Zambúllete

Miguel Ángel Mendo.

Narrativa, 140 mm x 210 mm, 84 págs. 15 €

No es tan corriente encontrar un libro de relatos surgidos de una idea abstracta común: los once cuentos que componen «Zambúllete» tienen el concepto de inmersión en la base de su argumento. Es como si el autor hubiese querido indagar y profundizar (nunca mejor dicho) en las posibilidades expresivas y vivenciales de aquello que se sumerge.

Y comprobamos que un inesperado cambio de estado, siempre radical y diverso, se produce en los protagonistas de estas pequeñas historias: una mujer desilusionada, un anciano vencido, una pandilla de chicos y chicas divirtiéndose, un amargado saltador olímpico, unos objetos sumamente preciosos, un insomne aburrido, un suicida, un náufrago poeta, un apasionado intruso, un bello rizo de mantequilla, un hombre solo ante su bautismo… Zambúllete en estos relatos, para que esa mágica transformación se produzca igualmente en ti, lector.

Fragmento

Relato, págs. 11 — 14

Lamentable

“Lamentable”, es la palabra que te viene a la mente mientras te hundes de espaldas y braceas desmañadamente entre millones de burbujas, el cabello violenta, espesamente arremolinado sobre los ojos, la larga blusa de seda dibujando a tus flancos locas anémonas rojas, acuciada sobre todo por la imposible tarea de transformar la ridícula imagen de una caída sobre los cuartos traseros en digno perfil de nadadora experimentada. Ni siquiera cabreo, o rabia, o indignación sientes, si no la tajante confirmación de algo aún más descorazonador: “Lamentable”.

Sí, te acabas de casar con él y ya estás lamentándolo, y ahora, mientras braceas angustiosamente para dejar de hundirte, y sobre todo para recomponer tu humillante y despatarrada figura de gorda torpe que se cae al agua (y no estás gorda, ni mucho menos, pero sabes que el aire que envuelve a un gesto tan escandalosamente ridículo, aunque sea instantáneo, deja siempre en los demás una impresión más sutilmente indeleble que la propia realidad), ahora, decía, tratando inútilmente de recomponer tu esbeltez debajo del agua, surge en ti con una contundencia ya incuestionable el sentimiento de fracaso y decepción, la terrible constatación de que te has equivocado al empeñarte en casarte con ese hombre.

Todas (o casi todas, porque Miriam es un caso especial y no cuenta, o no debería contar: ¿y por qué hago tanto caso a la estúpida de Miriam?), todas te lo habían avisado, cada cual a su manera. Lala siempre tan directa: “Tu famoso Carlos es un tipo sin clase”. Mercedes mucho más diplomática, o difusa se podría decir, pero al final igual de clara: “¿No es un poco… poca cosa? Para ti, me refiero.” Bettina sarcástica: “¿Tu chico siempre lleva corbata? Cuando estoy con él me siento como delante de una ventanilla de CaixaBank.” Tu madre (¡tu madre, por Dios!) tan sufriente y tan resignada contigo: “Parece buen chico. Y… muy simpático. Bueno, hija, lo importante es que te quiera.” Tu querido hermano, que no ha parado nunca de chismorrear y de reírse de su manera de comer a dos carrillos, de sus calcetines, de su forma de gesticular: “Hay veces que parece un guardia de tráfico en medio de un atasco.” Tu tía Mónica, que tuerce el gesto cada vez que le ve; tu padre, indiferente, distante como siempre, o tal vez más cuando está él…

Y para colmo, sin venir a cuento, de la forma más absurda y fuera de lugar, se le ocurre una bromita estúpida y te tira a la piscina delante de todos tus amigos. De verdad, lamentable.

Así que subes mortalmente seria los tres peldaños de la escalera y, chorreando, despegas minuciosamente, pliegue a pliegue, la blusa de tu cuerpo y la dejas caer al borde de la piscina, te alisas por encima el ligero vestido de algodón totalmente pegoteado y ahora transparente y ves a todos ahí, mirándote, en medio de un silencio alborotado y falsamente jovial, risas jocosas disfrazadas de festivas, callada inquietud a la espera de tu más que previsible reacción de despecho, o de descarada e hipócrita alegría, o de amargura reconcentrada, o de ultraje y huida precipitada, o… o ¿de qué? Y te acercas a él, al autor del empujón, al bromista, te sitúas directamente, cara a cara, frente a esa sonrisa tan llana, tan ingenua, tan segura de sí, tan malévola en el fondo, tan primitivamente retadora…

Decides en primer lugar, allí, a la vista de todos tus amigos –que con sus copas en la mano absorben lentamente tu venganza, o tu vergüenza, o tu hipocresía– abrazarte a él para empapar deliberadamente con tu cuerpo mojado su ridículo traje de verano, y él se deja hacer con su media sonrisa pícara, sin resistirse, faltaría más. Luego, ya lanzada, decides darle a beber, restregarle tu mezcla de saliva y de agua clorada, aunque al final el beso resulta mucho más largo de lo esperado –incluso mucho más largo y más apasionado de lo por ti esperado–. Y por fin, trastabillando juntos en torpes pasos de baile, tu venganza: le lanzas al agua. Pero tú caes con él, adherida a él, riendo como una loca, brazos, labios y muslos revueltos y entrelazados… anhelando con todas las fuerzas de tu alma que el agua azul os acoja para siempre, que el fondo de la piscina se resuelva por arte de magia en un profundo y oscuro océano donde, a cientos de metros de la superficie y de toda vida terrestre, puedas seguir abrazada a él eternamente.