Adolescencia

Serie de 4 episodios

Netflix

Dirigida por Jack Thorne y Stephen Graham

[Este texto contiene descripciones detalladas del argumento de la serie]

En unas jornadas sobre la adolescencia celebradas recientemente en Vigo, dirigidas a terapeutas y educadores, el psiquiatra Ramón Area introdujo su ponencia con la siguiente reflexión sobre los smartphones: «la pantalla es la síntesis maligna del espejo y la ventana. También es la síntesis maligna de la información, el entretenimiento y la sociabilidad».  Si de algo va esta serie de Netflix es de estos cinco conceptos y de la complejidad de su entramado al invadir la vida de los adolescentes. La ventana al mundo hibridada con el espejo en el que tratan de reconocerse da lugar a una visión del mundo y de sí mismo fragmentada, deforme y caótica en la que resulta muy complicado cimentar mínimamente algún tipo de identidad. La información, el entretenimiento y la sociabilidad aparecen amalgamadas en una especie de fluido viscoso en el que nada es lo suficientemente importante hasta que la propia vida se convierte en materia prima de algún show viral y cualquier tipo de relación, incluida la de uno consigo mismo, se convierte en fuente de ansiedad y desasosiego. La necesidad de establecer vínculos verdaderos que recogía el músico John Father Misty en un verso de «Mahashmashana», «love is the birthright of young people» («el amor es el derecho de nacimiento de los jóvenes»), parecería que, en este momento histórico, estaría negada con más intensidad que nunca por los condicionantes materiales y psicológicos de las sociedades que habitamos.

La sinopsis de la serie es sencilla: Jamie, un adolescente blanco de trece años, criado con normalidad en el seno de una familia británica de clase media, buen estudiante y aparente hijo modelo, es acusado del asesinato de Katie, una compañera de curso, con la cual previamente había estado enredado en una humillante disputa online. Cada uno de los capítulos está centrado en un espacio relacionado con este hecho y con la red de personajes que lo habita: la comisaría en el primero (con un impactante arranque que sienta el tono de la serie), el instituto al que asiste el protagonista en el segundo, el centro de internamiento en el que está recluido inicialmente (estructurado alrededor de la entrevista con la psicóloga que debe evaluarlo) en el tercero y, finalmente, la casa y el barrio suburbial en los que vive su familia, retratados casi un año después del suceso, en el cuarto.

Tres elecciones formales destacan en esta construcción: la concepción en plano secuencia de cada capítulo, la ausencia aparente de cortes de montaje y la homología entre los espacios por los que transitan los protagonistas en los tres primeros episodios. Destaquemos como el plano secuencia, con la cámara pegada a los personajes continuamente, produce una sensación de claustrofobia, permeando de agobio y asfixia a los protagonistas y funcionando casi como una camisa de fuerza visual que los constriñe a todos. Este uso del plano secuencia produce, sin embargo, un efecto indeseado. Como ha señalado la crítica Déborah García, en esta serie dicho recurso parece privilegiar el protagonismo masculino al hacer orbitar a las mujeres de la trama alrededor de los hombres.

Tan interesante como dicho uso del plano secuencia y las implicaciones que esto tiene a nivel narrativo es la citada homología entre los espacios en los que transcurre la serie. Se propone conscientemente una continuidad entre la comisaría, el instituto y el centro de internamiento derivada de unas arquitecturas que parecen funcionar globalmente como un único lugar de encierro. La diferencia entre ellos, casi imperceptible, se reduce a la ausencia de cerraduras con contraseña en el instituto. Varios elementos comunes generan esta sensación de totalidad: la estructura casi laberíntica de los pasillos, los espacios mínimos, la desconexión intencionada con el exterior, las iluminaciones mortecinas, o la sensación subjetiva de que hasta el aire parece agotado de existir. Todo está concebido para que las personas que transitan por ellos sientan el peso de la autoridad y una completa falta de control sobre la propia vida. Son espacios que generan una especie de subjetividad alien, una otredad absoluta en la que lo humano parece estar abolido. No es un detalle menor, pues lo que está en juego a lo largo de los cuatro capítulos es, casi, la propia humanidad del protagonista y, por extensión, la del conjunto de la sociedad en la que se desenvuelven él y sus iguales. En el último capítulo, la jornada familiar de compra en una cadena de tiendas de bricolage, con su cuadrícula, sus pasillos y sus sentidos de movimiento preformateados nos conecta de nuevo con los tres espacios anteriores.

