje, el misterio en torno a su vida privada y la procacidad sexual que acababa de demostrarle había sido capaz de imprimir un cambio de marcha en su azarosa vida.

El miedo a respirar se pierde con el aire amargo de los pinos, ese aparente aire inmóvil que es todo violencia, presagio puro de un enorme cataclismo interior. En estas estaba mientras seguía observando la danza de Marta en la penumbra cuando una premonición caída del cielo como un rayo le atravesó el cerebro.

Esta mujer acabará conmigo y con todo lo mío.

Cuacos de Yuste. Junio de 2026

4 comentarios en “Conversación interrumpida”

  1. He hecho una primera lectura de tu relato. Lo mejor, los diálogos, que es lo más difícil. Me gusta más el subtitulo. También me gusta el perfil de Marta Reyes, aunque nunca he visto unos ojos negros que segun la canción son siempre traidores. Me parece un acierto la imagen de sacristía civil pero me pierdo en la exhibición de tahichi que hace explotar el miedo y la historia.
    También me parece un logro la metafora del hostal feo por fuera y agradable por dentro. No importa el exterior de las personas lo que importa es su interior. Entiendo que es el avance de una novela de más cuerpo.
    Lo tenia escrito desde hace un mes pero habia olvidado enviarlo a esta lectura compartida que me parece que es la que crea la comunidad Transforma.

Comentarios

Tu correo electrónico no aparecerá públicamente. Los campos obligatorios están marcados con *