Nuevos cuentos tradicionales

Narrativa, 142 mm  x  210 mm, 140 págs. 15 €

¿Nuevos o tradicionales? La aparente contradicción del título de este libro manifiesta la intención de su autor. Frente al relato moderno, Janeiro ha querido mantenerse, o quizá regresar, al verdadero cuento. Al cuento tradicional de trasmisión oral. A los cuentos que originaron el extraordinario caudal de la literatura maravillosa. Esos que nos mantuvieron extasiados alrededor de la madre o al borde del sueño en nuestros lechos de infancia.  Lo cierto es que se trata de una revisión del género en la que conviven personajes tradicionales: el molinero, la bailarina, la ninfa, el diablo, el soldado, el fantasma y los animales de las fábulas con personajes del ahora y también del mañana. Son textos en los que resuena el lenguaje arquetípico del cuento inscrito en la personalidad narrativa de Manuel Janeiro: presencia de lo poético como indagación de la realidad, descripción asombrada de los hechos del mundo, latencia de lo sobrenatural y sentimiento de pérdida esperanzada o de resistencia a pesar de las pérdidas. Están aquí, en estos cuentos sin edad escritos para cualquier público —como ocurre con todos los auténticos cuentos—, los temas eternos de la literatura universal: el fluir del tiempo, el amor tan frágil como imperecedero, la muerte con su cara de acero, con su cara de cristal, con su cara de viento venidero.

Fragmento

Cuento, págs. 31, 32 y 33

La niña luz

De repente fue un chasquido entre las piernas de la mujer y apareció un punto luminoso de luz concentrada. O bien había una niña dentro de la luz, o bien la niña era la luz misma: una niña de luz.

El hombre estaba sentado allí con ella como el que tiene una luciérnaga entre los brazos y se dijo: al fin, en esta noche eterna, emerge la claridad del día. Es más bella que un farol, que una lámpara de aceite, que una bombilla desnuda… Pensó en todas las cosas que daban luz y concluyó que la niña era mucho más hermosa. Era de otra luz. Debía de estar hecha con alguna clase de luminosidad extinguida que ahora renacía.

Se asomó a la ventana y a pesar del sol que brillaba en lo alto pudo ver que la niña iluminaba todo lo que alcanzaba la vista. A los árboles cercanos que daban sombra a un estanque con peces y a una serpiente que se comía a los peces, y a los árboles lejanos que marcaban la ribera del río. Le pareció que la niña iluminaba al propio sol. No digo nada de lo que pasará cuando sea de noche y salga la luna, razonó el hombre, no digo nada de cómo iluminará esta niña a la luna llena.

La niña creció, aprendió a hablar y a trasladar su propio resplandor de aquí para allá. No para quieta, va a deslumbrar a todo el mundo, le decía el hombre a la mujer. La verdad es que cortaba el aliento aquella luz. Al hombre se le cortaba el aliento cuando la veía dormida. Se quedaba ante el lecho las horas muertas velando sus sueños, contemplándola, envuelto, él también, en un halo brillante.

Pasaron veloces los años de luz perenne. La niña creció, se fue de casa y un día el hombre se vio hablando por teléfono con ella. Sintió un fulgor conocido. Al otro lado de la línea estaba, todavía, aquella iridiscencia.

El hombre y la mujer están tendidos en la oscuridad de su alcoba. Fuera se oyen los sonidos de la noche. La áspera lechuza y los grillos lejanos, pero la casa está en tinieblas, el pasillo no emana su antiguo lustre. Hace frío y el hombre y la mujer se abrazan. Sus pechos son cálidos, dentro de los dos duerme inextinguible la niña luz.