Danny Boyle
2025
115 minutos
El cine de terror tiene la virtud de recoger los miedos que impregnan el ambiente en cada época y devolverlos a las sociedades que los engendran bajo una forma hiperbólica que da lugar al reconocimiento distorsionado de temores casi atmosféricos. El caso del zombi es paradigmático. En las postrimerías de los años 60 del siglo XX las películas de George Romero (el autor de La noche de los muertos vivientes) recogían el pánico ante el hombre-masa que, en las mentes de los ciudadanos occidentales, habitaba los países del bloque soviético amenazando el orden capitalista del mundo. El triunfo aplastante del neoliberalismo, la caída del muro de Berlín y la reducción de la idea de libertad a «libertad de consumo” trajo ya en la década de los 90 una lectura diferente: el zombi como epítome del consumidor occidental junto con el centro comercial como abismo de la humanidad y, al tiempo, lugar último donde refugiarse de forma segura. Casi llegando al siglo XXI, “28 días después” sacó del nicho de los videojuegos la idea central de Resident Evil (que también tuvo su saga cinematográfica), identificando al zombi con el producto resultante de un contagio vírico derivado de un experimento médico. Allá por 2010 ficciones como Guerra mundial Z llevaron al imaginario occidental la identificación del zombi con la amenaza de los innumerables homo saccer de los países “en vías de desarrollo”, y ya, en la década de los 10 y los 20, series de TV como Black Summer o The Last of Us (basada en el exitosísimo videojuego homónimo) han relacionado al zombi con una suerte de residuo humano que va de la mano del apocalipsis medioambiental. Cada época ha jugado con esta figura como receptáculo de un catálogo de miedos afrontables en una sala de cine o en el sofá de casa, a diferencia de los ansiogénicos males reales, difíciles de asimilar y mucho menos de racionalizar fríamente.
En 28 años después, el director Danny Boyle y el guionista Alex Garland (director a su vez, entre otras, de las notabilísimas Ex Machina y Civil War) continúan con la idea base de las dos películas precedentes: en una Inglaterra aislada internacionalmente por un brote de rabia que ha convertido a la mayoría de sus habitantes en no-muertos ávidos de carne humana, un puñado de supervivientes deben lidiar con la nueva cotidianeidad mientras intentan apañárselas entre sí.
Quizás lo más interesante de esta película sea el mapeado de una nueva cartografía zombi: el monstruo, después de tres décadas de existencia en la Inglaterra cerrada al mundo, se ha diversificado en varias subespecies caracterizadas por fisonomías diferenciadas. Algunos se han agrupado en prototribus evocando una suerte de humanidad primitiva mutada, de forma que su estilo de vida ha ampliado sus estrechos límites iniciales: los zombis ya no solo se alimentan de humanos, sino que también han empezado a incluir animales en su dieta y, además, han aprendido los rudimentos de la vida grupal. El entorno natural que envuelve a los protagonistas ha evolucionado desde los presupuestos de las dos películas anteriores: Inglaterra es ahora un inmenso bosque, abigarrado y ominoso, en el que manadas de animales se mueven a sus anchas entre pequeños grupos de humanos supervivientes y bandadas de monstruos que llevan en su ADN inesperados residuos de humanidad. Esta nueva lectura de lo zombi nos acerca a un mundo post apocalipsis climático, identificando a los infectados con una nueva rama de la especie humana, adaptada a una naturaleza precivilizatoria.
La película presenta a un grupo de supervivientes atrincherados en una isla. Las pinceladas de horror-folk que describen a esta comunidad son tan interesantes como la taxonomía zombi. Un grupo humano unido a la fuerza por el miedo a un exterior amenazante reproduce, en su interior, dinámicas inhumanas para mantener la cohesión interna y protegerse de ese exterior. Apartados de la evolución tecnológica del resto del mundo e imposibilitados para afrontar eficazmente la aparición de enfermedades de todo tipo, los miembros del grupo acaban entregándose a una especie de cruel culto pagano que establece un inquietante paralelismo entre la comunidad de humanos y las tribus zombis. Aislarse del exterior es el camino más seguro para acabar degenerando en una forma social más cercana a la barbarie que a la civilización.
Más allá de la actualización del zombi, 28 años después también propone un siniestro drama familiar en el cual el niño protagonista debe, primero, saltar a toda prisa del tranquilo velero de la infancia a las aguas revueltas de la madurez de la mano de un padre adaptado alegremente a los nuevos tiempos zombis para, después, salvar a su madre de algo peor que la propia amenaza exterior. Durante el camino aprenderá los principios básicos de la existencia en el tiempo que le ha tocado vivir: la crueldad del mundo nunca nos deja de lado y el mal que producen los hombres siempre termina alcanzándonos. Todo esto en un contexto de precariedad absoluta en el cual la diferencia entre vivir o morir se reduce a ser más rápido, más astuto y más frío que nadie. Sin embargo, junto a estas lecciones, también entenderá el valor de cuidar a los demás, la necesidad de los lazos sociales o la prevalencia del amor por encima de cualquier otra cosa. En su odisea personal, sin retorno posible a una Ítaca infectada de paranoia y principios de canibalismo social, se cruzará con personajes singulares que dotan a 28 años después de un vigoroso imaginario propio en el que conviven creaciones originales como el testosterónico macho alfa zombi junto a homenajes hiperbólicos a películas como Apocalypse Now, con la recreación lisérgica de un coronel Kurtz a cargo de Ralph Fiennes transformado en médico-sacerdote zen a cargo de una tarea inimaginable.
A nivel visual, la película ofrece escenas de gore brutal que rozan lo paródico intercaladas con largos tiempos muertos de calma tensa en los que se cuecen lentamente los ingredientes de cada nueva oleada sanguinolenta. Establece también un contexto dominado unos bosques ominosos que producen a partes iguales fascinación y pánico. Insertados en ellos, los personajes van descubriendo el mundo que los rodea al mismo tiempo que el espectador. Dicha componente visual va acompañada de un ritmo muy determinado por los cortes de montaje, casi como hachazos narrativos, que privilegia la puesta en escena por encima de las exigencias del guion. La estructura dramática, además, se aparta enérgicamente de los tres actos tradicionales proponiendo una introducción casi surrealista, dos capítulos diferenciados de forma clara y un epílogo enloquecido en el que se abre la puerta a una continuación que, parece ser, ya está rodada y pensada para estrenarse en 2026.
En definitiva, 28 años después no reinventa el género, pero le da una vuelta cargada de frescura y de ideas originales (alguna de ellas relacionada con la maternidad, realmente perturbadora) a partir de homenajes a filmes anteriores como Hijos de los hombres, La carretera o la citada Apocalypse Now. Lo hace respetando ciertas convenciones intrínsecas al cine de terror, al tiempo que inventa nuevas reglas y actualiza la ya señera figura del zombi a nuestra contemporaneidad, tan marcada por el pánico y la ansiedad como los que experimentan los protagonistas de la película.
Eloy García

Magnífica la crítica. Dan ganas de ir a verla, a pesar de estar harto de «muertos vivientes».
¡Muchas gracias!