Narrativa/infantil y juvenil, 210 mm x 290 mm, 37 págs. 15 €

A veces, cuando buscas una cosa muy importante encuentras otra que es más importante todavía. Eso le pasó a la abeja preguntona cuando buscaba flores para que sus hermanas de la colmena hicieran miel y pudieran comer durante todo el invierno.


Fragmento
Págs. 12 — 15
El día siguiente amaneció soleado pero frío. La abeja salió de la colmena y no supo qué hacer. Ella y sus hermanas habían barrido el territorio. Sabía a la perfección dónde se encontraban las flores o, mejor dicho, dónde no se encontraban aquel año. Inútil era volver a visitar las dalias muertas, las hortensias con proliferación de enormes hojas verdes y ninguna flor, las lilas que se negaban a brotar… Apenas si pudo desayunarse con una humilde margarita de los prados que temblaba desmayada y que ya había sido visitada por una mariposa.
Se posó un momento a meditar en la rama de un limonero, al menos su fragancia le serviría de consuelo y miró al cielo con tantos ojos como Argos…, pero eso es otro cuento. El cuento de Argos el de los cien ojos. Por el cielo volaban aquella mañana infinitud de seres: grandes, pequeños; oscuros, brillantes; lentos, rápidos. De todas las clases y de todos los colores. Mirándolos revolotear de aquí para allá, acercándose hasta donde ella estaba y perdiéndose en la lejanía, se le ocurrió una idea. De existir lo que estaba buscando, un buen campo de flores, un campo de flores rebosante de néctares y azúcar, alguno de aquellos animales voladores tendría que haberlo visto desde el aire. Bastaba pues con preguntárselo.
Decidió que lo mejor sería hacerle la pregunta a un pájaro. Los pájaros son grandes y fuertes, tienen potentes alas y pueden volar muy lejos. Estaba casi a punto de lanzarse en persecución de una golondrina que pasaba en aquel momento como un rayo de luz negra ante sus ojos, cuando cayó en la cuenta de que la acción entrañaba mucho riesgo. Las golondrinas comen insectos y ella, aun bajo la dignidad de exploradora real, no dejaba de ser un insecto. Un insecto laborioso y el de mayor utilidad para el ser humano, como recitan los niños en las escuelas, pero, al fin y al cabo, un insecto, un apetitoso bocado para una golondrina que estaría, lo más seguro, buscando presas para llevárselas a su pollada hambrienta.
Así que, juiciosa, resolvió preguntarle a una mosca que se había posado en un limón y destacaba como un punto negro sobre el amarillo del fruto maduro.
–¿Da su permiso? –dijo la abeja educadamente posándose en la puntita del limón para no molestar.
–Haga usted lo que quiera, el campo es de todos –respondió la mosca con cara de pocos amigos.
–Es que me gustaría preguntarle si usted conoce algún campo de jugosas flores donde una servidora y sus hermanas puedan libar algo de néctar.
–¿Campo de flores? Pues sí que me importan a mí mucho las flores, señora mía. Soy una mosca, ¿no lo ve usted?, y como tal no necesito nada de las flores. Yo me alimento picando aquí, mordiendo allá o lamiendo alguna cosilla que no diré por decoro. Yo me poso en las orejas de los perros y pinchando y hurgando les sorbo un poco de sangre ¡Umm! ¡Qué rica está! ¡Qué calentita! ¡Y qué pastosa! O me cuelo en las casas y me pongo las botas comiendo de todo lo que allí se encuentra: leche, pasteles, filetes de ternera… lástima que los humanos sean tan posesivos con sus cosas y tengan la costumbre de acercarse sigilosamente, siempre a traición, a las de mi especie para arrearnos unos tremendos manotazos. Sin ir más lejos, mi marido murió ayer mismo espachurrado contra el mármol de una espléndida cocina mientras se regalaba con unas gotitas de mermelada.
–Pues muchas gracias y la acompaño en el sentimiento –dijo la abeja al tiempo que se perdía otra vez en la inmensidad del cielo.
En esas estaba cuando vio pasar con vuelo raudo, pero tembloroso e indeciso, a una mariposa bellísima. Era púrpura, rosa y tenía las alas ribeteadas de violeta oscuro. Sin dudarlo se puso a perseguirla.
