Bird

Dirección: Andrea Arnold

119 minutos

2024

Disponible en Filmin

De entre todas las imágenes representativas de la idea de libertad, probablemente la que más intensamente se asocie a ella sea la de un pájaro planeando sobre la superficie de la tierra. Pocas cosas iluminan nuestro imaginario como el sereno despliegue de elegancia que ejecuta un ave durante su vuelo. Es esta una idea de libertad muy sencilla: la que se refiere a la posibilidad de moverse. La que exhibe la falta de condicionantes para desplazarse. Pero sabemos también que la libertad humana, además de en el ámbito primordial del movimiento, se juega en otras dimensiones: la material, la política, la económica, la afectiva, la sexual, la psicológica, la intelectual o la religiosa. Por eso vemos en la libertad de los pájaros una especie de circunstancia primaria a la que los humanos no podemos regresar. La complejidad de nuestras existencias demanda un concepto menos ingenuo.

En Bird, Andrea Arnold se asoma a la clase social más desfavorecida de la pequeña ciudad británica de Kent (Gran Bretaña). La protagonista, Bailey, de 12 años, vive con Bug, su padre, y Hunter, su hermanastro, en una casa ocupada. El ambiente material que la rodea y las estrecheces económicas que condicionan su vida podrían darnos a entender que la suya es una existencia desgraciada, enmarañada en una sucesión de obstáculos destinados a ahogarla. Aunque el peso de sus circunstancias es considerable, Bailey no se queda inmovilizada por ellas. Frente a la angostura de una realidad que intenta estrujarla, se mueve. Corre por su barrio casi con desesperación, se desplaza a toda velocidad por las calles de Kent en alguno de los patinetes de su padre, sube y baja escaleras furiosamente, se interna en el campo que rodea a la ciudad buscando algo que no es capaz de nombrar. Bailey despliega una energía luminosa en la que la urgencia se da la mano con la rabia. Urgencia por entregarse a la vida y rabia por las cartas que le han tocado para hacerlo. A su manera, intenta alzar el vuelo, planear aprovechando las corrientes de aire, hacer lo que hacen los seres libres. Andrea Arnold la sigue con cariño, permitiéndonos observar detalladamente tanto sus movimientos como las expresiones de su cara. La cámara en mano de la directora funciona como un ojo amable que no agobia ni se entromete. Cada plano parece pensado para poder construir una especie de ética de la mirada. Esta decisión de calado permite que Bird transite con limpieza desde el drama urbano con trasfondo social de su primer tercio de metraje hacia una especie de realismo mágico exuberante que se hibrida con el tono casi documental del comienzo. Con ello esquiva a la vez dos peligros que acechan a este tipo de mutaciones argumentales: la caída en la estilización casi pornográfica de la miseria con excusa «artística» o el edulcoramiento de la componente realista a base de trampas visuales y dialógicas.

Encontramos en Bird un retrato certero de las condiciones de vida de las personas situadas en el límite de la exclusión social y, al tiempo, una celebración poética de la energía que se pone en marcha con el paso de la niñez a la pubertad. Bailey sueña, y, por obra y gracia del artefacto cinematográfico, algo emanado de sus sueños parece cobrar vida mágicamente, dando lugar a un encuentro con un extraño. La extrañeza del ser que se cruza en su camino funciona en dos planos: la de alguien que es ajeno al círculo de lo propio y la de aquello que resulta ser raro, singular, respecto a lo que se considera «normal». Este ser solicitará ayuda a Bailey para reencontrarse con los padres que lo abandonaron siendo un niño. Mientras ella misma enfrenta una situación familiar que roza lo catastrófico, se embarca generosamente en la aventura de ayudar a su nuevo amigo, una criatura de resonancias angelicales que parece tener un pie en el mundo animal y otro en el humano. Las historias de ambos reverberan mutuamente: la búsqueda real de su amigo entronca con las preguntas de Bailey sobre sus propios padres.

La intrigante historia de su nuevo amigo (Bird), interpretado por el actor Franz Rogowski, confluirá con su propia historia familiar en dos escenas claves. En la primera, ante una situación de maltrato y violencia, el elemento fantástico de la película (casi podríamos hablar de un ángel vengador) obrará una especie de justicia poética reparadora. En la segunda, un baile grupal durante la boda del padre se convertirá en un momento de catarsis colectiva y personal capaz de sublimar las frustraciones materiales y de anudar los afectos pese a las diferencias de carácter.

