Adela Rodríguez
Meto lentamente la mano en el bolsillo del abrigo. Noto la suavidad de la tela y cómo, poco a poco, la mano se va calentando hasta que, en el fondo, tropieza con algo. Es casi imperceptible, pero allí está, como siempre en los últimos años. Una bolita de luz que, nada más tocarla, me proporciona sosiego. Siento una corriente cálida que sube por el brazo y me recorre entera. En los momentos de desventura, tristeza o desamor, cuando necesito recuperar el equilibrio, meto la mano en el bolsillo y, si la situación resulta extrema, me la llevo a la cara. El efecto es inmediato.
Me acuerdo de la primera vez que sucedió. Era un día de otoño; yo tenía cuatro años y medio y acababa de nacer mi hermana pequeña. Iba al colegio por primera vez y no me apetecía nada. No es que temiera pasarlo mal, pero en mi casa había cosas que me interesaban más. Estaban mi hermano, mi hermana recién nacida, la chica que ayudaba en casa y, además, los lunes venía una costurera muy simpática que se llamaba Purita y comía con nosotros. Nos contaba las andanzas de su hermano, las novias que tenía, los lugares donde trabajaba, y todo aquello me resultaba de lo más entretenido. También estaban mi padre y mi madre, las personas más ingeniosas y divertidas que he conocido en mi vida. Con toda esta gente, que me gustaba tanto, ir al colegio me parecía un aburrimiento.
Pero, claro, tenía que ir.
Estaba con mi madre al borde de la acera, cogida de su mano, y, mirándola, le digo que no quiero ir al cole, que no me gusta y que allí la echo de menos. Me observa detenidamente, coge mi mano y deposita en ella un beso. Me la cierra con cuidado y me dice:
—Mantenla así, cerrada, para que el beso no se escape. Al llegar al colegio, lo metes en el bolsillo del mandilón y, cuando te acuerdes de mí, lo coges y te lo pones en la cara sintiendo su calor. Luego lo guardas de nuevo; así tienes un beso mío cuando quieras y siempre estoy a tu lado.
—¿Y si se me gasta? —pregunté, agobiada.
—No te preocupes, te doy más y ya está —me respondió riendo.
Aquella idea fue fantástica. Cuando me llevaba la chica al colegio, antes de salir de casa le pedía el beso a mamá. Cuando era ella la que me acompañaba, esperaba hasta llegar a la puerta del colegio para pedírselo. Mis bolsillos pasaron a ser algo prohibido para el resto del mundo: los tenía siempre ocupados con los besos de mi madre y, si alguien osaba meter la mano, me enfadaba porque podía estropearlos.
Este que tengo ahora, esta bolita cálida cuyo contacto me reconforta, la guardo como oro en paño. Mientras mi madre vivió, hasta hace tres años, siempre tenía los bolsillos llenos con sus besos, pero, poco a poco, los fui usando. Ahora, para mi desconsuelo, solo me queda este que estoy acariciando.

Un relato que genera calidez como esos besos. Muy bonito Adela
Conmovedor. Me ha encantado.
Precioso relato, querida Adela. Unha emotiva lembranza dunha infancia feliz que sabes transmitir con habelencia discursiva. Parabéns.
Ojalá te dure siempre. Creo que la clave está en la capacidad de generar para otros esos besos protectores,llenos de amor. Muchas gracias Adela.
Maravilloso
Es un relato enternedor.
¡Muchas gracias!
Ese nunca se gastará. Lo sé porque yo tengo una tienda on-line de compraventa de besos (soy un emprendedor) y los de ese tipo que cuentas tú no circulan hace tiempo. Están muy solicitados pero no quedan existencias. Enhorabuena.