Este orden espacial es, por otra parte, complementario al omnipresente espacio virtual. Las cuentas de los adolescentes en las redes sociales —Instagram y TikTok principalmente— aparecen a la vez como conjunto de jaulas de zoológico interconectadas, y panóptico en el que las personas son reducidas a las cualidades meramente objetuales derivadas de su representación online. La visibilidad —el número de likes de las publicaciones propias— se consigue a base de mostrarse deseable, chocante, exhibicionista o violento. La exposición pública en estos términos configura una personalidad en la cual la paranoia y el narcisismo presionan exterior e interiormente a un yo difuso en el que la inseguridad es columna vertebral y los miedos, fundados o no, motores del comportamiento. Para los perdedores de este sistema de competición social existen líneas de conexión en la red que llevan de la habitación propia a sórdidos foros donde las hogueras del resentimiento y el humo de la rabia anuncian comportamientos violentos. Líneas que la inmensa mayoría de los adultos desconocen completamente.

El núcleo de «Adolescencia» se encuentra, pues, en la aproximación a la personalidad de uno de estos perdedores del juego global definido por las redes sociales, Jamie. Si la intersección maligna de espejo y ventana contribuye decisivamente a la conformación de una personalidad frágil, ansiosa de contacto social y reconocimiento, la conjunción también maligna de información, entretenimiento y sociabilidad produce unas narrativas acerca del mundo y de la sociedad caracterizadas por la paranoia, el resentimiento y la desconfianza hacia las «verdades oficiales» hijas de la evolución de los derechos colectivos (ecologismo, feminismo, antirracismo o anticapitalismo entre otras). Nada que pueda sorprender a cualquiera que esté mínimamente en contacto con la realidad de los adolescentes, sean británicos o españoles.

En este contexto corrosivo parece haberse fraguado la personalidad de Jamie. Como consecuencia, un simple comentario burlón en Instagram se convierte en detonante de un acto salvaje de venganza. La serie muestra la convicción del protagonista de no haber hecho nada malo. El arranque de violencia asesina hacia su compañera de curso Katie no va acompañado de sentimiento de culpa o de arrepentimiento alguno. Lo más próximo a ello es el shock que experimenta al comprobar la desolación de su padre cuando este descubre que su hijo es un asesino. El resentimiento y el desprecio hacia las mujeres parecen ser el componente central de su acción. Esto se evidencia con especial intensidad en el tercer capítulo, centrado en una de las reuniones que tiene con la psicóloga encargada de evaluar su estado mental antes de la cita judicial que le aguarda. El comportamiento alternativo entre lo infantil y lo violento, deslizando gestos de desamparo entre amenazas de agresión física, sirven para descifrar parcialmente las motivaciones y el sentimiento de agravio de Jamie. También que, pese a haber cometido un acto criminal terrible, no ha dejado de ser un niño. En esta conjunción de sadismo adulto y fragilidad infantil se halla uno de los grandes logros de la serie. En la narrativa de Jamie —construida a partir de las opiniones de influencers misóginos condenados por agresiones sexuales como Andrew Tate— el fracaso al intentar acercarse a Katie se debe al exceso de privilegios que han alcanzado las mujeres.

La serie muestra también la sorpresa de los adultos protagonistas ante los discursos misóginos y las conductas violentas hacia las mujeres que exhiben una parte importante de niños y adolescentes. Es la estupefacción de quien descubre que esos chavales tímidos y silenciosos que pasan horas delante de la pantalla de un ordenador, una tablet o un móvil sin buscar complicaciones en la calle, han estado, en realidad, expuestos durante mucho tiempo a los discursos del odio online, a la manipulación emocional e intelectual propiciada por los algoritmos de las redes sociales y a la construcción de una personalidad vulnerable y cruel al mismo tiempo.

