El héroe ante su destino

La epopeya de Gilgamesh

No se sabe bien por qué, pero uno siempre vuelve a los clásicos. Los clásicos son esos paisajes, idílicos o atormentados, que un día quedaron clavados en la mente y en la fantasía de un corazón que estaba todavía por hacer.

A veces los paisajes clásicos vuelven a uno de forma inesperada y repentina sin que aparentemente nada les haya convocado: “Por mi mano en la pradera tengo plantado un huerto…”, “Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra…”, “… y por doler me duele hasta el aliento”.

No recuerdo cuándo ni cómo conocí a Gilgamesh, un amigo para toda la vida. No me suena de los años oscuros del colegio y mucho menos de los vacíos de la universidad. Pero tengo la sensación de haberlo conocido personalmente. Quizá en sus momentos finales cuando ya anciano y enfermo recuerda y comenta sus hazañas de juventud vividas con Enkidu y, ¡cómo no!, su soberbia en busca de la inmortalidad.

No puedo haberlo conocido más que en mi época de Oriente Medio. En aquellos tiempos de entreguerras recorrí Mesopotamia hasta la extenuación. Y sus desoladas ruinas: los fantasmales zigurats convertidos en polvo amontonado, Babilonia, Nínive, Hatra, Ctesifonte, el depauperado Jardín del Edén, la confluencia de los grandes ríos y su peculiar desembocadura en el mar de Persia… Una historia milenaria nada fácil de asimilar por un joven que por primera vez se asomaba a las orillas de la devastadora pobreza y a las secuelas de endémicos conflictos armados. ¿Cómo fue posible levantar imperios gigantescos en esa tierra calcinada, hostil, envenenada de sol? El milagro del agua y de generaciones de mano de obra esclava bajo el férreo control del centro dieron para presumir de que allí se encontraba el Edén.

Gilgamesh debió llegar sigilosamente. En un folleto turístico, en un libro de historia o a través de su propia leyenda que corre en volandas por páramos y desmontes de tierra salobre hasta las cumbres del Kurdistán o de la cordillera de los Zagros.

El encuentro fue tan poderoso que nunca me abandonó. Y hoy, tantos años después, vuelvo a las páginas de su vida legendaria. Desde mediados del S. XIX los asiriólogos han ido descifrando las tablillas cuneiformes en las que, más de mil años antes de Cristo, los escribas fueron capaces de plasmar una historia que debía haber nacido otros mil años atrás, como poco.

Sinceramente creo que, en una versión actualizada, el Poema de Gilgamesh es la mejor lectura que se puede ofrecer hoy a un adolescente, porque en su leyenda entra todo o, por lo menos, lo esencial para surcar con tino por las procelosas tierras de la vida.

La historia de Gilgamesh tiene tanto de emocionante como de sencillo, sin olvidar lo extraordinario de la fantasía mitológica de carácter oriental ni la poética desgarradora de las más profundas pasiones humanas.

Me horroriza esquematizar una obra literaria, pero en este caso quizá sirva para hacerse una idea rápida de los valores humanos contenidos en el poema. Podríamos, con el bisturí de una elemental didáctica, diseccionar así los temas que el poema aborda:

Dioses y hombres: el poder del cielo, el poder en la tierra.

La naturaleza: lo salvaje que desestabiliza al hombre.

La socialización:la prostituta y el contacto con la ciudad.

La amistad: Gilgamesh y Enkidu, héroes pero sobre todo compañeros. Hasta la muerte y más allá.

La aventura: el valor y la gloria a través de grandes empresas.

La muerte: el destino de la humanidad. El descenso a los infiernos

La rebelión: la soberbia por causa del dolor y la búsqueda de la imposible inmortalidad o su sucedáneo: la eterna juventud.

La tarea del hombre sobre la tierra: hacer el bien.

Hay dos cosas que quizá eche de menos el lector moderno de este libro y que aparecen en otros grandes relatos de la antigüedad: el humor y el amor.

Sí, la risa no aparece en este libro. Eso no quiere decir que en las francachelas que se corren algunos protagonistas no estuviera presente, pero este es un libro muy serio, como debía ser la vida en Mesopotamia más de 2.000 años antes de Cristo, bajo el poder tiránico de dioses y reyes.

Tampoco aparece el amor… moderno. Ni siquiera el caballeresco de nuestra Edad Media y Moderna. No se puede decir que la prostituta de Enkidu o las reiteradas violaciones del poderoso rey Gilgamesh en su juventud, tengan algo que ver con el tratamiento que después ha dado la literatura universal a eso para lo que utilizamos el manido mantra de amor romántico. Pero eso no quiere decir que las gentes no se amasen. No hay más que ver la entrañable relación del viejo Utnapistín con su mujer o los despropósitos de la diosa Isthar hacia Gilgamesh. Simplemente se ve que el amor está relegado a una esfera íntima y personal que no interfiere en el destino del héroe, ni de sus compañeros ni súbditos.

Esta atrevida parcelación del poema necesita una aproximación ideológica y sentimental a cada uno de los elementos señalados. Y también a aspectos formales que aquí no se mencionan. Esperemos que los dioses nos sean propicios otro día para poder adentrarnos con detenimiento en aspectos clave de esta poderosa leyenda.

Arturo Lorenzo

Madrid, diciembre de 2025

2 comentarios en “El héroe ante su destino”

  1. Un recuerdo personal sobre Gilgamesh. Orientado por Arturo compré una edición barata del poema y sin muchas explicaciones lei partes del poema a alumnos de primero de BUP, en aquellos años que iniciabamos nuestra propia transición. Luego vino la Iliada y aquellos alumnos arrastaron a todo el instituto, desde Madrid a Segobriga, donde en un nublado dia de primavera realizamos, en el recien restaurado teatro romano, una version libre. La literatura era un camino ineludble para adentrarse en la vida de las civilizaciones. Gracias por la actualizacion del sentimiento de la amistad y camaraderis que el poema nos abre.

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