Narrativa, 142 mm x 210 mm, 280 págs. 19 €

Si se puede definir la poesía como el texto en el que se le encomienda al lenguaje la capacidad para referirse a lo inefable, esta obra es un poema.
Si se puede definir la novela como el desarrollo de un argumento por medio de personajes y la mayor o menor intervención omnisciente de un narrador, esta obra es una novela.
Si se puede definir la autobiografía como una confesión por lo general enmascarada del sí mismo, esta obra es una autobiografía.
Si se puede definir el ensayo literario como la reflexión subjetiva
sobre algún asunto sin la pretensión de agotarlo, esta obra es un ensayo literario.
Si se contemplase el poema habría que atender a los latidos del texto, si novela a las peripecias de los personajes, si biografía a la autoescritura, si ensayo al enjuiciamiento de las opiniones. Ahora bien, si lo que se quiere es disfrutar de una obra literariamente impecable y llena de sentido, en la que prevalece la emoción de la memoria y la luz del tiempo, merece la pena envolverse en su lectura.
Fragmento
Capítulo 16
La casa de Humilladero 5 en la que nací, por primera vez está vacía. ¿Qué quiere decir vacía? ¿Vacía de luz, de aire, de olores, de sonidos, de sombras al anochecer, de lámparas aguardando en lo oscuro, de refulgencias de la noche filtrada, de relumbres del sol del patio, de ponientes cegadores en el cristal del balcón, de murmullos de la lejana calle, de la claridad de las lucernas del pasillo, de la solitaria luminosidad del polvo? No, todos esos seres siguen allí. Yo los pienso, ellos están, seguro que existen. Faltamos sólo nosotros, los mortales, los perecederos que les dimos sentido. ¿Qué se ha hecho de los almanaques, de las ediciones especiales del TBO, de Guillermo Brown, de Antoñita la Fantástica? ¿Dónde están las sábanas colgando de las ventanas, el gato escondido en la carbonera, los braseros de cisco, las astillas para encender la lumbre? ¿Qué le ha pasado a lo cursi?: la butaca de terciopelo, las figuritas de cristal, las colchas de raso, el acerico plateado, la predilección de la tía Pili por el color rosa.
Cómo voy a saber yo algo de esa casa si la levantaron en los descampados que se abrían al suroeste del Humilladero de Nuestra Señora de Gracia o Cruz de Puerta Moros probablemente a mediados del siglo XVII. Sé que era la casa de mis abuelos, que mi madre me dio a luz en uno de sus cuartos y que viví en ella poco más de un año, hasta que mis padres se trasladaron a un edificio nuevo de la calle Mediodía Grande. La calle en la que dormía don Frasquito Ponte, el personaje de Galdós, los días que conseguía reunir los tres reales que cobraban por una cama en las “casas de dormir”. Pensiones inmundas que abundaban por aquel entonces en el barrio de La Latina.
Sé que en casa de mis abuelos los peldaños de la escalera eran de nogal, tan desgastados por el tiempo que de la madera sobresalían nudos oscuros y resbaladizos, como tumoraciones óseas, como ganglios fósiles. Sé que en el interior de los armarios o de las vitrinas, en las habitaciones que habían sido de mi padre y de mis tíos se guardaban prodigios: una caja de soldaditos de plomo, una radio de galena, un proyector de cine Pathé Baby con películas de nueve milímetros y medio, una muñeca Mariquita Pérez.
Sé que la casa se despobló lentamente. Unos crecieron y la abandonaron otros murieron allí, en sus lechos. También se transformó: la despensa que olía a salazón, a tinajas de aceite, fue convertida en cuarto de baño; los cortinajes de la alcoba se ajaron y fueron sustituidos por puertas de madera insulsa; el espejo del vestidor perdió su azogue.
Desde hace unas pocas semanas la casa de Humilladero 5 está vacía. Mi tía Pili, su último habitante, vivió en ella ochenta y seis años. María del Pilar Janeiro Gómez nació en esa casa dos años antes de que empezara la guerra. Fue un parto doble, mi abuela tuvo mellizos. Alumbró a una niña y a un niño, Pilar y Miguel. La niña lo fue siempre, hija única, hermana única entre cuatro hermanos. No se casó, pasó toda su vida, hasta hoy que la trasladaron a una residencia de ancianos, durmiendo en la misma habitación, cocinando en la misma cocina, ocupando en la mesa del comedor su sitio de siempre con el resto de las sillas vacías. De joven aprendió mecanografía y trabajó media jornada en las oficinas del Colegio de Ingenieros Industriales de Madrid. Salía todas las tardes pulcramente arreglada. Acudía a su despacho y regresaba a la caída de la tarde. Los años fueron convirtiendo su cuerpo de niña endeble en cuerpo de niña envejecida. Salvo eso, nada cambiaba. El tranvía que bajaba por la calle Humilladero dejó de pasar un día. Otro, echaron asfalto sobre los adoquines. Un televisor sustituyó a la vieja radio del aparador. Cerraron la mercería, la tienda de ultramarinos, la papelería Matesanz que olía a gomas de borrar y a pinturas Alpino, pero ella seguía en sus rutinas, leer, rezar, salir a media tarde a darse un paseo por los jardines de Oriente o de Sabatini.
Pobre tía Pili, estará como loca en la residencia, como aturdida. Creo que se queja del ruido, de que nadie la oye, de que se pasa las horas muertas en una silla de ruedas haciendo filas. Creo que se pone las manos en los oídos para no oír el estruendo de la televisión permanente. Y mientras tanto, la casa silenciosa, vacía. Han debido regresar los fantasmas como ella temía, los padres, los hermanos muertos, el estruendo de los vecinos bajando a la cueva cuando los bombardeos, el espectro del gato, el timbre del teléfono negro de baquelita, el cántico sobrenatural de los jilgueros desaparecidos.
¿Durante cuánto tiempo sobrevivirán a las sombras las plantas aromáticas del alfeizar de la cocina, la rama de perejil en la fresquera, los geranios en el balcón de la calle Humilladero 5? ¿Durante cuánto tiempo seguiré evocando yo las mañanas solares de aquella casa, reviviéndolas con la seguridad de que mi tía Pili las mantenía vivas junto a nuestros muebles viejos, junto a nuestros dioses manes?