Resulta especialmente desoladora la inmersión durante el segundo capítulo en el instituto de secundaria en el que estudia el protagonista. Profesores desentendidos de su tarea o desbordados por la falta de tiempo y medios, alumnos entregados al bullying real y virtual, un sistema interno de clases que reproduce las clases sociales realmente existentes y la sensación de que todos están ahí enclaustrados haciendo tiempo (perdiendo el tiempo, en realidad) mientras llega el momento de incorporarse a un mercado laboral que se intuye como el verdadero infierno o de transitar a otro centro dentro del sistema educativo. Si una escuela de secundaria debe cumplir como mínimo las tareas de acompañamiento, soporte e instrucción de los adolescentes que asisten a ella, esta que aparece aquí retratada parece servir de mero centro de contención para las tareas de destrucción mutua entre iguales. En la visita que hace la policía al centro se evidencia todo esto de forma dolorosa. La visión de los detectives que recorren la escuela evidencia la diferencia entre lo que se supone que se hace en ella y lo que realmente sucede. Ante la dirección errática que sigue el policía responsable del caso, su propio hijo, estudiante en la misma escuela que Jamie y Katie, no puede evitar decirle: «no te estás enterando de nada». Aunque los adultos nunca se han enterado de mucho en lo referido a la vida privada y la vida secreta de los adolescentes, quizás en este momento histórico el desconocimiento y la ignorancia alcancen cotas nunca vistas.

El conjunto brilla a gran altura gracias a una combinación sólida de guion, puesta en escena y actuaciones, pero dos elecciones llaman la atención en sentido negativo. La primera, la ausencia clamorosa de un capítulo centrado en la víctima. Los escasos apuntes que sobre ella se dejan caer construyen un vacío inquietante: ¿no era posible dar un contexto igual de detallado que el que se proporciona sobre Jamie? ¿No habría sido esta una elección más coherente con la propia intención de la serie? Incluso, yendo un poco más allá: ¿no merecía Katie un poco de justicia desde dentro del propio artefacto narrativo exponiendo su circunstancia, el dolor de su familia y amigos, el futuro cancelado por los actos de Jamie? La segunda es el uso de la música llegado el final del último capítulo. Si hasta aquí se había mantenido bajo una contención ejemplar evitando subrayados innecesarios, ¿por qué saturar una escena final que de por sí va cargada de explosivos emocionales? ¿No confiaban el tándem director lo suficiente en el cierre de su historia? Es esta una incoherencia especialmente llamativa dentro de un conjunto sometido a una lógica férrea y fiel a un plan estético innegociable.  La música extradiegética hace una aparición casi mágica al final del segundo capítulo. Un coro de niños versiona el tema de Sting “Fragile” mientras la cámara, en el único momento de amplitud visual que nos concede a los espectadores, se eleva desde la puerta de salida del instituto y recorre parte del pueblo por el aire hasta el punto exacto donde Katie fue asesinada por Jamie, convertido este en improvisado altar floral. La cámara abre el campo visual y nos otorga por unos instantes el privilegio de la mirada de Dios, descendiendo de nuevo al nivel del suelo en el momento exacto en el que el padre de Jamie baja de su furgoneta de reparaciones y deposita unas flores en dicho lugar. El acople de la música con el plano medio del atribulado padre funciona matemáticamente. El coro de niños canta “Fragile” (algunos comentarios en YouTube apuntan a que la voz solista final es la de la actriz que interpreta a Katie) mientras nos enfrentamos a la mirada ausente del padre. La música aquí traslada eficazmente la emoción que parece borrada de sus facciones. Sin embargo, en la escena final de la serie, con ese padre de nuevo ya no en plano medio, sino en primer plano deshaciéndose en un mar de lágrimas sobre la cama de su hijo encarcelado, ¿qué necesidad había de suplementar el momento con una canción aún más dramática (“Through The Eyes Of A Child” de AURORA)? Es como si el hasta aquí brillantísimo dúo Thorne-Graham decidiera traicionarse en el peor momento, empañando con ello una obra más que notable en su instante final.

Eloy García

Comentarios

Tu correo electrónico no aparecerá públicamente. Los campos obligatorios están marcados con *