El tiempo es oro

Xose Carlos Arias.

Ensayo, 142 mm  x  210 mm. 360 págs. 20 €

portada

Si bien la velocidad creciente constituye una señal de identidad del capitalismo desde sus orígenes, ha sido en las últimas décadas cuando ha alcanzado su máxima expresión. Pero no todo avanza y se transforma al mismo paso: vivimos en una era de profunda desincronización, en la que la economía -y sobre todo las finanzas, para las que hablar de nanosegundo ya no es exagerado- evolucionan con ritmos mucho más intensos que otros ámbitos, como la política democrática (que también se acelera más y más, pero siempre va por detrás). Todo lo cual trae consigo consecuencias de primer orden, muchas de ellas altamente conflictivas. En este ensayo se examina la presencia de personajes como el cortoplacismo, la incertidumbre y el creciente malestar en un escenario en el que todo transita demasiado rápido.

Fragmento

Introducción, págs. 17 — 19

En algunos trabajos anteriores –sobre todo en los libros La torre de la arrogancia, La nueva piel del capitalismo y Laberintos de la prosperidad, escritos los tres con Antón Costas- nos hemos ocupado de estudiar diversos aspectos y problemas de la economía globalizada y en trance de profunda transformación que caracteriza al mundo contemporáneo. Allí lo veíamos sobre todo desde un punto de vista espacial. Quisiera ahora abordar la otra dimensión, la del tiempo, mucho menos conocida y estudiada, pero acaso de una importancia mayor, sobre todo si se contempla con una mirada de futuro. Y es que la cambiante relación entre economía y velocidad representa uno de los aspectos más singulares del capitalismo actual, el cual, como iremos viendo, si se caracteriza por algo es por la pérdida de la noción de límite (en lo geográfico, lo político, lo que tiene que ver con el medio ambiente o lo moral).

En esa dinámica, al menos a primera vista irrefrenable, las viejas restricciones temporales parecen quedar definitivamente atrás. Porque si bien es cierto que el intento de acortar plazos es inherente a la lógica del beneficio, tratándose por tanto de un asunto conocido desde hace mucho, es ahora cuando se proyecta de un modo más punzante y visible. Y también más problemático, porque sus consecuencias son potencialmente desestabilizadoras.

Ocurre en el conjunto de la economía, pero es en los sistemas financieros, grandes protagonistas de la expansión de los mercados, donde la dinámica de innovación ha sido llevada a su máxima expresión. La búsqueda de una mayor velocidad se manifiesta allí mucho más que como un simple deseo: para una porción notable de esas transacciones, lo que antes se contaba en días, o en horas, ahora una fracción de segundo ya es demasiado. Por eso utilizaremos la expresión finanzas relámpago, una compleja alquimia que, obviamente, queda más allá de cualquier posibilidad de resolución humana, por lo que su procesamiento quedará inevitablemente confinado en el dominio de la máquina: los algoritmos, la inteligencia artificial están aquí en buena medida al mando, y a ellos, y a sus automatismos, corresponde tomar las decisiones.

Es una verdadera carrera hacia cero, en la que tan sólo una barrera no ha sido aún traspasada: la de la velocidad de la luz. Por asombroso que pueda parecer, una parte crucial de la gran partida económica de nuestros días se disputa en los términos de esa carrera. Es aquí donde cobra pleno sentido la expresión que Google utilizó en una célebre campaña publicitaria: “cada milisegundo cuenta”.