Junto al perfilado de progenitores e hijos, la historia nos muestra al grupo de familiares, amigos, conocidos y vecinos que parecen formar una especie de enjambre alrededor de Bailey y cuyo zumbido incesante parece ahogarlo todo. Destaca, entre todos ellos, la figura de su padre, interpretada por el proteico Barry Kheogan. Su personaje es un pequeño trapichero que se nos presenta enfrascado en su inminente boda, bruto y tierno a la vez, fanático del karaoke y amigo de las fiestas interminables con la casa llena de gente. Esta descripción podría apuntar a un personaje de trazo grueso definido casi a golpe de tópicos sobre el lumpen británico. Pero la puesta en escena —en especial el retrato del piso abarrotado de amigos— y los matices con los que la directora lo va definiendo, permiten afinar el retrato de una persona tosca, vital, relativamente preocupada por sus hijos, capaz de ser un poco bestial, aceptablemente tierno y hasta responsable cuando llegan los momentos complicados. Marcada por su presencia, Bailey intenta avanzar como puede, enfrentándose a él o pidiéndole ayuda según las circunstancias.

El ritmo frenético de la película, acorde con la peripecia de la protagonista, se ralentiza eficazmente en algunos momentos. Principalmente, cuando la cámara se asoma a la afición favorita de Bailey: grabar y posteriormente proyectar sobre las paredes o el techo de su habitación pequeños clips de vídeo recogidos con su teléfono móvil. La puesta en escena adoptando el punto de vista de la protagonista despliega con delicadeza estos momentos íntimos. Sus grabaciones son poemas visuales en los que la luz, las formas y las texturas encontradas en su discurrir por el barrio se entrecruzan con escenas de la propia vida que tiene lugar en las calles por las que transita, como si Bailey fuera una pequeña Jonas Mekas que hubiera cambiado el barrio de Queens (New York) de los años cincuenta del siglo XX por el Kent del siglo XXI. Fragmentos de luz que subliman y documentan las condiciones materiales de su existencia y, al tiempo, fogonazos que apuntan a un futuro más allá de estas. Una suerte de vuelo vinculado a la experiencia artística. También, una apuesta por la libertad personal vinculada a los procesos creativos que sirva para tender un puente optimista hacia el futuro.

Destaquemos el papel que juega el entorno natural que rodea al barrio. Como si la ciudad se acabara de golpe y comenzara bruscamente lo no-urbano, la naturaleza salvaje exhibe una presencia entre majestuosa y enigmática, mediante un sugerente tratamiento visual de corte pictoricista que conjuga misterio e inmensidad. En este lugar, corriente e intrigante a la vez, aparecerá por primera vez Bird, como un ángel arrojado al mundo terrenal, o como un ave caída al transmutarse en otra cosa.

La combinación de todos los elementos anteriores hace que Bird transpire una optimista confianza en los fundamentos básicos de la condición humana: la solidaridad, la generosidad, la entrega, el ejercicio desprejuiciado de los afectos, la práctica responsable del cuidado de los demás, la alegría electrizante que despliega el movimiento del propio cuerpo, la relación respetuosa y fascinada con la naturaleza y sus seres, y el placer derivado de los actos de creación.

Acierta plenamente Arnold con su apuesta cinematográfica. La idea de libertad que expone, encarnada por Bailey, sintoniza con la que deseamos. La protagonista del film se sobrepone a las duras condiciones materiales de la existencia gracias a los actos individuales de autoafirmación y al engarce personal en el denso tejido social del que forma parte (no exento de choques y fricciones). Esta combinación de atención simultánea a uno mismo y a los grupos humanos de los que forma parte resulta ser lo más parecido que existe a la libertad de la que disfrutan los pájaros al balancearse en el viento. Podríamos decir que ambos son los elementos fundamentales de nuestro aprendizaje continuado en el arte de volar como personas libres. Andrea Arnold nos hace disfrutar y emocionarnos con las lecciones de vuelo de Bailey, Bird y todos los que los rodean. Qué hermoso resulta el arte de planear.

Eloy García

4 comentarios en “Bird”

  1. Es estupendo, Eloy. Ya no voy al cine. Me lo cuentas todo. Por lo que dices «Adolescncia», no la veré jamás.
    Y por lo que dices siento que «Bird» ya la he visto, entre el rigor de la miseria humana y la magia de una naturaleza desconocida y enigmática que tenemos a dos pasos.
    Me gusta mucho el rigor de tus frases limpias y ajustadas, la meticulosidad conceptual, la distancia que adoptas para analizar el objeto cine.
    Sigue, que a lo mejor nos animas a comprar alguna entrada.

  2. Yo también la veré. Tus comentarios llenos de sensibilidad ponen en valor las películas o series. No me los pierdo!! Gracias

Comentarios

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